ÍNDICE
  1. El poder de la palabra y el tercer ciclo de la Brujería.
  2. La Verdad, el significado de la muerte.
  3. La luz empañada, el origen de la Tiranía.
  4. La sociedad sin dinero, la ausencia de justicia.
  5. El tercer elemento: La Locura.
  6. La Teoría del Punto de Encaje.
  7. Los caminos del conocimiento.
  8. Conocer al espíritu.
  9. El viaje del punto de encaje.
  10. Jesús de Nazaret y el amor.
  11. Los dos finales del Samsara.
  12. Otro globo es posible. No ser, no hacer.
  13. La transición.
  14. Del tercer al cuarto ciclo de la Brujería.
  15. Yo soy… en este acto.
  16. The answer, my friend, already isn´t blowing in the wind. (La respuesta, amigo, ya no está flotando en el viento).

CARTA DE DESCONSTITUCIÓN UNIVERSAL DE LOS SERES ATENTOS

 
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Capítulo noveno:


 El viaje del punto de encaje.

 

Subí a aquel tren. Me llevaba a la participación obligatoria en el ejército, máxima expresión de la logia, donde el sacrificio está institucionalizado.
Mi impresión acerca de la mili había evolucionado, pero seguía siendo básicamente la misma desde la primera vez que oí hablar de ella, siendo un niño pequeño. Me había parecido una tremenda violación que no podría soportar y, cuando subí a aquel tren, se habían acabado los aplazamientos sin haber sido solucionado el problema.
No pegué ojo aquella noche en el tren, y llegué agotado a la base. Al cruzar el umbral, donde está escrito el principio de institucionalización del sacrificio: “Todo por la patria”, sentí que algo se había desgarrado en lo más profundo de mi ser, algo había cambiado, había descendido, caído. En fin, sentí lo que tantos militares han sentido en algún momento de su servicio, bien al comenzarlo, bien al presenciar o protagonizar una acción de tremenda violencia, etc., y que ningun@ de ell@s ha sabido explicar. Ha sido llamado, por l@s que no lo han experimentado, cobardía o, más recientemente, estrés post traumático.
Lo que sentí fue más general, algo que no afecta sólo a l@s militares, sino a todos los seres humanos desde hace 150.000 años: El descenso del espíritu. El descenso del espíritu no es otra cosa que la pérdida de fijación del punto de encaje y el consiguiente movimiento de éste.
Simplemente, la absurda idea del mundo no puede ya mantenerse en pie. Para l@s bruj@s antigu@s, el desmoronamiento de la absurda idea del mundo se produce por la presencia del nagual, que introduce elementos que desafían la razón dela aprendiz. Para ela loc@ lo que se desmorona es la ilusión de que todo está bien, de que el mundo es agradable y se puede vivir en él. Mientras ela bruj@ antigu@ experimenta el trance con una “visión”del espíritu ante las grandes expectativas que despierta el nagual, ela loc@, por lo general, no experimenta más que miseria.
Mientras se mantiene en pie la absurda idea de que hay alguna razón para nuestra existencia, se pueden sufrir las más variadas y brutales desdichas, humillaciones y querellas. Sin embargo, cuando el espíritu desciende, cae el velo y se experimenta la Verdad, pues la Verdad se hace evidente en todo lo que nos rodea. Ante la aplastante y absolutamente falta de compasión realidad de que no hay razón para nuestra existencia, se experimenta la también aplastante y absolutamente falta de compasión realidad de que, si la vida no es agradable, no vale la pena vivirla.
Ante esta aplastante realidad, ala loc@ se le presentan dos posibles opciones: Poner fin a su vida, o bien hacerla agradable. Y en función de que brille sobre éla una opción u otra, su estado de ánimo será depresivo o eufórico, respectivamente.
En cualquier caso, la larga espera dela loc@ ha terminado, aunque éla todavía no lo sabe. El descenso del espíritu marca el principio del viaje del punto de encaje, y no hay nada que ela loc@ pueda hacer para volver a fijar su punto de encaje en la posición que ocupaba. La absurda idea del mundo no puede reconstruirse, pues se hace evidente que es absurda, ya no encaja con la realidad.
Inicié la mili por IMEC, cuyas siglas no sé lo que significan, es la milicia universitaria. Se aprovecha el hecho de ser universitario y se hace la mili de sargento, el más bajo de los suboficiales, o alférez, el más bajo de los oficiales. Yo iba para sargento, era el modo de hacer la mili poco molestosa y cobrando pero, naturalmente, para entrar en la logia hay que hacer un sacrificio previo: Para tiranizar hay que pasar por el aro antes, hay que ser tiranizado. Había un periodo de instrucción de 4 meses previo a la entrega de despachos, o destinos, o como se llamen.
No tenía otra opción. Por circunstancias que quizá cuente más adelante, mis padres se encontraban sin dinero y apenas sin ingresos. No podía hacer la mili normal, u objetar o hacerme insumiso. Las dos últimas opciones no me permitirían encontrar trabajo rápido, tenía que hacerla cobrando y cuanto antes.
El pitufo lo había hecho el año anterior y le había ido bien. Sin embargo, me había advertido en más de una ocasión que yo no encajaría allí. Me daba dos razones convincentes para ello. Primero, el ejercicio físico que se hacía, pues yo no estaba en forma ni mucho menos, no había hecho gimnasia ni corrido desde el instituto, cuando comencé a fumarme las clases. Segundo, la disciplina brutal que se impartía. El pitufo sabía que yo no podría encajarla como él lo había hecho.
En cuanto al ejercicio físico, no tenía argumentos salvo el hecho de estar obligado. En cuanto a la disciplina, le dije que yo podía ser tan cínico como el que más. Pensaba que, ya que tenía que pasarlo, lo haría y punto, sin pensar más en ello. Sin embargo, no pude hacerlo. Cuando nos hicieron formar junto a la puerta, después de cruzar el umbral, sentí una opresión y una angustia semejante a lo que había sentido toda la vida, pero de una proporción desconocida para mí, asombrosa pero, tras toda aquella opresión, angustia y agotamiento, lo que sentía era una tremenda vergüenza por ser militar.
Desde el colegio en tiempos de Franco, en el que nos hacían formar antes de entrar a clase, y rezar antes y después; pasando por el instituto, en plena transición española de la dictadura a la democracia, donde ya podíamos fumarnos las clases; hasta la universidad, en la que cada cual se gestiona sus estudios; toda mi vida había sido una apertura progresiva y esperanzada. El ejército suponía un retroceso más allá de los orígenes, y cuando, en una excursión a algún monumento de la ciudad, vestidos con el uniforme de paseo, con nuestro cordón verde de alumnos, una señora se acercó a mí y me preguntó si éramos de algún colegio, cayó sobre mí toda la vergüenza de ser como un cordero con cencerro al que el pastor lleva por aquí y por allá.
Hay que decir aquí que si esta señora se hubiera dirigido a mí en esos términos quince días después, habría estallado en carcajadas en aquella catedral o lo que fuese.
Nunca supe tomar decisiones, pues mi familia nunca dio una decisión mía por bien tomada, pero las había tomado prácticamente al azar. Sin embargo, una vez que descendió el espíritu sobre mí, me encontraba paralizado, completamente perdido. Mi dilema era si irme de allí. Podía hacerlo, pero pasaría a la mili normal, de soldado, lo que suponía salir de la sartén para caer al fuego.
El mayor problema que se le presenta a un@ viajante deprimid@ es la pérdida de energía. Y es el mayor problema porque ningún participante en el Samsara considera la posibilidad de que alguien pueda perder la energía. Tod@s tienen que estar disponibles y dispuest@s al sacrificio. Si alguien expresa que no tiene energía para hacer cualquier trabajo, la respuesta es inequívoca: ¡Yo tampoco tengo energía, ¿no te jode?! Es la Condición del Samsara una vez más, que no admite excepciones.
Llevaba 4 ó 5 días sin pegar ojo, lo había dicho en enfermería, pero el médico de turno me gruñó que no podían darme hipnóticos porque tenía que estar alerta las 24 horas, cuando nos ordenaron repetir las pruebas físicas de acceso para ver cómo estábamos de forma. Había que empezar por correr un kilómetro. Ya me costó correrlo en la prueba, llegué en el tiempo por los pelos, estando agotado era impensable siquiera intentarlo. Así que no tuve más remedio que pedir ver a un psiquiatra. Participar en aquello era imposible para mí, tanto física como intelectualmente.
Sabía que ir al psiquiatra era pedir ayuda al enemigo, pero no tenía otra opción. Recibí una primera muestra de la técnica psiquiátrica. Es descarado cómo se acusa ala loc@ de no comunicar empatía en la entrevista psiquiátrica, cuando la técnica psiquiátrica es precisamente no mostrar empatía hacia ela entrevistad@. No sólo no mostrar empatía, sino evitar mostrar ni un ápice de sentimientos o emociones. Aquel imbécil se mantuvo inconmovible así le contase los mayores horrores. Ante su pasividad, probé hasta a mentirle, pero no había manera de impresionarle. En tres o cuatro entrevistas, no me había dado ni una sola información, ni un consejo, ni un diagnóstico, ni siquiera unas simples pastillas para dormir, cuando mi principal queja era la ausencia de sueño.
Estuve en enfermería unos 20 días, y a nadie se le ocurría darme la exención por enfermedad en el servicio militar, es más, esperaban que yo tomase la decisión de irme y renunciar a la plaza de sargento. Los soldados de la enfermería me habían dicho que no había modo de comprobar la Locura, y me habían contado el chiste del soldado y la moto: Un soldado que, al iniciar su servicio militar obligatorio, hacía como que iba en moto a todas partes. Le hicieron pruebas psiquiátricas sin encontrar nada, pero él seguía con su extraño comportamiento. Por fin decidieron darle la exención del servicio militar, y el joven abandonó el cuartel. Cuando salía, el comandante de la guardia le dijo: ¡Eh!, ¡que te olvidas la moto!, y él respondió: No, la dejo ahí por si alguien más la necesita. Ante esta situación, decidí salir de enfermería e incorporarme al servicio.
Todo el ejército es una maquinaria destinada a fijar el punto de encaje. Para fijar el punto de encaje se requieren uniformidad y cohesión. Todos los esfuerzos de l@s militares están dirigidos a conseguir estos aspectos.
La uniformidad y cohesión no tienen nada de malo. Al organizarse cualquier parte del Universo se puede producir una gran cantidad de ellas. Un grupo de seres humanos puede llegar a tener una gran uniformidad y cohesión en una organización tal como una fábrica de automóviles, y esto significaría que son capaces de “ver” al unísono los comandos de la Teoría General que les permiten hacer su trabajo con eficacia. El problema se presenta cuando se toma por objetivo mantener esta uniformidad y cohesión. Éste es el objetivo del ejército.
El punto de encaje puede moverse tan despacio como se quiera: Un@ puede pararse a examinar los pormenores de la posición que ocupa y estar generando organización. Sin embargo, en cuanto alguien pretende parar su punto de encaje, entonces, ya no se produce organización, sino que todo pasa a ser sólo orden.
Llevo todo el libro hablando de orden y organización, y usted se estará preguntando cómo se distingue uno de la otra. Es tremendamente sencillo y fácil: Si produce bienestar es organización; si produce malestar es sólo orden. Y la explicación es también sencilla y fácil: El malestar se produce por el esfuerzo de oponerse al movimiento del punto de encaje. Si el movimiento del punto de encaje es libre, se genera organización y se experimenta bienestar; si el movimiento del punto de encaje se frena con esfuerzo, este esfuerzo produce malestar y, como en la maldición de un cuento, todo pierde su gracia y se transforma en orden.
El ejército cultiva el malestar. Todo por la patria incluye la vida, pero incluye, desde luego, el bienestar. Todo en el ejército está dispuesto y ordenado para que ela soldado se sienta mal y, luego, según asciende en la jerarquía, va experimentando alivio de este malestar a la vez que se dedica más y más a causar malestar a sus inferiores o subordinad@s.
En clases de moral militar, un capitán acudía una y otra vez a la idea del sacrificio para concluir sus explicaciones, y se le iluminaba la cara al pronunciar, por fin, la palabra abnegación. Esta palabra significaba para él la entrega total y absoluta al sacrificio. Está claro que quien se sacrifica se siente mal, pues si no, no sería sacrificio.
El modo de conseguir uniformidad y cohesión a propósito es destruir toda muestra de iniciativa, toda manifestación del nagual. Y esto lo lleva a cabo el ejército con auténtico celo y de la forma más estúpida, con los métodos que se usan con l@s niñ@s. No es que l@s niñ@s sean estúpid@s, l@s estúpid@s son l@s educador@s, que proyectan su tontería sobre sus alumn@s. Por ejemplo, me llegaron noticias en enfermería de que habían aplicado el castigo de escribir 25 veces “no hablaré en formación”.
Lo más destacable del ejército son el desprecio y la ira. Desprecio por el espíritu en general al ocuparse de mantener el orden a cualquier precio y frenar todo brote de organización. Desprecio por la intimidad de las personas, por su tiempo. Por ejemplo, ala recluta, mientras no ha jurado bandera para convertirse en soldado, se le dice que no es nada y, en consecuencia, siempre tiene prisa para avanzar en su instrucción, por lo que tiene que ir corriendo a todas partes. Por otro lado, ela militar es un@ guardia iracund@.
Lo que convierte a una persona en guardia iracund@, es decir, en pinche tiran@, es la pretensión de rentabilizar su sacrificio. Como ela militar hace un sacrificio tremendo en su propia instrucción, es tremenda su ira al cobrar el sacrificio a sus instruid@s. Así, nuestro capitán se llenaba tanto de ira que se le abría la boca inadvertidamente y se ponía blanco de indignación por el más leve fallo en la obediencia inmediata. Exigía que todo se aprendiese perfectamente a la primera.
Estos desprecio e ira producen odio, y l@s militares lo saben muy bien. Nuestro teniente, ante una actitud colectiva que no le gustó, nos levantó de la cama y nos puso a correr vueltas y vueltas a la plaza hasta que casi echábamos el hígado. Cuando por fin paramos, nos dijo, despreciativo e iracundo, que el odio que sentíamos por él en ese momento estaba muy bien, que era algo así como muy militar, sólo teníamos que desviarlo al enemigo.
Siempre ocurre de este modo en la logia, en cualquier logia. Siempre se desvía el odio producido por el desatino de constituirse en logia hacia el exterior de la logia. Lo que no nos dijo nuestro teniente es que también se desvía de las posiciones supriores en la jerarquía a las inferiores.
En fin, allí hacíamos, aparte de estudiar las legalidades y procedimientos del ejército, instrucción, instrucción y más instrucción, con objeto de conseguir y mantener uniformidad y cohesión, y con el terrible precio de sumergirnos en la miseria. El ejército es la institución humana más miserable, ya que está constituido descaradamente para ejercer la violencia.
Mis estados físico y psicológico eran los típicos de una profunda depresión. Yo no lo sabía entonces. Después de 25 años de educación, ni un@ sol@ maestr@, ni un@ sol@ profesor@, ni un@ sol@ alumn@, ni un@ sol@ amig@ había mencionado nunca la posibilidad de que alguien pudiera sentirse profundamente triste. Tal es la ignorancia reinante en el Samsara. Me sentía agotado, sufría sofocos debido al calor que hacía y al uniforme, que era de lona y, cuando hacíamos pruebas físicas de resistencia, como caminar de excursión por los caminos del monte, tenía sensación de desmayo inminente. Por otro lado, el pensamiento era acelerado en el intento de averiguar rápidamente qué estaba pasando. Pensaba que el fenómeno era único y personal. Ignoraba que la melancolía es típica del Samsara y, ocupada así la mente, no podía prestar apenas atención a los enormes y continuos requerimientos de aquella logia.
En el ejército se produce el mayor derroche de energía que es posible. Todo está diseñado para mantener ala soldado en alerta y en tensión. Por ejemplo, en el ejército español no sirve decir sí señor a un superior, sino que hay que averiguar su rango y decir sí mi teniente, o mi capitán o lo que sea. Esto, cuando las divisas que indican el rango son muchas, parecidas y se colocan en distintos sitios según el uniforme que se use, resulta desquiciante y agotador. Unido al celo de todo superior de ejercer de guardia, no hay manera en el ejército de relajarse. Apenas comienza la relajación, aparece ela imbécil de turno para recriminar cualquier tontería.
En aquella situación, mi mente estaba ocupada en averiguar qué estaba pasando, y lo demás me resultaba completamente superfluo. No era capaz de prestar atención a prácticamente nada de lo que se decía en clases pero, entre distracción y distracción, pude darme cuenta de que l@s militares son un@s delincuentes descarad@s.
Ya he dicho que a un@ pinche tiran@ se la traen floja las leyes. Éla tiene clara la guía para sus actos: generar y conservar el orden. Y si para su objetivo tiene que saltarse unas cuantas leyes, no lo duda un momento. Y el malestar y sufrimiento generados los echa al saco del sacrificio.
Escuché atónito e incrédulo cómo un comandante, con la complicidad del capitán y los tenientes, pues nos daban algunas clases en grupo, nos decía, con todo el descaro del mundo, que la Convención de Ginebra sobre trato de prisioneros no se cumplía. Y procedió, con la ayuda de sus subordinados, a explicar algunos aspectos de este trato como, por ejemplo, el modo de atar a un prisionero: Se le ponen las manos juntas, a la espalda, y se enrollan con un cordel por parejas los dedos gemelos, apretando fuerte. Cuando todos los dedos están atados, se enrollan las manos completas.
Este método está claramente elegido por el dolor y humillación que causa porque, por otro lado, es tremendamente ineficaz: Una cuerda enrollada muchas vueltas siempre se afloja. Esto lo ignoraban aquellos militares. Lo que no ignoraban es que el prisionero se puede quedar sin manos por la gangrena. La solución que proponían era pinchar con un alfiler cada una de las yemas de los dedos.
El aspecto más destacado de su delincuencia, y que resultó decisivo en la etapa siguiente, la fase eufórica, era su carácter golpista, que les hacía sentir una culpabilidad y un miedo callados.
Nostálgicos del régimen fascista de Franco, aún conservaban algunos de sus símbolos en la base, como un gran aguilucho en las escaleras de acceso al salón de actos. Nunca mencionaban al gobierno, sino al rey, como su superior, y la Constitución Española de 1978 se les antojaba innecesaria. Preferían apoyarse en las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, que apenas si mencionan algún derecho, todo son obligaciones y deberes. De la Constitución sólo se acordaban para destacar los deberes, como el del ejército de mantener el orden constitucional, o el de preservar la unidad e integridad del territorio español, con clara mención al País Vasco. Aquellos macarras nos instruyeron con fervor en nuestra obligación de intervenir bélicamente en estos aspectos sin mencionar para nada la necesaria orden del gobierno.
A mí se me caía el alma al suelo al presenciar estos comportamientos, o la manía persecutoria que mostraron, por ejemplo, cuando un alumno psicólogo nos dio una magnífica charla sobre drogas. Más o menos vino a decir lo que explicaba aquel folleto que circuló por el parque en la adolescencia entre l@s drogatas. Los instructores guardaron silencio durante toda la exposición. Sin embargo, en cuanto terminó, el comandante se apresuró a intervenir como quien está perdiendo la paciencia para preguntar cómo se descubre a alguien que consume drogas, haciendo notar que eso era lo único importante, y despreciando el conocimiento que allí se había expuesto.
En fin, aquello era desesperante y humillante porque de lo que se trataba, entre tanta disciplina y autoridad, era de hacernos pasar por el aro. Así, nuestro comandante, el hombre más grosero y machista del mundo, se refería a los arrestos con el verbo follar. Decía: “A ese me lo follo, y a aquel también, me lo follo”. No obstante, el hombre era consciente de su grosería y, en una ocasión, se sinceró con nosotros y expresó su deseo de que no nos importase. Nadie respondió, y siguió follándose a unos y otros.
Ante la realidad de la repugnancia del Samsara y la enorme dificultad de superarlo, el estado depresivo se experimenta como absoluto y definitivo. Yo no veía la manera de pasar por aquel aro, no era capaz de dejarme dar por culo por aquellos macarras, y no veía tampoco el modo de oponerme, así que lo único que me quedaba eran mis fantasías de suicidio. Me imaginaba matando al capitán y un par de tenientes, para luego pegarme un tiro en la cabeza. Era muy fácil. Sólo tenía que volverme con el CETME o la pistola en ejercicios de tiro. Pero no lo hice. Sentía que aquello no terminaba ahí, sino que tenía que averiguar mucho más antes de tomar una decisión tan drástica. En fin, mi batalla aún no terminaba.
En esta situación, yo era el peor soldado del mundo. Llegaba tarde a todas las formaciones y el último en todas las pruebas físicas de resistencia, me quedaba un rato más en la cama después de diana, jamás pedía permiso para nada y, siendo tratado como tonto, me hacía el tonto. Era un total insubordinado.
La respuesta de tenientes y capitán ante mi actitud era de indignación. Me arrestaban una y otra vez sin que sirviera de nada, y yo no me explicaba cómo me dejaban seguir allí cuando, efectivamente, ocurrió: Me dieron de baja.
El asunto estaba claro. Si mi teniente me hubiera llamado para explicarme que me daba de baja por falta de espíritu militar, con mayores o menores indicaciones sobre mi futuro, yo no habría tenido más remedio que irme. Sin embargo, ala militar le caracteriza su desprecio por sus subordinados y, en vez de esto, mi teniente hizo todo en secreto, y dejó que fuese el abogado de la base quien me comunicara la cosa.
Aquel malicioso abogado, con una asquerosa sonrisa, me mostró un voluminoso expediente sin dejarme leerlo, alegando que era secreto, para decirme que tenía derecho a presentar una alegación en muy breve tiempo, y que lo mejor que podía hacer era renunciar para paralizar el expediente pues, de seguir en marcha, sería mucho peor para mi futuro.
Para mi propio asombro, como cuando le había dicho al psiquiatra que no me diera de baja por enfermedad, pues quería superarlo por mí mismo, al ver que no tenía la menor intención de hacerlo, escribí la alegación reafirmándome en seguir allí, y haciendo notar que no se me había permitido leer el expediente, por lo que no sabía cuáles eran sus quejas.
Ese día me entrevisté, pidiendo explicaciones, con el teniente de semana, el capitán y, por la noche, ya que estaba cumpliendo con el servicio de comandante de la guardia, con mi teniente, que era quien había iniciado el expediente. Éste último, con una actitud chulesca, como era él, me dijo que me daba de baja por incapacidad.
Durante ese tiempo, mi estado de ánimo y energía habían crecido progresivamente a medida que se desarrollaban los acontecimientos y, a la mañana siguiente, estaba tremendamente eufórico.
Era enormemente feliz, estaba rebosante de energía, todo me parecía maravilloso, me encontraba como pez en el agua, tenía grandes capacidades, como la de escuchar música mentalmente con todos los instrumentos y matices, como si se estuviese interpretando delante de mí, hondas de placer recorrían mi cuerpo como antes las de angustia y, lo más característico, sentía una aureola de energía sobre mi cabeza. Tan fuerte era este sentimiento que temía que los demás pudieran verla. Estaba experimentando lo que l@s psicólog@s y psiquiatras llaman “delirios de referencia”, que no es otra cosa que sentir que el propio ser no acaba en la piel, sino que abarca todo el Universo. Así, todo lo que ocurría, como pudiera ser la caída de la hoja de un árbol, tenía que ver conmigo de una forma directa.
Supe sin duda alguna que eso era lo que Jesús de Nazaret había sentido, y por lo que creyó ser el hijo de Dios. Sin embargo, yo llevaba una gran ventaja sobre él: Sabía que Dios no existe y, sobre todo, había tomado LSD muchas veces en el pasado y, de hecho, lo había buscado en Granada sin éxito durante la fase depresiva, y conocía estados semejantes, sólo que, con LSD, casi siempre hay una fuerte tensión y borrosidad, o no tiene la intensidad que experimenté en esta ocasión. En fin, aquello era singular, así que me contuve y actué como si nada estuviera pasando, disimulé.
El estado de ánimo varía en función de la accesibilidad del propósito, es decir, de las expectativas de conseguirlo. Así, un adolescente puede estar muy animado si ve que va a conseguir la moto que desea, y muy decaído si descubre que no la conseguirá. O un@ polític@ estará más o menos animad@ en función del apoyo que tenga o crea tener, pues esto determina las probabilidades de ocupar el cargo para el que se presenta.
En el Paraíso no hay propósito. Mientras se permanece en el Samsara, sólo hay un propósito válido que se pueda perseguir: Salir del Samsara. Éste es el último propósito, y es el propósito de un@ loc@. Es el único modo en que ela loc@ puede hacer agradable su vida, pues en el Samsara la vida es desagradable por definición.
Dos factores hacen que el estado de ánimo dela loc@ sea eufórico. Primero, la grandiosidad del último propósito y, segundo, el hecho de que por fin ela loc@ encuentra la situación que le permite actuar directamente, según su propio criterio, sin subterfugios, es decir, por fin pude manifestarse el nagual después de toda una vida de furtividad.
Perseguir el último propósito hace dela loc@ un@ guerrer@, un ser en lucha, sólo que, en vez de luchar para dominar, como hace el participante en el Samsara, es decir, para tiranizar, ela loc@ lucha contra la Tiranía.
He de dejar muy claro que al oponerme a mi expediente de baja no estaba defendiendo mi derecho a ser sargento. No albergaba ningún deseo de serlo, sino que me estaba enfrentando a mi pinche tirano: El ejército.
Dado el avance en materia de derechos humanos que ha traído el progreso tecnológico en los últimos tiempos, ya l@s bruj@s antigu@s dicen que hoy en día es difícil encontrar un@ pinche tiran@ que valga la pena. Sin embargo, el ejército ofrece un magnífico campo de entrenamiento para un@ guerrer@.
Yo no lo sabía entonces. Simplemente, desarrollaba mi nagual. Y la forma de hacerlo era arreglar el mundo empezando por el ejército.
El modo en que un@ guerrer@ se enfrenta a un@ pinche tiran@ es apoyándose en un orden superior, que suele ser religioso. Para mí el orden superior fue el derecho. Y ninguno mejor para este pinche tirano o conjunto de ell@s, pues el ejército está llenito de leyes y l@s militares son muy aficionad@s a saltárselas. Unido esto a su carácter golpista, mi estrategia los ponía frente a una posible desautorización por parte del gobierno, lo que les espantaba más que la muerte.
Lo gracioso del asunto es que yo no tenía ni idea de derecho. Una vez más, después de 25 años de educación, nadie nos había mencionado si quiera que existe un procedimiento administrativo y un reglamento que hasta el ejército tiene que cumplir. Sólo tenía mi intuición.
Lo primero que hice fue visitar al abogado y decirle que quería ver el expediente. Al decirme que no, le pedí que me diera esa negativa por escrito.
Ningún soldado había sido tan osado ante este teniente. Sonrió malévolamente y me dijo que eso no iba a ser posible, pues no estaba autorizado. Entonces le dije que quería ver a su superior para hacerle la misma petición. Contestó que su superior inmediato era el coronel, no había mandos intermedios entre ambos. Y le dije que bien, que quería ver al coronel. Para entonces había dejado de sonreír, y me dijo que eso tenía que solicitarlo en la escuadrilla.
Y así lo hice. Al día siguiente, pedí ver al teniente de semana, que casualmente era el mío, el que inició el expediente, y le comuniqué calmadamente, pero con firmeza, mi problema: Que quería ver el expediente o la negativa por escrito y que, me indicaba el teniente del juzgado, tendría que ver al coronel, pero si mi problema se solucionaba antes, en el conducto reglamentario, me daba por satisfecho.
La actitud de los compañeros era de apoyo, todo el apoyo que puede dar un fantasma. Me explico.
Todos estaban asombrados de los métodos militares y les parecían absurdos, como el hecho de que en la base hubiera una silla y la piscina arrestadas. La silla porque fue a sentarse en coronel y se cayó; la piscina porque probaron un sistema de flotadores para helicóptero, y el helicóptero se hundió. Más tarde supieron que el sistema de flotadores era sólo de emergencia, para dar el tiempo justo a que la tripulación abandone el aparato antes de hundirse en caso de fallo de motor sobre el mar. La silla no ofrecía problemas, pero la piscina no podía usarse hasta después de 2 ó 3 años, cuando terminase el arresto, con el consiguiente sacrificio.
Esto era un rumor que los instructores no quisieron confirmar ni desmentir a una pregunta directa. Sin embargo, l@s militares no son dados a la timidez o vergüenza, si no que suelen reafirmarse violentamente.
El caso es que todos allí veían o los instructores como inferiores y equivocados. Cuando un teniente se vio obligado a aclarar que los estudios en la academia militar estaban equiparados a los universitarios, hubo un murmullo de incredulidad y desafío, como diciendo: ¡Venga ya!, hombre. Y yo encontraba apoyo cuando me quejaba, por ejemplo, el día de la patrona, de que nos hicieran desfilar ante l@s familiares de los altos cargos de la base. Dije: “Quien quiera ver desfiles, que se vaya al circo”. Alguien dijo: “es verdad, tío”.
Pude comprobar, sin embargo, que los compañeros estaban en contra de mi baja, pero no pensaban para nada en la eliminación o reforma del ejército, mucho menos del Samsara, sino que eran sumisos a aquellas circunstancias, y sólo pretendían mi vuelta al redil con el beneplácito de los instructores.
Así, cuando al pasar los días sin respuesta a mi petición, preguntarle al teniente de semana por el asunto, decirme éste que el capitán lo estaba pensando, quise dar un parte del capitán por bloquear el conducto reglamentario, ningún compañero quiso decirme cómo se redactaba un parte, y yo no había sido capaz de enterarme en la fase depresiva. Así que no pude darlo. Sin embargo, supe, por un alumno abogado, que efectivamente tenía derecho a ver el expediente, lo que me dio confianza y más ánimo en mi empresa.
Los instructores estaban tremendamente ofendidos por mi actitud, pero confiados en el poder del ejército y su jerarquía. Yo, por mi parte, me divertía inmensamente. Mi altísimo nivel de energía me permitió convertirme en un soldado ejemplar, aunque siempre a mi manera. Por ejemplo, seguía rascándome en formación cuando el teniente no miraba, y seguía quedándome un rato más en la cama pero, por el momento, no me descubrían. Era ejemplar en las actividades físicas excepto las de resistencia, en las que había mejorado mucho, pero mi baja forma se hacía sentir incluso eufórico.
La fase bestialmente eufórica duró 15 días. El tiempo que tardaron en responder de Madrid al envío del expediente advirtiendo que no estaba en regla, que tenían que dármelo a conocer y concederme un tiempo para presentar alegaciones, tal como establece el procedimiento administrativo.
El teniente abogado, maliciosamente sonriente otra vez, me llamó para decirme que yo tenía razón y podía leerlo.
Esto era todo un triunfo para mí. Ponía a aquellos macarras en su lugar como seres sometidos a las leyes y sus reglamentos. Sin embargo, yo no lo experimenté como éxito, sino más bien como inconveniente, pues regresaba todo a la normalidad. Por eso sonreía el teniente abogado.
Sufrí un terrible hundimiento depresivo.
Cuando se sufre una depresión, se experimenta como completa y no cuantificable. Sin embargo, cuando se sufre una depresión más profunda, se empieza a sospechar que el fenómeno sí efectivamente es cuantificable: Se puede estar más o menos deprimid@.
El sentir está alojado en el pecho. En aquel hundimiento depresivo, que duró sólo una tarde, sentí una opresión en el pecho que me hacía costoso respirar, había perdido nuevamente la energía y reapareció el pensamiento del suicidio. Afortunadamente, esa tarde estuvimos en la escuadrilla, sin requerimientos, y el asunto pasó inadvertido.
El hundimiento depresivo se produce porque las perspectivas de éxito en la lucha emprendida dejan de brillar. El propósito de acabar con el ejército, incluso el Samsara, es tan vago y lejano que ela guerrer@ pierde su euforia, cayendo su estado de ánimo a profundidades insospechadas.
El único modo de mantener el estado de ánimo alto en un entorno tan desagradable y opresivo como el Samsara es luchar. Mientras se esté luchando, no se piensa en lo desgraciad@ que se es, sino sólo en cómo triunfar en la lucha. Todos los recursos se emplean en esto, el resto es aplazado.
El participante en el Samsara se embarca en múltiples causas que se resumen en una: Resultar el ser humano más list@ del mundo. Ela loc@ sólo tiene una: Cambiar el mundo. Y mientras esté luchando por ello, su estado de ánimo será alto.
Como modo de espantar la negra sombra del suicidio, reanudé mi lucha.
No me extrañó que aquellos macarras quisieran hacer pasar el expediente por secreto. Lo que ocurría es que les daba vergüenza mostrarlo porque era una verdadera chapuza.
Ya digo que lo único que necesitaba hacer mi teniente era decir que yo carecía de espíritu militar pero, puesto a hacer un expediente, podía haber dicho que sufría un síndrome depresivo ansioso, por lo que no estaba a la altura de las circunstancias, y no podía ser sargento. Esto me habría permitido, probablemente, librarme del resto del servicio militar como soldado.
En vez de esto, habían presentado, el teniente, el comandante, y el comandante médico, el hecho de sufrir un síndrome depresivo ansioso como una debilidad e inconveniente más en una lista de agravios que yo cometía contra el ejército, en una sarta de mentiras e imprecisiones, como el decir que yo había sufrido crisis nerviosas, dándole un significado de pérdida de control, o que fui enviado al servicio de psiquiatría, cuando fui yo quien lo solicitó. En fin, habían procurado perjudicarme todo lo posible sin darme opción a librarme del sacrificio.
Tenía derecho a presentar alegaciones y los informes que estimara oportunos. Así que rebatí todos los argumentos presentados contra mí, me declaré apto y dispuesto al servicio, y solicité varios informes, entre ellos uno del psiquiatra, pues ellos sólo habían recibido informes de él por teléfono, su firma no figuraba en el expediente. Y, para colmo, solicité nuevamente ver al coronel. Esta vez para recabar su consejo.
Ahora sí estaban nerviosos, desde mi teniente hasta el psiquiatra, pasando por los mandos de la enfermería. Un compañero me dijo que, al pasar, había oído al teniente coronel echarles la bronca al comandante, al capitán y mi teniente. Les decía que se habían precipitado. Apenas había oído eso, pero creía, animadamente, que se referían a mi caso.
Por otro lado, ya no sentía la aureola de energía sobre mi cabeza, pero mi estado de ánimo, aunque no tanto como antes, era muy elevado, claramente eufórico. Me encontraba como en mi casa, de hecho, me llevé la bata y me paseaba por la escuadrilla con ella sin pedir permiso, algo imprescindible para hacer cualquier cosa fuera de lo habitual.
Tal era mi estado de euforia, y tal el nerviosismo de los instructores, que en los ejercicios de instrucción, cuando el teniente se refería a cualquier alumno, decía mi nombre. Por ejemplo, a Losada se le cayó el cargador, y el teniente dijo: “Estrada, recoge el cargador”. Y así sucedía cada vez, y con cada teniente. Cuando terminó la instrucción en esta ocasión, algunos compañeros se acercaron a mí comentando el fenómeno animadamente. Losada dijo: “¡Yo también soy Estrada!”, y alguien más: “Los tienes desquiciados, tío”. Y es que, al hacer instrucción, ejercicios combinados de presentar el CETME, ponerlo al hombro, girar, etc., era yo quien marcaba el ritmo a todos con mi energía, y todos lo notaban, incluido el teniente.
La cosa llegó a ponerse muy tensa. Incluso me amenazaron. El teniente abogado, el capitán y un par de tenientes discutían, nerviosos e indignados, sobre alguna petición que yo había hecho, caminando arriba y abajo de un soportal de la plaza, cuando un teniente que, por cierto, no tenía nada que ver con el asunto, vino a mí y me dijo muy serio que tuviese mucho cuidado con lo que hacía, pues podía tener consecuencias muy graves. Aquí le podía haber preguntado descaradamente si me estaba amenazando. En lugar de ello, le pregunté si ordenaba alguna cosa más y me dispuse a sus órdenes.
Cuando esto ocurrió, mi estado de ánimo estaba decayendo: Sabía que iba de farol. La lucha, en cuanto a ganar ese pleito en particular, estaba perdida. Y la perspectiva de extender esa lucha hasta acabar con el ejército o el Samsara se veía turbia. Sin embargo, me encontraba a merced de los acontecimientos, sin poder pararlos o controlarlos de algún modo.
Así, cuando mi madre me dijo, al acabar el fin de semana, que ella y mi padre se venían conmigo a Granada para hablar con el coronel, no supe ni quise ponerla en su lugar argumentando que yo tenía 25 años y ellos no pintaban nada allí, sino que dejé que los acontecimientos se desarrollaran.
No sé qué le diría mi madre al coronel, porque no tenía ni idea de lo que iba el asunto. El caso es que volvió a poner todo en términos de lo cotidiano. El coronel, por fin, me recibió para satisfacer mi última petición: Que fuese él quien me dijese que no me iban a dar el despacho de sargento. Y así lo hizo, muy amable y atento.
Cuando todo empezó, el coronel representaba para mí tan sólo un escalón más en el que iba a pisar en mi camino hacia el éxito en mi propósito. Ahora estaba desanimado y cansado. Le pregunté si ordenaba alguna cosa más, entonces me dio una breve explicación, que acepté, y me retiré. Todo había sido un farol.
El coronel hizo más que esto. Debió dar una charla reprimenda a todos los implicados, desde tenientes a teniente coronel, pues ya no me miraban directamente, sino de reojo, y pasaban por alto todos mis incumplimientos e insumisiones y, a continuación, me dieron un permiso indefinido.
Todavía, en un coletazo de euforia, volví a la base por la noche, cosa que aceptó el teniente de semana, pues ya me concedían todo y, al día siguiente, me tomé por mi cuenta el permiso. En fin, en toda aquella aventura hice lo que estimé oportuno sin pedir permiso casi nunca, me salté las normas y, al final, me paseé por allí como por mi casa, incluso asistí al espectáculo de cierre del periodo de instrucción que organizaban los alumnos la noche antes de la entrega de despachos. En resumen, aquellos macarras no me dieron por culo.
Sin embargo, yo no experimenté esto como éxito. Una vez descendido el espíritu, no hay soluciones intermedias. El espíritu no permite falsos éxitos o fracasos, las opciones son claras: El Paraíso o la muerte.
Se abrió un compás de espera hasta que llegó la resolución y el nuevo destino de soldado. Esto tardó 4 meses, pero llegó. Después de haber luchado con el argumento de que era apto para el servicio, no encontraba el modo de alegar depresión, aunque era cierto, me encontraba bastante deprimido, así que me dispuse a hacer el resto de la mili. Me quedaban 4 meses.
 Tuve suerte. Primero, el capitán al que me presenté para que me diera ocupación me tomó bajo su protección al ver que estaba deprimido, y me dio un destino cómodo en su oficina. Después me llegó un enchufe por parte de la familia de mi padre, y me trasladaron dentro del mismo organismo a un cuartel para enchufados donde ni se formaba ni se comprobaba si quiera la asistencia. Esto, sumado al pase pernocta y el mes de vacaciones, me proporcionó un poco de oxígeno, como decían allí los soldados.
Aquello era el horror mismo. Para empezar, se lavaban las sábanas, pero nunca las colchas o las mantas. El resultado es que en el dormitorio había un olor a tigre insoportable, a parte de la presencia de cucarachas. Había una fuerte segregación jerárquica entre soldados, suboficiales y oficiales, quedando los cabos primeros en ninguna parte, por lo que se mostraban tímidos e indecisos. Allí se sabía cuándo entrar, retrasarse 5 minutos suponía un arresto de 14 días, pero nunca se sabía cuándo se podría salir, pues estábamos sometidos al desprecio y capricho de superiores. Para colmo, la policía, que hacía las guardias en las garitas y un montón de requerimientos más, estaban escasos de personal y, cuando salían de una guardia, entraban en otra. La consecuencia era una literal tortura por falta de sueño. Así, cuando me tocaba retén y hacíamos la ronda por las garitas, donde nos tenían que firmar un papel, nos encontrábamos a los soldados policías deprimidos y asqueados, cuando no dormidos. Mi compañero le dijo a uno: “Tío, despierta, que te va a caer un buen paquete”. Él respondió, sin querer ni poder despertar: “Da igual, tío, tengo que dormir”.
Pero lo que más me deprimía en esta repugnante situación era la actitud de los soldados. Y es que, cuanto más miserable es le existencia de un participante en el Samsara, más empeño y enojo pone en rentabilizar su sacrificio. Para esto, lo primero que hay que hacer es comportarse como si todo estuviera bien. Pero como nada está bien, el resultado es una violencia tremenda.
Los estereotipos utilizados por los soldados para responsabilizar a los soldados mismos del desastroso funcionamiento de aquello eran el ofrecer oxígeno, porque allí se estaba siempre asfixiado, y preguntar si se pincha como explicación a su incompetencia, es decir, si se inyecta heroína. Había en la cantina un cartel ofreciendo botellas de oxígeno como algo gracioso para desdramatizar el asunto.
Por otro lado, el soldado siempre pretende escaquearse, trabajar lo menos posible y, para ello, suele hacer valer su antigüedad en el servicio frente a los novatos. Esto es rentabilizar el sacrificio directamente.
Lo único que aportó un poquito de luz a esta oscura etapa fue el descubrir que había una oficina del defensor del soldado, y que, casualmente, estaba a escasos 200 metros del cuartel. Les hice unas cuantas visitas y fueron muy amables, considerad@s y abiert@s.
Cuando alguien está deprimid@ y conoce el estado eufórico, naturalmente, intenta por todos los medios pasar al segundo estado. Yo sabía, sentía, que el modo de conseguirlo es reanudar la lucha. Con esta intención, y con muy poquitas esperanzas, me acerqué a la oficina.
Había mantenido en marcha la reclamación por mi expediente de baja en IMEC esperando ponerme eufórico, lo que no llegaba. Sin embargo, había supuesto un alivio de la depresión el estudiarme la ley de procedimiento administrativo con el fin de presentar, primero, un recurso de alzada y, después, un recurso contencioso administrativo…
No mostraron mucho entusiasmo por el caso, pero alabaron lo bien que estaba hecho el recurso. Por otro lado, hice un escrito de quejas acerca de las condiciones miserables de los soldados, que también alabaron, incluso encontraron la posibilidad de publicarlo en un periódico local, pero no podía ser anónimo, y yo no estaba dispuesto a dar mi nombre para aquello. Me parecía comprometerme en algo que no iba a ninguna parte, y no estaba preparado, estaba deprimido, no era ese el camino que debía tomar mi lucha.
En fin, en la oficina del defensor del soldado encontré la posibilidad de luchar según lo había entendido en la fase eufórica, utilizando el derecho como orden superior, pero el camino se veía largo e imposible. Al fin y al cabo, eran fantasmas, siempre se mantenían dentro del Samsara, eran sumis@s y yo no tenía el poder de redirigir su lucha. Así que el estado eufórico no llegó.
Quería creer que mi estado depresivo estaba circunscrito al ejército y, cínicamente, esperaba alivio al terminar el servicio militar. Esto no ocurrió, sino que seguí deprimido.
Naturalmente, pensé en mi propósito de acabar con el Samsara pero, ni tenía claro este propósito, ni tenía ni idea de por dónde empezar. En cualquier caso, pensaba que todo intento debía ser posterior a la consecución de mi autonomía e independencia, que era el objetivo inmediato.
Yo no lo sabía entonces, pero estaba intentando renacer, es decir, volver a fijar mi punto de encaje. Y, no ofrece duda, esto es imposible. Están de acuerdo en ello el reportaje de Carlos Castaneda y el Libro Tibetano de l@s Muert@s. Una vez que el espíritu desciende o que el individuo muere, el sujeto está obligad@ a ir hacia adelante.
Entre l@s bruj@ antigu@s, el asunto está claro: El nagual guía ala aprendiz a ir hacia adelante. Entre l@s loc@s, que son l@s que el Libro Tibetano de l@s Muert@s llama muert@s, no hay más guía que lo que un@ mism@ descubra, reconozca y comprenda. Y esto es terriblemente difícil. El mundo está lleno de loc@s intentando volver atrás en su locura. Yo también lo pretendí en este tiempo. Y es que es a la Condición del Samsara a lo que se enfrenta ela loc@, y ésta no permite la vida sin la vida.
La consecuencia de intentar volver atrás en el camino del conocimiento una vez que ha descendido el espíritu es la experimentación de las miserias del Sidpa Bardo. Lo que está ocurriendo es que se ve el Samsara sin fuerza vital, es decir, sin el ejercicio de creer que hay alguna razón para su existencia. Entonces, el Samsara se presenta tal como es: Miserable y repugnante.
No voy a entrar a describir mis desventuras en el mercado laboral intentando renacer, cualquier loc@ puede hacerlo. No voy a entrar a hacer quejas de lo mal que funciona el Samsara porque usted lo sabe muy bien, sólo que está obligad@ a aguantarlo. Por otro lado, abrevio al máximo para terminar este libro, pues el mundo está muy mal. En cualquier momento empezarán a explotar bombas atómicas, o será demasiado tarde para que Gaia (la Tierra como ser vivo) sobreviva. Sólo diré que el problema radica en la obligación de trabajar. Esto pone todo al revés, ya digo que el Samsara está al revés. La obligación nos lleva a la competición y, así, la cooperación es sólo posible bajo estrictas condiciones de sacrificio: Quien se sacrifica puede participar del conocimiento necesario para hacer su trabajo, quien no se sacrifica, queda fuera. Y sólo pondré un ejemplo.
En mi primer trabajo serio, con contrato, el jefe me dio un presupuesto incompleto, faltaban los precios de los artículos. Me dijo que lo completase. Entonces le pedí la lista de precios y me respondió que no había, que preguntase. En todo el tiempo que llevaba funcionando esta pequeña empresa, a nadie se le había ocurrido compartir su conocimiento y hacerlo accesible a l@s demás poniéndolo por escrito, sino que lo guardaban celosamente en su mente. Un participante en el Samsara, ante esta situación, derrocha energía en ir preguntando a compañer@s muy acupad@s, abriéndose un hueco, hasta hacerse con la confianza y conocimiento de la empresa. Naturalmente, una vez adquirido el conocimiento, lo guardará celosamente a su vez, sin ocurrírsele ponerlo por escrito, ha acumulado sacrificio. Un@ loc@ no puede hacer este sacrificio, no puede participar de él. No sólo porque no quiera, sino porque no dispone de energía para hacerlo. En vez de ello, a mí me pasó por la mente realizar yo mismo la lista de precios, pero esto era menos que imposible: había que ser un@ expert@ para hacerlo, y yo era el novato, el nuevo. Por otro lado, en el Samsara, el ahorro de energía es visto como vaguería, descaro e insolidaridad.
El antipsiquiatra, aunque a él no le gusta reconocer que lo es, R. D. Laing, que probablemente es quien mejor ha llegado a comprender la Locura en su libro “El yo dividido”, acierta bastante bien al describir y explicar la condición que él llama esquizoide, que no es otra cosa que ela niñ@, adolescente y joven que ha quedado fuera del Samsara. Sin embargo, fracasa estrepitosamente al intentar explicar el proceso mismo de volverse loc@.
R. D. Laing, que mantiene su fuerza vital, es decir, aún cree que hay riqueza en el Samsara, en otras palabras, no se ha vuelto loco, describe el proceso de volverse loc@ como aislamiento que no permite alcanzar y disfrutar la riqueza externa, quedando el interior cada vez más empobrecido.
¿¡Qué riqueza externa, ni qué niño muerto!?, como diría mi padre. Ela loc@ ha conservado el entusiasmo de la infancia en su fantasía. Durante toda la vida ha imaginado un futuro de riqueza y maravilla, y ha esperado pacientemente que pudiera hacerse realidad. Sin embargo, al llegar a adult@ se encuentra con que amig@s y compañer@s, que han ido perdiendo el entusiasmo por el camino, se entregan a la miseria para la que se han estado preparando toda la vida con su sacrificio.
Es muy triste y muy desesperante contemplar cómo las personas con las que se podrían vivir grandes aventuras y experiencias, ahora que por fin tienen dinero, se entregan al matrimonio y se aíslan del resto como si de una secta religiosa se tratase. Y esto es realmente el matrimonio, una secta.
José Miguel era católico practicante y muy seguidor de los sacrificios que exige la Iglesia. Cuando terminó sus estudios, servicio militar y se puso a trabajar, dejó embarazada a la primera chica con la que había salido en su vida, que acababa de conocer, y se casó con ella. Se había liberado lo suficiente para practicar el coito fuera del matrimonio, pero no lo suficiente para usar un preservativo.
Ella, durante todo el proceso, era muy consciente de que los amigos de su novio y marido pensábamos que lo estaba cazando, dada la inocencia, si no estupidez, del protagonista. Desde el principio no encajó en el grupo, se sentía fuera de situación al punto de que se ponía enferma y tenía que irse. Naturalmente, José Miguel la acompañaba, quedando privado una vez más de la compañía de sus amigos y amigas.
José Miguel había sido el individuo más alegre de toda la escuela, siempre estaba riendo. Después del matrimonio  no quedaba apenas nada de él, estaba triste y desanimado y, una de las pocas y últimas veces que lo vi, entre silencio y silencio, dijo, sin entusiasmo: “Está bien el fútbol. Se te pasa la tarde del sábado”.
No hay que buscar culpables en esta historia. Beatriz, así se llamaba la chica en cuestión, era tan víctima de la situación como ela que más, era la primera asqueada. Su problema radicaba en que había quedado fuera del Samsara, en otras palabras, era una loca. De hecho, el espíritu descendió sobre ella. Al dar a luz a una niña, tuvo una profunda depresión post parto.
Tener un@ hij@ en el Samsara es sellar el sobre del conocimiento hasta la muerte sin posibilidad de revisión porque, una vez que ela niñ@ ha nacido, ela progenitor@ ya no se sacrifica sólo por sí mism@ para ganarse la vida, sino que ahora tiene que ganar, también y principalmente, la vida de su hij@.
Hay un dicho que seguro que usted conoce, pues debe estar tan extendido como el Samsara: “L@s niñ@s traen un pan debajo del brazo”. Cuando un empresario invierte su dinero en un@ trabajador@, contrata o asciende muy preferentemente a personas con hij@s. La razón es evidente: Una persona con hij@s pasará por todos los aros que se le presenten, será sumis@ como un@ corderit@ ante la perspectiva de no poder alimentarl@s.
Si la fuerza vital es suficiente, el nacimiento de un@ hij@ se experimenta como una bendición: Todas las puertas se abren, se es un participante en el Samsara de pleno derecho. Mi hermano Luis Miguel hizo una canción a su primera hija. Decía, entre otras cosas:

…ha colocado una bomba
de oxígeno en el mundo…


Esto, que pude parecerle muy bonito a un participante en el Samsara, denota que en el mundo estamos asfixiad@s. Para mi hermano, su primera hija le ofrecía lo mismo que un tabernero a l@s soldados de un cuartel: Oxígeno para soportar el esfuerzo, el sacrificio; una razón para vivir.
Si la fuerza vital no es suficiente, como le ocurría a Beatriz, el nacimiento de un@ hij@ es una maldición. Para Beatriz se acabaron las fantasías, ya no quedaron esperanzas de comprender el mundo, de vivir una vida plena, de desarrollar su nagual. Y sólo percibía la tremenda miseria de su situación, sintiéndose culpable incluso de su incomprensión.
No se puede descartar este ejemplo por el hecho de que ella estuviera loca, pues la Locura forma parte del Samsara. Precisamente, las excepciones son las de signo contrario. Son muy pocos los ejemplos en los que los cónyuges se complementan incrementando sus experiencias y éxitos en la vida. Y estos pocos ejemplos se producen siempre cuando la pareja desarrolla una investigación de cualquier tipo, preferentemente sobre psicodélicos. Por lo general, los cónyuges que se unen en pareja no abandonan la competición por ser l@s más list@s del mundo, y se pasan el resto de sus vidas intentando demostrar ala otr@ que es tont@, mientras ela protagonista es muy list@, desarrollando un juego de destrucción mutua, como es el caso de mis padres.
El matrimonio reduce la existencia a fútbol para ellos y cotilleo para ellas y, por casi única aportación artística y humorística, la publicidad.
Tengo mucho que agradecerle al pitufo. Primero me prestó, a iniciativa suya, un libro de psicología clínica, lo que fue el comienzo de mi investigación. Segundo, me invitó en una semana santa a hacer un cursillo de vuelo en parapente, lo que me puso en contacto con lo que iba a ser mi único alivio de la depresión: Los deportes de fin de semana y, tercero, me prestó su coche en el preciso momento en que me permitió echar un polvo que necesitaba mucho. El caso es que el pitufo compuso un dicho y expresó su intención de repetírselo a todo el mundo con la esperanza de volver a oírlo años después, tras un recorrido por el mundo. Ese dicho era: “Quien con vino vive, la vida bebe”. Yo le dije que ahora lo que decían era: “Beber no es vivir”, haciéndole notar que su empresa era difícil, y no me decidí a decirle que el suyo me gustaba mucho más.
Si este libro tiene éxito, el dicho del pitufo dará la vuelta al mundo, y habrá quedado patente mi agradecimiento a las personas que, sin dejar de ser fantasmas, es decir, sin perder su filiación al Samsara, han proporcionado una ayuda cierta a cualquier loc@.
Hay que decir aquí que el dicho del pitufo se refiere realmente a la vida. La propaganda responsable del gobierno se refiere a la vida, en cursiva: Quien bebe elude el sacrificio, luego va contra la vida, que es el sacrificio.
Un participante en el Samsara se ha preparado toda su vida para la miseria y, cuando llega el momento, su tendencia es clara. Descaradamente, como José Miguel, o poco a poco, se entregan a ella. Por lo general, sobre todo los varones, tontean con la aventura y la excursión, haciendo grandes planes, pero apuntándose a muy pocas en el último momento.
Un@ loc@, que no siente la tendencia al sacrificio, espera ansios@ la fecha indicada, y se encuentra con que la cosa ha quedado reducida a un@s poc@s, incluso suspendida. Recuerdo cómo Hortensia, cuando la llamé para concretar la cita para una excursión planeada, me daba 10 ó 12 razones por las que no iba. Estuve escuchando su largo alegato sin intervenir, por prudencia, y sin comprender cómo podía esa chica renunciar a la diversión, experiencia y esparcimiento por una serie de razones que no tenían ningún peso. Por eso me daba tantas. Ahora, eso sí, a las bodas no faltaba nadie.
Aún en esta miseria, pude practicar la vela en un pantano próximo a Madrid, el ala delta y, sobre todo, conducir deprisa mientras me desplazaba a un sitio u otro. Sin embargo, el coste de la miseria fue tremendo pues, en parte debido a mi locura y depresión, por la dificultad que supone para hacer nuev@s amig@s, tuve que aceptar relaciones que de otro modo no habría considerado si quiera.
Luis Alberto era la persona más asquerosa que había en el grupo de la escuela. Estaba totalmente inmerso en la lucha por ser el más listo. Tanto es así que jamás respondía una pregunta. Sin embargo, junto conmigo, fue el único que se apuntó al cursillo de ala delta. Juntos compramos un barco y un ala, y la cosa funcionó durante un tiempo, mientras él tonteaba un poco con la diversión y yo intentaba renacer. La cosa cambiaría cuando él sintiese la llamada del sacrificio y yo me diese por derrotado en mi empresa.
El libro que me ofreció el pitufo era un manual de psicología clínica, y supuso para mí el saber que lo que me estaba ocurriendo no era un asunto personal mío, sino algo común y muy estudiado. De tal modo, inicié una investigación.
Me hice asiduo de las bibliotecas y comencé leyendo otros manuales semejantes, pero pronto me encontré leyendo sobre psicodélicos y antipsiquiatría. Por otro lado, poco a poco fui recuperando la música que había escuchado en la adolescencia bajo los efectos del hachís y LSD: Pink Floyd, Leed Zeppelín, Supertramp principalmente y, sobre todo, recuperé el uso del hachís, pero esta vez fumándolo en solitario.
Mi investigación me llevó a leer “El yo dividido”, de R. D. Laing, y luego otros de sus libros. En ellos me acerqué a la corroboración de dos puntos. Primero, que yo era un loco. Todos los fenómenos que había experimentado, como la angustia vital, y por los que me había sentido distinto, aparte de l@s demás, estaban allí reflejados con mayor o menor fidelidad. Y, segundo, que la Locura es algo general que no admite clasificaciones. Todos los estudios reflejados en los manuales de psicología y psiquiatría no tienen más valor que el descriptivo y el informativo de lo que piensan l@s estudios@s acerca de la Locura.
Sin embargo, R. D. Laing no me satisfacía plenamente. Le faltaba algo que no sabía qué era, pero que tenía que ver con un suceso que cuenta en alguno de sus libros de forma casual y sin explicarlo realmente. Cuando era un chaval, en el colegio, tenía prohibido correr por los pasillos. Fue rebelde a esta norma hasta que, después de varios castigos sin importancia, le amenazaron con la expulsión dada su reiteración en la falta. Entonces, R. D. Laing dejó de correr por los pasillos. Había pasado por el aro convirtiéndose en un participante en el Samsara. Un@ loc@ también habría dejado de correr, pero no habría quedado conforme con el arreglo.
De tal modo, R. D. Laing contempla la Locura como un proceso alucinatorio y delirante de división y fragmentación, sin poder darse cuenta de la tragedia que supone el fracaso en adquirir autonomía e independencia. Como él las adquirió con su sacrificio, pues pasó por el aro, no puede analizar este fenómeno en l@s demás, pues se moriría de vergüenza. Esto es lo que le pasa a todo el mundo: Siempre que miran al Samsara, excluyen de la visión su condición y, así, no pueden entender la Locura.
Otro autor destacado que leí en aquel tiempo fue David Cooper. Es quien define el término antipsiquiatría, y está orgulloso de ello. David Cooper sencillamente niega la Locura y denuncia su persecución, haciendo una aguda y dura crítica social. Por ejemplo, destaca que l@s paranoic@s son l@s perseguidor@s, y no l@s perseguid@s.
David Cooper estudió psiquiatría y, cuando lo había hecho, se dio cuenta de que aquello era una basura y renegó de su conocimiento. Consiguió vivir de su ingenio al escribir los libros que yo leí, es decir, consiguió su autonomía e independencia y, considerando esto sacrificio a rentabilizar, no podía imaginar que alguien no tuviese éxito en empresa semejante.
Tengo que agradecer a David Cooper la corroboración que aportó en cuanto a su crítica social. Por fin alguien estaba de acuerdo conmigo en que esta sociedad está podrida. Más tengo que agradecerle su introducción y autorización a leer textos religiosos. Por él tuve noticias del Libro Tibetano de l@s Muert@s y el reportaje de Carlos Castaneda. Pero sobre todo, y relacionado con esto, le agradezco el haber contribuido sólidamente a proporcionarme el conocimiento de que el asunto está en la muerte y en los significados de esta palabra.
David Cooper, también casualmente, porque siempre que se trata de la ignorancia de la Condición del Samsara se habla casualmente, cuenta cómo conoce a una joven que huye de sus padres sin saber a dónde. No le da dinero, no le da trabajo ni le ayuda a buscarlo, no le destaca una habilidad con la que pueda ganarse la vida como hace él con su ingenio, en fin, para nada trata con ella el origen de su problema: La falta de autonomía e independencia. Lo que hace es llevársela a casa una temporada, follársela, y pasársela a un amigo cuando se cansa de ella.
Y es que el tonal jamás considera el fracaso en sus pensamientos. Baste contemplar a los seguidores de un equipo de fútbol, sólo piensan en ganar. Si alguien mencionase la posibilidad de perder, delante del estadio, justo antes del partido, l@ lincharían.
Ela loc@ experimenta el mayor de los fracasos: No zafarse del lazo de su madre. Este fracaso es impensable porque todas las madres retienen a sus hij@s, y el modo de zafarse de esta retención es pasar por el aro, adquirir un cuerpo, convertirse en participante en el Samsara.
La madre dela loc@, al retenerl@ ferozmente, y procediendo consciente y estratégicamente, convierte a su hij@ en un@ subnormal, única explicación para un participante en el Samsara que justifica la no ruptura del lazo materno.
En español diferenciamos los significados de tont@ y loc@, sin embargo, esto no está tan claro cuando el asunto admite un gracioso chiste en torno a la confusión y diferenciación de ambos términos:
Un conductor pincha una rueda junto a la tapia de un manicomio y, cuando está poniendo la de repuesto, pasa otro coche rápido haciendo saltar los tornillos a un matorral espeso. Sin tornillos, el hombre, enojado, no sabe qué hacer. En esto, un loco sentado sobre la valla del manicomio lo ha estado observando todo y, conocedor de que las ruedas de los coches suelen llevar 4 tornillos, le dice: Ponga usted tres tornillos en cada rueda y vaya despacio hasta la siguiente gasolinera, donde encontrará más tornillos. El hombre, disminuyendo en su enojo y agradecido ante la solución de un grave problema, le dice: Oiga, pues usted es inteligente, no sé cómo es que está encerrado ahí. Y el otro responde: Yo estoy aquí por loco, no por tonto.
En inglés, donde los significados los determina el contexto, usan la palabra “fool” para ambos conceptos. Así, quien nos lidere a casa será un fool, según la canción Fool´s overture, de Supertramp.
Ela loc@ es muy consciente de esto. De hecho, éste es el principal origen de su ansiedad: El ver que después de todo va a caer en los brazos de la mujer que más repugnancia le causa. Después de todo, la estrategia de la madre para reservarse a su hij@ va a tener éxito.
Ela loc@ no considera si quiera esta posibilidad, antes que esto está el suicidio. Las posibilidades son tres: Incorporarse al Samsara, cambiar el mundo, o la muerte.
Cambiar el mundo es lo único que ofrece un poquito de luz. Es lo que siempre ha pretendido ela loc@. Sin embargo, el propósito se siente lejano, remoto. La investigación iniciada se antoja como unas gotas de agua en un vaso vacío de tamaño desconocido.
Se puede pensar en torno a la muerte, pero no se puede pensar la muerte misma, pues el pensamiento se para allí.
En el Paraíso, cada cual es dueño de su muerte. Sin embargo, será muy raro que alguien ponga fin a su vida antes de que ésta termine realmente, pues la vida será agradable y valdrá la pena. Ahora bien, cuando la vida haya terminado y sólo nos quede por delante una larga y dolorosa agonía, será muy frecuente que se practique la eutanasia. Aunque esto será aún difícil de decidir.
En el Samsara, la muerte no sólo está prohibida, sino también ignorada. Esto nos hace estar mucho peor que los animales: A los animales se les ahorra la agonía, los seres humanos, más list@s en principio, tenemos que asistir al colapso de nuestro organismo, con suerte, sedad@s.
El mayor problema que se presenta en el Samsara a cuenta de la muerte es que la vida, por definición, es desagradable, es un sacrificio. Entonces, alguien que viva inmers@ en el Samsara necesita fuerza vital para auto engañarse y hacerse creer que la vida, con todo lo amarga que es, aún vale la pena. Y el Samsara es la logia que tiene por propósito mantener este auto engaño.
Ela loc@ se enfrenta, por un lado, al problema de decidir su propia muerte sin que su vida haya realmente terminado y, por otro, al peso del pensamiento ajeno.
Decidir la propia muerte sin que la vida haya realmente terminado supone admitir el fracaso en la anterior opción: Cambiar el mundo. Sencillamente, esto no es posible, pues el espíritu no permite asumir falsos fracasos o victorias. Cuando ela loc@ se acerca a ello, se da cuenta de su falsedad.
El peso del pensamiento ajeno se expresa en tres fenómenos: La pérdida, la ofensa y la defensa.
La muerte en el Samsara supone una tremenda pérdida. La situación real ya de por sí es absolutamente falta de compasión: La muerte de un ser próximo siempre ha sido, es y será un duro golpe, una verdadera pena. Ahora bien, en el Paraíso sabremos que la muerte nos hace Libres. En consecuencia, el mensaje codificado en el comportamiento hacia cualquier ser querido, sea amig@, prim@, herman@, padre, madre, abuel@, hij@ u otr@ anfitrionad@, será el siguiente:
“Si mueres antes que yo, sentiré pena por tu muerte, te echaré mucho de menos pero, al poco, seguiré disfrutando de la vida, guardando de tu existencia un bello y afectuoso recuerdo. Puedes morir cuando quieras”.
Sólo con un mensaje semejante se está teniendo en consideración a la otra persona en todo su valor como el Universo en su Totalidad, permitiéndole disfrutar de la vida en toda su magnitud.
En el Samsara, la muerte nos enfrenta a dos terribles realidades: La miseria y la ignorancia de nuestra propia muerte.
Imagine la tremenda pérdida que experimenta, por ejemplo, una mujer sin hij@s que a los 50 años de edad se le muere el marido. Resulta que su marido era lo único que tenía. Ha perdido compañía, complicidad y sexo. Imagine todavía que tiene algun@ hij@, pero tiene su vida hecha en otra ciudad, con una mujer u hombre ala que no le cae bien, y sólo la visita si acaso una vez al año.
Por otro lado, la muerte, como ya he dicho, es una corroboración negativa de la absurda idea del mundo en la que la muerte no está incluida. La muerte de un ser querido nos recuerda que nosotr@s también vamos a morir antes o después.
Ela suicida ofende al participante en el Samsara en que su actitud hace evidente que la vida en el Samsara no es agradable y no vale la pena. Ela suicida se sale de la obligación de fingir que todo está bien. Se sale, en definitiva, de la Condición del Samsara.
En la peluquería a la que asisto regularmente, el dueño, que es quien la trabaja, tiene puesto un cartelito muy gracioso. Dice así:

“Aviso. En este lugar estamos trabajando duro. No rompa los nervios. No traiga desaliento, falta de fe, incompetencia, rencores, chismes, recelos, amarguras, pereza. Sea amable.
Asociación para la prevención de la neurosis”.

Hay que decir aquí que estas medidas no previenen la neurosis, sino la psicosis. Estas medidas provocan la neurosis, pues son como esconder la basura debajo de la alfombra, al final siempre sale por algún lado. Ese salir por algún lado de nuestras miserias y penas es la neurosis.
Una persona que está haciendo un sacrificio tremendo, como estar de pie 8 horas diarias cortando el pelo, y lo hace de buen gusto sabiendo que l@s demás hacen sacrificios semejantes, se siente muy ofendid@ si alguien muestra desánimo en cumplir con su propio sacrificio. Ela loc@ queda aislad@ en su insatisfacción, pues l@s demás no quieren saber nada de ese asunto.
Y la defensa del participante en el Samsara en cuanto al suicidio ajeno se refiere es la misma que utiliza para todo fenómeno que pone en peligro su absurda idea del mundo: Echarlo al cajón de lo falso. Así, dice que quien intenta suicidarse realmente está llamando la atención de l@s demás, y no se para a considerar su desesperación.
Con todo este panorama en torno a la muerte, ela loc@ no es capaz de decidir, y sigue viviendo aunque la situación es desesperada. Lo único que le queda es intentar incorporarse al Samsara mientras investiga y, así, experimenta las miserias del Sidpa bardo, que son las miserias del Samsara.
Intentando renacer experimenté insomnio de todos los tipos: Temprano, medio y tardío, que aliviaba con pastillas para dormir. Esto solucionaba el temprano, es decir, me ayudaba a conciliar el sueño pero, en cuanto pasaba el efecto, a las 4 ó 5 horas, me despertaba y tenía que tomar otra pastilla. Contra el insomnio tardío no hay nada que hacer. Es despertarse prematuramente ante la perspectiva de enfrentarse a la tremenda ansiedad de cada día. Ir a un trabajo sin sentido y desorganizado, al mismo tiempo que tod@s l@s demás, sintiendo que tod@s l@s demás también están deprimid@s ante su mutismo y pobreza de comportamiento.
Tanto en el trabajo como en los deportes de fin de semana, todo me salía mal, insatisfactorio, desastroso. Mi ansiedad me delataba, aunque era siempre mal interpretada. Se sumaba a toda la problemática de un@ loc@. Sobre todo me traicionaba la falta de energía, el agotamiento, que no podía confesar, y pasaba por insolidaridad descarada.
Un ejemplo muy divertido de esto se produjo cuando, estando Lola, el pitufo, Ricardo y yo en el pueblo del penúltimo, Ricardo me preguntó, por la noche, si le ayudaba temprano a hacer unos trabajos agrícolas con su padre. Esto era rigurosamente imposible para mí, pero no podía explicarle el verdadero motivo: Mi agotamiento. Ya he explicado por qué: No se pude mostrar debilidad en el Samsara. Por un lado asquea, por otro ofende. Así que le dije que no, sin más, quedando desolado, pues mi deseo era ayudarle y sentía lo forzado de la situación.
Lo curioso de esta historia fue la actitud del pitufo y la de Ricardo hacia él. Yo esperaba que el pitufo le ayudase con el trabajo o que le diese una excusa, a la que quizá podría sumarme pero, ante mi asombro y decepción, ni el pitufo habló, ni Ricardo le preguntó.
Cuando sonó el despertador de Ricardo, yo estaba despierto debido a mi habitual insomnio. Le vi levantarse y me hice el dormido, sintiéndome mal.
Pasadas dos o tres horas, Lola, el pitufo y yo nos levantamos. Lola se marchó, y el pitufo y yo fuimos a buscar a Ricardo. Estaba en el granero acomodando con su padre unos paquetes de paja. Eran grandes y pesados, no podía pensar en ayudarles. Sin decir palabra, nos sentamos al sol a esperar.
Yo no comprendía cómo el pitufo no ayudaba o hacía algún comentario cuando se acercó un viejo apoyándose en su bastón. Simpáticamente nos saludó diciendo: “¡¿Qué tal?, juventud!”. Abrumado por la situación no se me ocurrió otra cosa que decirle: “Aquí, ayudando a esta gente”.
El viejo pegó un salto elevando el bastón sobre su cabeza y diciendo: “¡Coño!” Se fue a Ricardo y su padre y les preguntó: “¡¿Habéis oído eso?!”, y sin esperar respuesta se fue hacia una señora que barría su puerta a unos 15 metros de distancia, y le dijo: “¡ayudando a esta gente dice, y están sentados al sol!”. La señora le dijo: “¡Hombre!, lo dirá en broma”, y él exclamó: “¡Sí, claro, en broma!, ¡¿no te jode?!”, y se fue con paso acelerado, sin apenas usar el bastón. Mientras, el pitufo, a mi lado, ni hablaba ni se reía.
Yo sentía el humor de la situación, pero más estaba abrumado. Sin embargo, esta era una de las pocas veces que una salida humorística mía era entendida. Por lo general eran incomprendidas y quedaba el asunto mucho más tenso.
Pero la cosa no acabó aquí, sino que, más tarde, yendo en el coche conducido por Ricardo l@s cuatro, me sentía tan mal por mi actuación que intenté arreglar el asunto y le dije a Ricardo, a modo de explicación, que no le había ayudado por no tener ropa adecuada. Ricardo, enojado, pero sin perder las formas y sin dejar de mirar la carretera, me puso las cosas en claro, dijo: “Mira, si no me quieres ayudar, no me ayudes, pero no me vengas con historias porque ropa te podía haber dejado yo”. Y el pitufo seguía callado e ignorado.
Tuve que callarme. Sólo se me ocurrían excusas absurdas o explicaciones derrotistas alegando debilidad o enfermedad, que no estaba dispuesto a usar. Y es que en el Samsara no se puede explicar, sino sólo con la perspectiva de salir de él. Esa explicación es este libro.
Hay que destacar dos aspectos de este suceso. Primero está la ignorancia deliberada que hacía Ricardo, como tod@s, de mi estado de ánimo y mi disposición de energía: Cuando alguien está deprimid@, se hace evidente. Fue una auténtica grosería que Ricardo me pidiese ayuda para un trabajo duro. Y, segundo, el papel de testigo inadvertido y ajeno a la situación que desempeñó el pitufo. Don Juan lo habría tomado como un augurio, como una manifestación del espíritu, y habría actuado en consecuencia. Para mí sólo fue motivo de asombro y desconcierto.
No tenía intención de acudir al psiquiatra, pero una mañana, al salir del trabajo, me sentí muy mal y no pude ni comer ni trabajar por la tarde, sólo tumbarme en la cama. Fui al médico de cabecera y me mandó a neuropsiquiatría, donde me dijeron que había sido un ataque de ansiedad y me dieron unos ansiolíticos. Al tiempo, reconsideré mi postura y acudí a la consulta para explicar mi caso. Estaba desesperado.
Al acercarse el día de la cita, pensé si me ocurriría como al del chiste. És@ que acude al psiquiatra y le explica que, de un tiempo a esta parte, nadie le hace caso, tod@s le ignoran, en casa, en el trabajo, con l@s amig@s, nadie le dirige la palabra ni le escucha cuando habla. —¿Qué opina usted, doctor?—, pregunta cuando termina. Y ela médic@ grita —¡¡Que pase ela siguiente!!—.
Lo que me ocurrió fue mucho peor: El psiquiatra estaba deprimido. Sobre aquel pobre hombre había descendido el espíritu y estaba agarrándose desesperadamente a su viejo cuerpo, el de psiquiatra.
En los 2 ó 3 años que le visité, la cosa fue de mal en peor: Ese pobre desgraciado no tenía ni idea de cómo, ni intención de ayudarme. Primero me dijo que tendría que cambiar yo, porque ell@s estaban… No pudo terminar la frase porque ni él ni nada estaba bien. Después me dijo que el estado depresivo era el normal. Claro, él estaba trabajando deprimido, y esperaba que l@s demás hicieran el mismo sacrificio, llegado el caso, para así justificar el suyo. De tal modo, ni se le ocurría darme la baja. En cualquier caso, yo no quería la baja.
Yo quería desaparecer, cambiar de vida totalmente, salir del área de influencia de mi madre que, como era de esperar, no me ayudaba a conseguir mi autonomía e independencia. Se puso muy nerviosa en cuanto yo empecé a trabajar y mantuvo el nerviosismo hasta que fracasé. Por ejemplo, cuando se me manchó mi única chaqueta de verano y tenía que tenerla lista al día siguiente, ni solucionó el problema ni respondió a mi pregunta de cómo hacerlo, sino que me dio la espalda y siguió con su nerviosismo y enojo.
Quería ingresar en un hospital psiquiátrico en otra provincia sin que nadie lo supiera, y empezar una nueva y sencilla vida desde allí. Era lo único que se me ocurría que pudiera salvarme la vida, y lo había pensado todo. Sin embargo, con total descaro, el psiquiatra me dijo que el único sitio donde él podía ingresarme era el hospital que me correspondía, y que no lo hacía porque yo no estaba lo suficientemente mal. Y a una pregunta directa de si no había ayudas de algún tipo para incorporase al trabajo de un modo más suave, o no sé con qué palabras me expliqué, me dijo que sí las había, pero que eran para personas que estuviesen peor que yo. Y es que la psiquiatría no toma medidas hasta que el individuo está totalmente desquiciado y, entonces, sólo lo hace para inhabilitar, anular y torturar.
Durante este tiempo, lo único que calmaba mi enorme ansiedad era fumarme un porro a solas y disfrutar de alguna de las obras de poder, aunque aún no sabía que lo eran, que había recuperado con la esperanza de entenderlas. Pero se resistían por el idioma en el que estaban realizadas: El inglés.
Veía la película The wall (El muro), de Pink Floyd, cuando podía estar sólo en el salón de casa y, sobre todo, me iba a las afueras de la ciudad por la noche, a algún lugar solitario que me costó encontrar, y fumaba, me desnudaba, masturbaba y escuchaba música por un rato.
El último trabajo lo conseguí a pulso. Fui el más abierto, decidido, simpático y acertado en una entrevista colectiva en la que teníamos que discutir un supuesto: Ser un grupo de astronautas semiperdidos en la luna. El trabajo era fácil y lo aprendí rápido. Se trataba de promover el uso de luminarias que fabricábamos, y el sistema era ofrecer resolver los proyectos de iluminación que pudieran tener las empresas.
Al principio la cosa fue bien, pero a los 3 meses había visitado a tod@s l@s posibles client@s de la lista. La cosa era irónica porque habían contratado a dos personas. Mi compañero se ocupaba de los organismos oficiales y yo del resto.
La solución era evidente: Despedir a uno de los dos. Sin embargo, no era capaz de proponerla. Aparte de que podía ser yo el despedido, por hablar, tampoco me encontraba en situación de hacerlo. Era mi última oportunidad de incorporarme al Samsara y sólo esperaba que la cosa fuese bien y pasase el tiempo, pero al visitar más de una vez a l@s mism@s client@s sin aportar nada nuevo, empezaron a hartarse de mí, y yo lo notaba. Sentía que una visita al año sólo para ofrecer servicios era suficiente, pero tenía que hacer más o perder el tiempo y mentir a la empresa, como si visitase a más de l@s que realmente visitaba para cumplir el cupo que se me exigía de trabajo.
Me encontré buscando client@s nuev@s, sin éxito y sin ánimo, y quedándome en el coche, en algún aparcamiento, escuchando música para intentar rebajar mi ansiedad, y viendo cómo fracasaba y sería despedido al cumplirse el periodo de prueba, que era de seis meses. Entonces decidí suicidarme.
Fracasar también en el suicidio ya es el colmo. Me sentía totalmente abatido, confuso, derrotado y descubierto pero, sobre todo, angustiado. Lo peor fue la incomprensión y el descaro de l@s demás en no considerar tal posibilidad, ese no dejar morir a nadie que implica la Condición del Samsara. El único que me ofreció una ayuda real dentro de sus escasas posibilidades fue mi hermano Toni, quien me buscó psiquiatras y me acompañó a sus puertas. Pero no voy a entrar en esto, pues abrevio al máximo. Voy directamente a lo fundamental, que es la búsqueda de poder.
Habiendo fallado todo lo tendente a incorporarme al Samsara, incluso l@s psiquiatras particulares, sólo me quedaba ir hacia adelante por mi cuenta. Tenía que buscar por mí mismo, pues nadie iba a darme una información útil.
La situación era desesperada. Había quedado de baja y sin trabajo al que volver en el alta pues, al estar en periodo de prueba, me despidieron sin más. Cobraría el 75% de mi sueldo mientras estuviese enfermo, y la doctora de cabecera que me firmaba la baja me apremió diciéndome que a l@s psiquiatras no les gustaban las bajas prolongadas.
Por suerte, Luis Alberto, con quien había vivido algunas aventuras, necesitaba alquilar un piso provisional, pues se quedaba sin alojamiento, y me propuso compartirlo. Ésa fue mi oportunidad. En aquel piso hice oferta al poder. Decidí ir hacia adelante en la Locura.
El problema de buscar el poder es que no se sabe qué es el poder. El primer error que se comete es aplazar el sentirse bien hasta alcanzarlo. Como el poder es la capacidad de sentirse bien, la cosa se pone extraordinariamente difícil. Sin embargo, ésta es la condición dela loc@: Tiene que sentirse mal para cobrar su salario, o lo que queda de él, para poder buscar el poder.
Así, yo sentía que era el menos indicado para buscar. Sería mucho más fácil que buscase alguien que tuviese autonomía e independencia, pero alguien con autonomía e independencia no busca porque ya ha pasado por el aro, y no encuentra razón para buscar nada, no se imagina que haya algo que buscar.
La cuestión a partir de este primer momento fue el ahorro de energía que constituye la impecabilidad tan nombrada en el reportaje de Carlos Castaneda, o el perseguir un solo objetivo y no dedicarse a cosas variadas, que expresa el Libro Tibetano de los Muert@s. El caso es que yo no había leído esto todavía, o empezaba a leerlo y no comprendía aún. El ahorro de energía me vino forzado por la falta de ella, apenas podía ir a comprar si quiera, y por la urgente necesidad de resolver mi problema personal de autonomía e independencia. Así, sólo me producían alguna satisfacción las actividades que respondían a dos objetivos: Primero, la comprensión, esto es, investigar y, segundo, conseguir mi autonomía e independencia.
En cuanto a investigación, me interesaba muchísimo todo lo que se hubiera dicho a lo largo de los tiempos sobre la muerte. Hasta aquí había rechazado lo religioso por considerarlo errado, pero ahora quería averiguar en qué estaban errados los textos religiosos. Así, pude leer el Libro Tibetano de l@s Muert@s y los cuatro primeros libros del reportaje de Carlos Castaneda. No sabía que había más, pensaba que eso era todo.
Conseguir autonomía e independencia, ya que había fallado en someterme a la Condición del Samsara, consistía en hacer realidad la fantasía que tanto me había acompañado en infancia, adolescencia y juventud. Una fantasía que se había desarrollado tremendamente durante el intento de incorporarme al Samsara, y que ahora empezaba a carecer de sentido al necesitar transformarla en realidad.
En otras palabras, necesitaba superar la Condición del Samsara con mi ingenio, como tant@s loc@s lo habían hecho en el pasado, y como tantas veces había yo fantaseado.
Mi primer intento fue escribir, como venía haciendo desde antes. Había intentado aportar algo nuevo a lo que l@s antipsiquiatras habían dicho pero, ahora como antes, no me salían más que quejas y rencores. Comprendí pronto que no podría escribir un libro interesante hasta haber obtenido resultados positivos en la investigación, hasta haber llegado a conclusiones definitivas. Pero no podía estar ocioso hasta entonces. Era apremiante buscar una actividad que condujera, aunque remotamente, a la consecución de mi autonomía e independencia. Necesitaba, si bien no lo sabía entonces, un cuerpo provisional, una máscara con la que presentarme a los demás como alguien que se está esforzando por ganarse la vida, aunque por el momento no obtenga resultados positivos.
El modo de superar la Condición del Samsara es una actividad artística. La única actividad artística con la que había fantaseado era la música. Había soñado que componía e interpretaba la música que me gustaba, y de la que tanto he hablado. Incluso había imaginado que enseñaba a componerla por medios que en ese tiempo aún no existían, como el ordenador conectado a un sintetizador. Pretendía que había un método matemático de componer música.
Debo dejar claro en este punto que yo no tenía ni idea de música. Había probado a tocar la guitarra a los 10 u 11 años de edad sin más ocurrencias que repetir la misma estúpida y sencilla melodía que había aprendido al principio y, a los 13 ó 14 años, en ocasión de disponer mi hermano Luis Miguel y yo de dos pianos, a él se le ocurrían notas que tocar, si bien fallando y volviendo atrás, con la consecuente pérdida de ritmo, pero lo tocaba. A mí no se me ocurría qué teclas tocar ni encontraba secuencia alguna que pudiera intentar reproducir. Entonces pensé que yo nunca podría interpretar, mucho menos componer música, no tenía esa capacidad.
Sin embargo, debido al sentimiento de omnipotencia que tod@ loc@ ha guardado en su fantasía, en otras ocasiones había pensado que sí podría interpretar y componer música. Y pretendía que era la violencia que la familia ejercía sobre mí la que no me había permitido exteriorizar de algún modo mi capacidad artística.
Por otro lado, pretendía que todos los seres humanos son capaces de interpretar y componer música, y que la cuestión está sólo en el entrenamiento y la disposición.
Tales pretensiones resultaron falsas. Sólo un@s poc@s son capaces de ello. Cada cual tiene sus habilidades y la mía no era la música. Pero éste es un conocimiento muy reciente, ya descubierta la Verdad. Para un@ loc@ es muy difícil desprenderse del sentimiento de omnipotencia porque, aparte de ser extraordinariamente doloroso, necesita este sentimiento mientras no tiene éxito en cambiar el mundo. Para perseguir el objetivo de cambiar el mundo es necesario sentirse omnipotente.
La música me ofrecía el cuerpo provisional ideal. Me daba la oportunidad, al buscar letras para canciones, de expresar ideas parciales, “visiones” sueltas, sin necesidad de ofrecer un todo coherente. Me llevaba a examinar detenidamente las obras de poder al interpretarlas con la intención de aprender a componer obras semejantes y, sobre todo, me proporcionaba el seguimiento de una actividad de integración y ajuste hacia la armonía.
Todo el Universo y todo en el Universo está en armonía. Ésta es la continuidad matemática del Universo. Sin embargo, lo que usted llama armonía es la manifestación del espíritu, el proceso de surgimiento de organización en la desordenación del Universo. Esto era lo que yo buscaba: El poder.
Así que, cuando mi hermano Toni me dijo, ayudándome realmente otra vez, que ya se podía conectar un sintetizador al ordenador, me animé a intentarlo.
Para esta empresa solicité y acepte la colaboración de mi hermano Luis Miguel. Hice esto siendo muy consciente de que esta persona me había llamado perro en la infancia y había insistido en ello siendo ambos adultos, había abusado de mí en repetidas y marcadas ocasiones, había, durante toda la vida, arruinado todas mis relaciones, jamás me había ayudado en nada, salvo como coartada, y había despreciado todo lo mío.
Para comprender esto hay que tener en cuenta dos cosas. Primero, que yo estaba acostumbrado a aceptar este tipo de relaciones desde la primera infancia. Era esto o nada. Simplemente, todavía no había salido de ello, y es lo que intentaba, salir de este tipo de relaciones y, segundo, el lamentable estado en que me encontraba. Estaba desolado, agotado y con un tremendo disgusto. Un disgusto tremendo por perder la vida, pues mi suicidio estaba prácticamente decidido, sólo hacía un aplazamiento mientras intentaba, con remotas esperanzas, hacer música.
Compartir el proyecto con mi hermano Luis Miguel, ya que él sabía hacer música, me ofrecía tres posibilidades. Primero, en caso de que yo fracasase en hacer música, podía hacerla él, y yo dedicarme a las letras. Ya lo había intentado antes. Había escrito algunas letras, y él les había puesto música con la guitarra pero, como había hecho con todo lo mío, deformó la canción como cantautor con gran éxito. Aquello no valía nada. Ahora, disponiendo de todos los instrumentos, esperaba que esto no ocurriera. Segundo, él podría enseñarme y corregirme y, tercero, podría ayudarme a montar el asunto: Comprar los aparatos e instalarlos.
Estas pesquisas tropezaron con dos inconvenientes: Mi hermano Luis Miguel era y es un participante en el Samsara de pleno derecho, muy metido en la competición y conocedor de la realidad, es decir, la Condición del Samsara, lo que le da la estúpida y absurda seguridad de que comprende todo, y que todo es comprensible para tod@s a simple vista. Así, jamás se le ocurre ayudar a nadie, sería absurdo ayudar a alguien en la competición. Y el segundo inconveniente era que siempre me había visto a mí como muy inferior a él, y no podía, en ningún momento, colaborar conmigo en una situación en la que yo fuese el líder. No podía componer música para mis letras, jamás hizo nada que remotamente pudiera ayudarme, al menos intencionadamente, y siempre me entorpeció y me dejó colgado en el momento crítico.
Sin embargo, mi hermano Luis Miguel cumplió involuntariamente un papel fundamental para mí en este tiempo terriblemente difícil: El de testigo de mis actos y reflexiones.
Cuando se sabe la Verdad, se puede obtener corroboración especial, es decir, matemática, simplemente pensando y observando, pues la razón funciona en el Universo. Si no se sabe la Verdad, cuando el pensamiento es correcto, se experimenta una “visión”. Algo dentro de nosotr@s nos dice que el objeto de la “visión” es cierto. Es el conocimiento silencioso. Sin embargo, cuando aún se tiene poco poder, las “visiones” son escasas, y ela viajante está, como el participante en el Samsara, a expensas de la corroboración ordinaria. Sólo que ela viajante, al estar examinando comandos de la Teoría General nuevos, necesita corroborar ordinariamente sus conclusiones con mucha mayor urgencia. Lo necesita con desesperación.
Todo ser humano que no conoce y comprende la Verdad necesita un@ testigo de sus actos y pensamientos. La idea de Dios es un intento de satisfacer esta necesidad, pero apenas lo consigue. Al fin y al cabo, todo ser humano en este caso necesita que otro ser humano comparta sus conocimientos para que estos puedan tener la cualidad de ciertos. Por esto es tan dura la soledad en el Samsara. El que un@ ancian@ se quede sol@, aparte de la miseria que supone que una persona esté sola en medio de una multitud, tiene la terrible consecuencia de que ya no puede corroborar ordinariamente sus conclusiones o apreciaciones acerca del mundo.
Mi hermano Luis Miguel cumplió esta función para mí, si bien con una terrible frustración, pues sólo me seguía la corriente y yo lo sabía. Sin embargo, aún con esto, me daba la oportunidad de intentarlo. De intentar que alguien más supiera lo que yo sabía. Y este intentar me salvó la vida, pues me dio tiempo para investigar y aumentar el número y la calidad de mis “visiones”. En fin, avanzar en el camino del conocimiento.
Puede afirmarse que mi hermano Luis Miguel, con su estúpida, absurda y cínica participación en mi proyecto, me salvó la vida. Tiene gracia: Un pinche tirano salvándole la vida a un loco.
No voy a entrar en mis dificultades para hacer música, sólo saber que fueron muchas y que la alternativa de la muerte me hacía intentarlo una y otra vez, de distintos modos, y que lo que me mantenía en marcha era el avanzar en el camino del conocimiento.
Experimentaba grandes revelaciones con la ayuda del hachís, lo que no es otra cosa que encender nuevos comandos de la Teoría General. Puedo afirmar que el hachís fue mi gran y único maestro: Me enseñó el modo correcto de pensar.
La mayoría de las revelaciones eran dependientes de la posición del punto de encaje, de manera que, cuando éste se movía, produciendo nuevas revelaciones, las anteriores quedaban canceladas. Sin embargo, había algunas que tenían carácter absoluto, que no dependían de la posición del punto de encaje y, por tanto, servían para todas sus posiciones.
Una de éstas fue el descubrimiento del intento. En aquel entonces conocía sólo los cuatro primeros libros de Carlos Castaneda, y en ellos no se menciona el intento, aunque no se habla de otra cosa. Yo lo llamé afecto, y lo definí aproximadamente como la tendencia que hay en el universo para que se produzcan las casualidades, como la distancia adecuada de la Tierra al Sol, que dan lugar a las maravillas que presenciamos, incluida nuestra existencia.
Otra de estas revelaciones absolutas fue el descubrimiento de que no hay esfuerzo en la libertad. Ésta fue la más significativa de todas porque dio lugar a una gran obra de poder musical con este título. La que resume mi actividad en aquella casa por 2 años. Sólo hay algo de valor de todo aquello, y es esta obra:

¿Cuántas veces hay que firmar la paz?
¿Cuánto esfuerzo tenemos que emplear?
¿Cuántos dioses nos van a salvar?
¿Cuánto tiempo hay que esperar?

El Sol sale y los ciegos no lo ven.
El trueno estalla y los sordos no lo oyen.

No es la lucha el camino a la paz.
No hay esfuerzo en la libertad.
No es la lucha el camino a la paz.
No hay esfuerzo en la libertad.

 

Me había ido aproximando, en mi investigación, a la idea de que, primero, sí efectivamente había algo que buscar y, segundo, que ese algo era muy sencillo a la vez que muy difícil. El asunto estaba entonces en simplificar, en llegar al origen de los pensamientos. Esto lo apliqué a toda mi actividad, por supuesto, a la música, donde más lo necesitaba.
Con un arpegio de guitarra que había hecho mi hermano Luis Miguel, y me había dejado grabado, compuse esta obra con una idea que había encontrado en alguno de tantos libros que estaba leyendo. Algún autor decía que la solución a la liberación humana estaba tan clara y era tan evidente como la salida del sol o el sonido de un trueno, pero somos ciegos y sordos a ello. Uniendo esto a la reciente idea que se había colado en mi mente de que no hay esfuerzo en la libertad, salió este poema, busqué los acordes convenientes al caso, y convoqué a Luis Miguel para que lo tocara.
A Luis Miguel le sentó como una patada en los huevos que yo hubiera compuesto algo valioso, e intentó escabullirse de tocarlo argumentando que eso no era lo que él había tocado en su arpegio. Le insistí diciéndole que eran otros acordes, pero la idea había surgido de allí, y era buena. No tuvo más remedio que acceder a tocarlo.
Después de un ajuste de tono, cantarlo más bajo y tranquilo, con otros acordes, yo estaba entusiasmado porque, por fin, teníamos una canción. Esto ofendió a Luis Miguel, quien tenía muchas canciones, y pretendía cínicamente que estaban a la altura de la mía.
Yo buscaba música que cambiara el mundo. Sabía que era la única oportunidad de alcanzar mi autonomía e independencia, de manera que ambos propósitos estaban solapados. Luis Miguel hacía música desde el tonal para el tonal. Por ejemplo, decía en una canción: “Vuela alto paloma, arriba estás segura”. Ésta es la aspiración más miserable del tonal: La seguridad relativa que da el estar en las capas altas de la jerarquía.
Luis Miguel pudo darle más juego a No hay esfuerzo en la libertad. Tal como estaba, resultaba muy sosa y simple. Pudo introducir otros instrumentos y alargar la letra con repeticiones, pero no hizo nada de esto. Se hacía el sordo y desorientado cuando yo insinuaba algo de ello. Ha sido muchos años después, ya descubierta la Verdad cuando, escuchando música de poder, me di cuenta de que la música de la gran obra de poder de Bob Dylan knockin´ on heaven´s door le viene como añillo al dedo a No hay esfuerzo en la libertad. Así pues, la tomo prestada, espero que a él no le importe, y la canto siempre que la escucho, cambiando la letra, y queda maravilloso, queda así:

¿Cuántas veces firmar la paz?
¿Cuánto esfuerzo hay que emplear?
¿Cuántos dioses nos van a salvar?
¿Cuánto tiempo hay que esperar?

El Sol sale y los ciegos no lo ven.
El trueno estalla y los sordos no lo oyen.
El Sol sale y los ciegos no lo ven.
El trueno estalla y los sordos no lo oyen.

No es la lucha el camino a la paz.
No hay esfuerzo en la libertad.
No es la lucha el camino a la paz.
No hay esfuerzo en la libertad.

El Sol sale y los ciegos no lo ven.
El trueno estalla y los sordos no lo oyen.
El Sol sale y los ciegos no lo ven.
El trueno estalla y los sordos no lo oyen.

 

No vaya a pensar usted que por escribir y cantar esta canción dejé de esforzarme. No por dos razones: Primero, esto no me libraba del apremio de la Condición del Samsara y, segundo, mientras l@s bruj@s antigu@s, con la guía del nagual, cambian su comportamiento antes de comprender, l@s loc@s, si avanzan en algo lo hacen descubriéndolo con la razón, y es años más tarde, si lo consiguen, cuando implementan el comportamiento correspondiente.
l@s psiquiatras, en sus absurdas clasificaciones, diferencian entre psicosis maníaco-depresiva y esquizofrenia. No hay tal diferencia. Lo que ocurre es que al principio del camino del conocimiento, cuando el espíritu ha descendido recientemente, todavía se tiene la referencia de la posición habitual del punto de encaje. En otras palabras, todavía se siente la normalidad como algo coherente. Entonces, la anomalía se presenta sólo como estados de ánimo eufórico o depresivo.
Sin embargo, cuando pasa el tiempo y el punto de encaje se mueve más, se pierde la referencia de la normalidad, de la posición habitual del punto de encaje. Entonces desaparece la filiación con los intereses e inquietudes de l@s demás, y la normalidad empieza a presentarse absurda, incoherente. Se comienza a adquirir conocimiento, y lo único que cuenta es comprender. La absurda idea del mundo que se sostenía en la posición habitual del punto de encaje se presenta obsoleta, y se ansía una idea del mundo que sirva para la nueva posición pero, como el punto de encaje no deja de moverse, sólo servirá una idea del mundo que funcione para todas las posiciones del punto de encaje.
Yo iba siendo cada vez más consciente de la tremenda magnitud de mi empresa. Y necesitaba, cada vez más, que esta empresa fuese reconocida por las personas que me rodeaban. Necesitaba ser reconocido como loco que busca la explicación de la Locura, y que esto me sirviese de cuerpo provisional. Sin embargo, mi esfuerzo era ignorado por tod@s, quienes disimulaban su falta de aprobación de mi situación, esperando mi fracaso. La actitud de cuant@s me rodeaban era de ignorancia cuando no de acoso descarado.
Por ejemplo, Ricardo, ignorando una vez más la urgencia en mi tarea, mi agotamiento y mi falta de disposición para cualquier trabajo, como él trabajaba y yo no, no se le ocurrió otra cosa que pedirme que le recogiera una mesa que le regalaban, pero tenía que ser al día siguiente, mientras él ocupaba su puesto de trabajo, y tenía que buscarme ayuda. Incrédulo de su petición, le dije que me era imposible, porque a esa hora estaría durmiendo. Yo no llevaba un horario fijo de sueño y vigilia, sino que dormía cuando tenía sueño y comía cuando tenía hambre. Esto no le bastó, sino que insistió argumentando que la mesa era muy importante y no se le ocurría otra solución. No se le ocurría pedir un permiso en su importante trabajo, pero yo sí podía interrumpir el mío. Naturalmente, volví a negarme, sin defenderme ni dar explicaciones.
Luis Alberto, mi compañero de piso, me retiró por completo su amistad, si bien lo disimulaba. Me hacía la mayor ofensa que puede hacerse a nadie: No aceptar nada de mí. Estaba tan seguro de la Condición del Samsara que el estar conmigo le causaba una risita nerviosa a cada uno de mis actos y expresiones. Le hacía gracia, por ejemplo, que comiera sardinas o usara guantes de goma para fregar.
Todos los miembros de mi familia, que me habían ignorado y despreciado toda la vida, ahora estaban inexplicablemente interesad@s en mí. Se invitaban a visitarme sin que yo me atreviera a negárselo. Caso especial el de mi hermano Toni, a quien deseaba ver porque necesitaba hablar de mi investigación. Sin embargo, el resultado era una completa frustración pues, a pesar de su buena intención, era un fantasma, y me llevaba la contraria sistemáticamente, intentando convencerme de que todo estaba bien.
Esto presentaba un peligro tremendo de ser considerado paranoico, pues la realidad era que mi madre l@s comandaba en un acoso destinado a que yo volviera derrotado a su casa, bajo su ala. Por ejemplo, en una ocasión me llamaron mi hermana y su novio, que querían venir a casa con la excusa de hacer un pequeño trabajo con el video, argumentando que él no tenía. La situación fue muy tensa. Accedí a ello disimulando, como si no me diera cuenta de nada, pero se les notaba que no eran sinceros. Quedamos l@s tres como un@s estúpid@s.
Pero quien más me acosaba era mi madre, que se invitaba a venir con mi padre con cualquier excusa, sin tener nada que decirme ni sacar ninguna conversación, pues no tenía nada que hablar conmigo. Nunca lo había tenido. No podía decirme, simplemente, que podía volver a su casa cuando quisiera, que allí tenía una habitación disponible. Por el contrario, me chantajeaba emocionalmente para que volviese derrotado.
Pero el más desajustado en su comportamiento hacia mí era mi padre. Acompañante mudo de mi madre, no era capaz de leer los libros de Carlos Castaneda ni el Libro Tibetano de l@s Muert@s aunque era y es un lector incansable. No tenía otra cosa que hacer más que leer, pero no podía leer lo que yo le sugiriese. En su mutismo e ignorancia de mi situación, tampoco me dio el mensaje de que disponía de una habitación en su casa.
Pero el mayor mutismo se producía por parte del psiquiatra. Había cambiado de médico, uno que no estaba deprimido, y la cosa fue mejor, pero el planteamiento era que yo tenía que sentirme mal para continuar de baja y cobrar el dinero que me permitía vivir e investigar. Aquel imbécil, al igual que tod@s l@s psiquiatras, ni quería ni sabía cómo ayudarme, y se limitó a ejercer su función de guardia del otro mundo, ignorando todo lo que yo le decía como, por ejemplo, que había decidido ir hacia adelante en la Locura. No estaba dispuesto a corroborar ni un solo punto de los que yo tratase, a darme ninguna medicación, ni un consejo, ni un diagnóstico, ni una información. No se le pasaba por la cabeza decirme que me tranquilizara, que me mantendría de baja mientras lo necesitase.
Cuando, por fin, después de intentarlo durante mucho tiempo, conseguí plantear adecuadamente mi principal problema, que era la Condición del Samsara en cuanto a él se refería, en el momento en que dije que necesitaba comer todos los días, interrumpió, chulo y sarcástico: Y ahí es donde entro yo, ¿no? Éste es el modo en que un@ guardia aplica la Condición del Samsara.
Cada vez era más evidente que mi propósito de conseguir mi autonomía e independencia estaba unido al de encontrar el camino al Paraíso, y que las personas que me rodeaban estaban apostando por mi fracaso. Una apuesta nefasta, vergonzosa, que yo no comprendía. Así, mi problema de comprender el Universo se complicaba exponencialmente. No sólo tenía que comprender lo que decían l@s maestr@s de todos los tiempos, sino también qué les pasaba a aquellas personas para que en vez de simpatía y colaboración con un propósito que beneficiaba enormemente a todos los seres humanos, mostraran ira y mutismo, obstaculizándolo en todo lo posible.
Mi situación era cada vez más desesperada. Mi agotamiento aumentaba: No puede usted imaginar lo costoso, en términos de energía, que resulta hacer música cuando no se tiene aptitud para ello. Lo único que me ofrecía consejos prácticos, reales, aplicables, era el Libro Tibetano de l@s Muert@s.
El  Libro Tibetano de l@s Muert@s, entre otros muchos útiles consejos, me invitaba a ser prudente y guardar la calma en todo momento, a ser paciente y simpático así fuese perseguido por siete perros, a la vez que me ofrecía la casi certeza de que el camino que llevaba era el adecuado.
Curiosamente, desde que hice oferta al poder, dormía bien. El insomnio de todos los tipos había desaparecido y soñaba con grandes y hermosas casas, tal como anuncia el Libro Tibetano de l@s Muert@s cuando se tiende a renacer en un lugar adecuado y conveniente. Aunque el asunto está en no renacer, tender a hacerlo en un lugar adecuado y conveniente es un buen augurio. Así, sabía que estaba haciendo lo correcto.
El deseo de tod@ loc@, llegado a cierto punto de conocimiento, en cuanto a la relación con las personas que le rodean, es hacer el corte final, es decir, mandarles a tomar por culo a tod@s. Hacer el corte final es la expresión tomada de la obra de poder de Roger Waters con este título, que termina su canción de aún el mismo título, the final cut (El corte final), con las siguientes palabras:

I never had the nerve
to make the final cut.

(Nunca tuve el nervio
para hacer el corte final.)

 

Para hacer el corte final es necesario tener autonomía e independencia, pero cuando se tienen autonomía e independencia se pierde el impulso para seguir buscando. No se sabe qué más buscar. Esto es lo que le pasa a Roger Waters, que ha conseguido superar la Condición del Samsara con su arte, y no se le ocurre más que expresar su frustración en él.
L@s bruj@s antigu@s sólo se relacionan directamente con l@s miembros de su grupo o partida del nagual. Con el resto ejercen su desatino controlado. Digamos que han hecho el corte final bajo la guía de su nagual, pero no encuentran la solución al problema de la humanidad, no revocan la Condición del Samsara.
Para ela loc@, si no tiene éxito en su intento artístico, como me ocurría a mí, tiene que esperar. No puede hacer el corte final, sino aguantar la tremenda violencia que supone la oposición de l@s demás al camino del conocimiento hasta tener la solución, la revocación de la Condición del Samsara.
Sin embargo, toda esta violencia no pudo aún conmigo. Es muy difícil llegar a perder el control del pensamiento. De hecho, ningún participante en el Samsara se explica cómo puede llegar un@ loc@ a sufrir un episodio que obligue a su hospitalización. Pero esto es debido a la ignorancia de la Condición del Samsara. Todos los reportes de episodios de este tipo fracasan por esta razón. Cuando la Condición del Samsara se tiene en cuenta, la explicación es obvia.
Dos cosas muy concretas ocurrieron en mi caso. Primero, al psiquiatra, para ayudarme en mi crítica situación, no se le ocurrió otra cosa que quitarme el dinero y, segundo, Luis Alberto no estuvo dispuesto a seguir con aquella situación y, con la excusa de ahorrar dinero, cuando tenía una cuantiosa suma en el banco, y con el engaño de pretender sólo cambiar de piso a uno más barato, me apremió a abandonar el alojamiento en breve.
Éstas eran circunstancias que yo no podía manejar, no tenía soluciones. Mi pensamiento comenzó a vagar de una idea a otra, y todas tropezaban con la inaplicabilidad, no servían. En otras palabras, mi punto de encaje se movía rápido y al azar, sin poder mantenerse en una posición porque ninguna servía. La idea que más predominaba era la urgente necesidad de encontrar la solución al problema general de la humanidad. Tenía que comprender qué era la Clara Luz para salvarme de la catástrofe, para hacer el corte final.
Mi sensación era la de estar friéndome en el fuego del infierno. Estaba agotado, confuso, inundado de ansiedad y angustia, desesperado. Lo que pasaba es que estaba saboreando la dura crueldad de la Condición del Samsara. Esa dureza sobre la que reflexioné por primera vez teniendo unos 12 ó 13 años de edad, cuando mi hermano Luis Miguel, jugando en la calle con los amigos, golpeó fuerte y repetidamente en la espalda al macabo, el tiranizado del barrio, y siguió haciéndolo cuando éste se rindió y dejó de correr. Luis Miguel ignoró cómo el macabo se sintió tímidamente ofendido, asombrado, contrariado y confuso, preguntándose cuándo iba a dejar de golpearle mientras aún lo hacía un par de veces más, y seguía el juego como si nada hubiera pasado. Eso sí, sintiéndose muy importante. Esa dureza que practiqué yo mismo poco después con el viruta en el episodio que he contado, sintiéndome, a diferencia de mi hermano, muy mal por ello.
Esa dureza de la que el participante en el Samsara está desensibilizad@ por necesidad, para poder continuar con su vida, y que se manifiesta en la nefasta realidad de que un tercio de la población mundial se muera de hambre, con toda la miseria asociada a ello.
Son tant@s l@s que sufren la pobreza que no es posible tener en cuenta a quien está muriéndose de hambre al lado mismo. ¿Cómo iba yo a incumplir el sacrificio que esto supone? Lo único que tenía era el Libro Tibetano de l@s Muert@s, que dice: Toma en ti la resolución de pedirles un favor. Y así me dispuse a hacerlo, pero no funcionó. No me hicieron un favor, sino todo lo contrario. Provocaron a propósito el colapso de mi situación en su función de guardias de su propio sacrificio y el de l@s demás.
Un elemento vino a complicar tremendamente la cosa, provocándome mucha más confusión, impidiendo que pudiera pensar coherentemente: Mi hermano Luis Miguel en el papel de Judas.
Judas es un personaje que finge interés en el propósito dela loc@, y se une a éla tonteando con el conocimiento. Pero sólo le está siguiendo la corriente. Cuando ela loc@ sufre la persecución definitiva, l@ abandona y vuelve al rebaño, ejercitando su tiranía sobre ela loc@ para demostrar a tod@s que está en el lado de l@s buen@s: L@s que respetan y defienden la Condición del Samsara.
Lo gracioso del asunto es que Luis Miguel hizo el más ridículo de los posibles papeles de Judas, pues yo ya le había rechazado como acompañante de mi viaje cuando él vino a poner las cosas en claro.
Luis Miguel, en general, en aquellos dos años, no había hecho a propósito nada que remotamente pudiera ayudarme. Lo esquivaba descaradamente como había hecho toda la vida, al considerarme muerto.
En cuanto a música, no me había explicado nada, ni corregido en mis errores, ni indicado cómo hacerlo. Sin embargo, siempre defendió con enojo que él sí sabía componer e interpretar música. Y así lo hizo con sus propias canciones con la guitarra, pero nunca interpretó ninguna mía, a excepción de No hay esfuerzo en la libertad, con la que no pudo negarse. Tan descarado era que en una ocasión me dijo que él estaba esperando. No era capaz de tomar la iniciativa y, cuando yo lo sugería, se hacía el desorientado en cuanto a poner música a algunas letras que ya tenían la melodía y que eran realmente buenas.
Al principio mantenía la esperanza de que, al hacer yo música, él me siguiera como lo había hecho otras veces en el pasado. Por ejemplo cuando, jugando un pequeño partido de fútbol, éramos un amigo de ambos, Luis Miguel y yo contra otros tres amigos de otra pandilla, tendríamos 11 ó 13 años de edad, comencé a cruzarme por detrás del oponente para buscar el pase. Luis Miguel me entendió de inmediato y me dio los pases correspondientes a la vez que buscaba otros semejantes. El tercero del equipo tardó más en comprender, tuve que indicarle hacia dónde correr, pero comprendió, y entre los tres, con el nuevo sistema, metimos una goleada al otro equipo hasta que se cansaron y se fueron, desalentados.
José Luis, que así se llamaba el tercero del equipo, comentó, orgulloso, que les habíamos pegado una paliza, pero se atribuía el mérito a sí mismo a la vez que a Luis Miguel. Cuando se fue, Luis Miguel, también orgulloso, me dijo que José Luis se equivocaba, que el mérito había sido nuestro, y no reconoció que había sido mío en primer término. Yo, que no tenía orgullo, dejé las cosas estar.
Esperaba que con la música ocurriera algo semejante, pero falló por el hecho de que yo no era capaz de hacer música. Así que cambié mi esperanza en que Luis Miguel pusiera música a mis melodías. Sin embargo, él no estaba dispuesto a admitir mi liderazgo. Ni si quiera era capaz de aprender a manejar el ordenador sólo lo suficiente para la función que se requería.
Le reté a introducir en el ordenador, manejándolo yo, dos o tres instrumentos que sonasen simultáneos. No fue capaz, cada instrumento sonaba por su lado. Al hacérselo notar, enojado y a la defensiva, argumentó que eso lo podía hacer con un poco de práctica, pero no se dispuso a adquirir esta práctica. Seguía esperando.
Y en lo que se refiere al camino del conocimiento, había leído, bajo mi presión, y ejerciendo una gran resistencia, el Libro Tibetano de l@s Muert@s y El viaje a Ixtlán de Carlos Castaneda, pero no tenía impulso para seguir averiguando, ni si quiera curioseando. Sin embargo, sí consideraba que era suficiente para practicar el absurdo e infructuoso juego de asumir el papel de Carlos Castaneda y otorgarme a mí el de don Juan, mientras yo era incapaz de sacarle de su error.
Ante esta absurda actitud, yo no comprendía cómo Luis Miguel seguía viniendo a mi casa a pasar las tardes cuando, probablemente cometiendo la mayor estupidez de su vida, despreció No hay esfuerzo en la libertad.
 El participante en el Samsara se pasa la vida despreciándolo todo. Sin embargo, Luis Miguel estaba despreciando la mayor obra de poder que se había realizado jamás, con el estúpido argumento de que todo el mundo sabe que la lucha no es el camino a la paz. Olvidaba la frase principal de la canción, la que le da título, aparte de que es muchísima la gente que lucha por la paz.
Como último recurso en mi desesperación, le pedí, directa y claramente, que le pusiera música al final de una canción que tenía. Era, aunque incompleta, otra magnífica obra de poder que expresaba el hecho de que no hay objetivo válido que perseguir. Decía:

Y al ver que no hay objetivo,
si consigues no elegir,
al principio del camino
la luz brillante vendrá a ti.

Al principio del camino,
si consigues no elegir,
pues no son distintos
el camino y el fin.

 

 
  Son dos estrofas que se repiten una y otra vez mientras la canción termina. Tenía la melodía, sólo faltaba el acompañamiento musical que yo no era capaz de realizar.
Recientemente he comprobado que esta obra, que podría titularse Al principio del camino, encaja muy bien en el final de la también magnífica obra de poder From now on (A partir de ahora),de Supertramp. Así puedo escuchar cómo quedaría.
Luis Miguel volvió la espalda murmurando algo que expresaba su descontento con la situación. Así que la siguiente vez que vino le dije tranquilamente que se llevara sus guitarras y que no volviera, que hiciese música por su cuenta si así lo quería.
No tenía ganas ni energía para discutir. Sin embargo, él se mostró muy ofendido e inició una discusión en la que yo respondí con subterfugios, pues aún no tenía las palabras adecuadas. No discutió mucho y se fue. Pero volvería.
A partir de aquí, el orden de los acontecimientos puede no corresponder con los hechos reales, pues mi confusión era mucha y perdí la memoria en el desenlace. Memoria que recuperé poco a poco, incompletamente, y sin llegar a distinguir cuándo sucedió qué. Resumo lo ocurrido en tres episodios, aunque se dieron otros e intervinieron más personas, pero esto es lo fundamental.
El primer episodio gira en torno a la Condición del Samsara, desde luego, y a la humillación que supone la interposición dela médico como guardia de esta condición.
Frente a la sencillez del Paraíso, donde cada cual decide si puede o quiere trabajar, siendo, sin duda, no ya la persona más indicada para tomar esta decisión, sino la única que puede hacerlo, en el Samsara la cosa se complica enormemente al ser otra persona la que lo decide: Ela médico. Naturalmente, ela médico, por muy list@ que sea, y por mucho que haya estudiado y practicado, sólo podría, de una manera lógica, decirle a quien quiere trabajar que no debe hacerlo por su enfermedad, pero no puede tener nunca el criterio suficiente para decidir que alguien tiene que trabajar aunque el sujeto estime que no puede. Si se hace esta salvajada es en función de la Condición del Samsara, y no en función de la eficacia.
Tenía que ir a la doctora de cabecera a por un parte de baja semanal, y tenía que solicitar al psiquiatra un informe semestral para llevar a inspección. Pues bien, en el último informe, el psiquiatra pedía al inspector que diese una solución más definitiva a mi situación laboral.
Estaba en ILT (Incapacidad Laboral Transitoria), y tenía tres años más de esta condición. Era todo el tiempo que tenía, pues no había cotizado lo suficiente para cobrar una pensión contributiva, por lo que me quedaría una pensión no contributiva que en modo alguno me daría para vivir con autonomía e independencia, sino sólo en casa de mis padres. En fin, la maniobra del psiquiatra suponía mi fracaso y entrega a los brazos de mi madre, aparte de ser ilegal, pues yo tenía derecho a agotar mi condición de ILT.
Cuando leí el informe saliendo de la consulta, volví a quejarme tímidamente, pero el déspota no me dejó hablar, me insistió en que estaba bien y que lo llevase.
Confuso y sin ser capaz de sacar conclusiones, llevé el informe al inspector, pero no quedé tranquilo, seguí dándole vueltas a la cabeza. El problema era realmente grave, así que, unos días después, volví a visitarle en su consulta.
Esta nueva visita fue distinta a todas las demás, pues mi punto de encaje se movía de un lado para otro, encendiendo distintos comandos de la Teoría General. Puede decirse que estaba dormido y ensoñando. Toda la situación discurría como un sueño, y yo actuaba con abandono, frialdad y audacia. Tanto era así, que las personas próximas en espacio eran influidas como si yo emitiera fuertes ondas psíquicas.
Cuando llegué a la sala de espera, había allí más personas que nunca, esperando otras consultas, si bien era la hora habitual, al principio de la suya, cuando él permitía que se le visitase sin cita. Un hombre llamaba a las puertas preguntando: ¿Hay alguien?, e intentando abrirlas sin éxito. Cuando lo hizo por segunda o tercera vez, una señora se volvió a mirarle extrañada, por lo que supe que había comenzado su raro comportamiento al entrar yo.
Me senté en la zona correspondiente, donde también había más personas de las habituales. Me encontré flanqueado por dos señoras que esperaban la misma consulta. El hombre seguía llamando a las puertas, preguntando si había alguien e intentando abrirlas, cuando ocurrió algo más insólito aún: La señora de mi derecha me habló. En los cinco años que llevaba yendo al psiquiatra, nunca nadie me había hablado en la sala de espera.
Era una señora de unos 35 ó 40 años de edad que estaba deprimida y desesperada. Me preguntaba, sin saber explicarse bien, si este psiquiatra era bueno, si podía tener confianza. Yo estaba agotado, mi conciencia empezaba a ser intermitente, con lapsos de ausencia, así que no tenía energía para pensar en su pregunta. Le dije que sí, que pasara y lo viera, que adelante, mostrándose ella muy satisfecha con mi respuesta.
La señora de mi izquierda, de mayor edad, buena presencia y más ánimo, no parecía estar loca, al menos no estaba desesperada, se dirigió a mí y preguntó: ¿Quién llegó primero?
Al principio me evadí de la pregunta argumentando que yo no tenía cita, así que pasaría el último. Pero esto no me sirvió porque, las dos señoras, que se habían enamorado súbitamente de mí, dijeron, contentas, que ellas tampoco tenían cita. Entonces la pregunta adquirió carácter de adivinanza, y respondí casi al azar: Ella llegó primero, señalando a mi derecha, a la mujer desesperada, después llegué yo y después usted, señalando a mi izquierda. Ambas quedaron muy satisfechas con mi respuesta.
A continuación salió el psiquiatra y nombró a quién tenía en su lista, sin obtener respuesta. Entonces preguntó quién estaba para su consulta, asintiendo nosotr@s tres.
En esto, el psiquiatra se dio cuenta de que la situación era extraña aquel día. Primero se fijó en el hombre que incesante y mecánicamente llamaba a las puertas, preguntaba si había alguien e intentaba abrir sin éxito, pasando a la siguiente. Después notó el elevado nivel de atención que había en la sala y, sobre todo, que esa atención estaba centrada en mí.
Dijo que pasáramos en el orden en que habíamos llegado. La señora de mi derecha se mostró indecisa, así que le dije que pasara. Ella, muy contenta, se levantó y se situó junto al psiquiatra, quedándose ambos mirándome como dos estúpid@s.
No sé cuánto tiempo permanecieron en esa posición, pues tuve uno de mis lapsos de ausencia de conciencia. Cuando éste terminó, al verl@s extátic@s con cara de idiotas, supuse que habían terminado su entrevista, y lo cierto es que todavía no sé si fue así o no. En consecuencia, me levanté y pasé a la consulta, seguido por el psiquiatra.
No sé qué le dije ni qué me respondió. Yo seguía el hilo del intento y todo me parecían señales con significados ocultos. Por ejemplo, llevaba tiempo pensando que si una “visión” se repite enfocada desde distintos puntos, ésta adquiere una realidad indiscutible. Así, cuando algo se repetía en aquella conversación, como un sí, yo experimentaba una corroboración especial que él notaba.
El caso es que yo estaba avasallador, y él intentaba tímidamente mantener el control. Pero en esos momentos estaba tan sobrepasado en sus posibilidades que habría dado cualquier cosa por una distracción. Y la tuvo.
El hombre de la historia llamó a la puerta, la abrió ligeramente y preguntó: ¿Hay alguien? Ambos volvimos la cabeza hacia allí. Él diciendo: ¡Sí!, y deseando que entrara e hiciera una pregunta, pero la situación no estaba con él, sino conmigo. Al volver yo la cabeza, vi la atención, que en ese momento estaba situada en la puerta, no solo la del psiquiatra y la mía, sino también la de toda la sala de espera, y sabía que aquel hombre no iba a abrir del todo, sino a cerrar. Y así ocurrió: El hombre cerró la puerta sin más intervención.
El psiquiatra, desalentado, comenzó a girar la cabeza hacia mí, y yo seguí su movimiento mecánicamente, como la imagen de un espejo, hasta que quedamos mirándonos, comprendiendo ambos el carácter mágico de la situación. Y entonces ocurrió el hecho más significativo de aquella visita: El psiquiatra puso una cara que no puede describirse o explicarse sin usar un término soez y machista: Literalmente, se acojonó.
Lo que le pasó a aquel pobre infeliz es que por un momento se le vino encima todo el peso de su apuesta por la Tiranía. Ela psiquiatra, en general, al ser ela guardian@ del otro mundo, se pringa como nadie en la Tiranía. Y, por un momento, sintió que podía perder su apuesta. La apuesta de un@ psiquiatra es que ningun@ de sus pacientes encontrará el camino.
En aquel entonces yo no comprendía esto, así es que seguí hablando mientras él recobraba un poco el control de sí mismo y me seguía la corriente, diciéndome sí a todo. Conseguí enfocar el asunto y le dije que necesitaba tiempo. Dijo, tímidamente: “Bueno…, pues cuando…” Y sentencié: “¡Yo te diré cuándo!”. Y salí de la consulta con paso decido y acelerado, sin mirar a nadie.
Todo el regreso a casa estuvo envuelto en un lapso de ausencia de conciencia. Me encontré tumbado en la cama sin saber cómo había llegado hasta allí. Pero esto no me preocupó mucho. Lo que me abrumó fue la sensación de que la cosa había quedado sin solucionar. Era consciente de que el psiquiatra me había seguido la corriente, que el informe estaba en el despacho del inspector y que no lo iba a retirar.
Desde que llegué a aquel piso e hice oferta al poder, la necesidad de obtener resultados era urgente: No sabía hasta cuándo iba a darme la baja el psiquiatra y, ante la ansiedad que esto causaba en mí, él respondía con mutismo. Así, no tenía tiempo para descansar. Empleaba en mi búsqueda y en la música más energía de la que disponía. Cuando el psiquiatra hizo esta sucia maniobra, la urgencia se hizo apremiante. Ya no tenía tiempo para comer o dormir, ni siquiera para la música, sino sólo para buscar la Clara Luz, la clave para comprender qué estaba pasando, cómo es que las personas que me rodeaban se comportaban de ese modo, cómo es que el mundo era así.
También desde que llegué a aquel piso e hice oferta al poder, la información que recibía acerca del mundo era demasiada para mi intelecto. Esto ocurría porque carecía de una idea del mundo en la que encajar mis averiguaciones y “visiones”. Ahora, el exceso de información era abrumador. La “visiones” se sucedían, causándome asombro y desconcierto.
Hay que distinguir entre lo que es un delirio y lo que es un desvarío. Un delirio es, por ejemplo, cuando ela niñ@ es consciente de que su madre se l@ ha reservado para sí. Es un hecho cierto del que ela loc@ se da cuenta con sobriedad, y que tiene que ocultar por darse cuenta también de que es subversivo. Un desvarío es una interpretación fallida de todo lo delirante que se produce cuando ela loc@ es puest@ contra el muro.
La parte delirante de lo que me aconteció en aquella ocasión fue el darme cuenta de que sobre el psiquiatra pesaba una condena que consistía en la obligación de pasar esa consulta hasta ser liberado. Avalaba este delirio el hecho de que la dicha consulta estaba en un sótano, aislada de otras consultas médicas y junto a salas de asistencia a minusválid@s. Tal era el trato que se le daba a la psiquiatría en mi barrio.
Ni que decir tiene que este delirio era cierto, y que la condena que pesaba sobre el psiquiatra es la Condición del Samsara. Pero entonces yo no sabía esto, no conocía la Verdad ni tenía la idea del mundo que estoy desarrollando al escribir este libro. En consecuencia, esta “visión” me perturbó sobre manera.
La parte desvariante de estos acontecimientos se produjo cuando intenté averiguar qué significaba esto para mí, cuál era mi situación ante el fenómeno.
Imaginé y creí que con mi entrevista había roto el maleficio del psiquiatra y éste había quedado libre, mientras yo tenía que ocupar su puesto en aquella consulta, y esperar a que alguien me liberase del mismo modo.
Estos delirios y desvaríos se extendieron a todas las personas que veía, y cambiaban y se desvanecían, volviendo después con más intensidad.
El segundo episodio no es que tenga que ver con la Condición del Samsara, sino que fue su aplicación directa por parte de Luis Alberto, mi compañero de piso.
 En medio de mi delirio y desvarío, apareció Luis Alberto con los ojos bañados en lágrimas, me pidió que me sentara y comenzó a explicarme que la Seguridad Social y la cobertura del paro salían ambas del trabajo de todos. Lo gracioso del asunto es que él estaba cobrando el paro en esos momentos, pero yo no podía cobrar la Seguridad Social. Sin embargo, no me di cuenta de esto ni de nada semejante, no estaba entendiendo nada de lo que me decía, pues estaba intentando averiguar los significados ocultos de su comportamiento, con lágrimas incluidas. Hay que decir aquí que yo nunca había visto llorar a Luis Alberto en los 10 ó 12 años que nos conocíamos, y esto me confundía enormemente. Mientras, él me solicitaba enérgicamente que fuera a ver al psiquiatra, a quien llamaba el tío ese, para que me aclarara el asunto.
Este episodio, aunque no le prestaba atención porque no lo había entendido y tenía cosas más importantes en las que pensar, multiplicó por 5 mi urgencia en encontrar la Clara Luz, por lo que mis delirios y desvaríos aumentaron.
Para colmo, impidiendo que pudiera tranquilizarme, recuperar un poco de energía, y analizar los hechos con calma y control, se produjo el tercer episodio.
El participante en el Samsara, al no saber obtener corroboración especial, es decir, al no tener una “visión” de sí mism@ en el mundo, necesita corroboración ordinaria acerca de este punto. Por eso, al participante en el Samsara le importa sobremanera lo que piensen de éla. Necesita mantener una imagen de sí reflejada en el pensamiento ajeno.
Este mantenimiento de la imagen de sí es la lucha por la vida. Y cuando la imagen de sí se ve amenazada, el participante en el Samsara se ve obligad@ a, cuando menos, poner las cosas en claro. Poner las cosas en claro es defender el honor, el orgullo; es el diálogo interno proyectado hacia l@s demás para restaurar su estatus social, su puesto en la jerarquía.
Luis Miguel, conocedor, como Luis Alberto, de mi apuro económico, pues yo se lo había dicho a ambos juntos, obteniendo la enojada y brusca respuesta de que me fuera a una pensión, ignorando cínicamente dos cosas: Primero, que una pensión no contributiva no llega para pagar una pensión completa en ningún sitio y, segundo, que yo tenía derecho a cobrar la baja de la Seguridad Social, y que el psiquiatra estaba actuando, no sólo de mala fe, sino también ilegalmente. Luis Miguel, como digo, en vez de pensar en una solución para mi problema, debió pasar varios días ejercitando su diálogo interno, alimentándose de razón invertida que justificase su estúpida y nefasta actuación durante aquellos 2 años, la que había sido puesta en evidencia al ser despedido de mi proyecto, y vino a verme enojado para poner las cosas en claro, ignorando mi agotamiento y mi absoluta falta de energía y disposición para ocuparme de esos asuntos.
Ante mi asombro, incomprensión y desconcierto, Luis Miguel negó todo lo que había hecho en ese piso. Negó los libros de Carlos Castaneda y su implicación en el camino del conocimiento. Y el pobre infeliz no se daba cuenta de que era precisamente por eso por lo que había sido rechazado, por su falsedad en todo el proyecto, por su irreal e insidiosa participación. Descargó toda su ira y se fue, dejándome totalmente confuso.
Estos tres episodios tuvieron lugar en el plazo de tres días en los que no comí ni dormí. En la última noche estaba exhausto y delirando y desvariando como un burro. Mis pesquisas se desenvolvían en torno a dos asuntos urgentes, apremiantes: Encontrar la Clara Luz y averiguar qué esperaban de mí las personas que me rodeaban, o qué hacer respecto a ellas.
Cuando la idea del mundo es válida, correcta, flexible y abierta a todos los fenómenos posibles en el Universo, el pensamiento mueve el punto de encaje progresivamente, en un proceso caótico, continuo y placentero. Se comprenden los comandos de la Teoría General que se van encendiendo, y van encajando en el Total sin anular los anteriores: La muerte no se produce. Esto es volar en alas del intento, y es lo que haremos tod@s en el Paraíso.
Cuando la idea del mundo es absurda, el pensamiento es cautivo de ella. Los nuevos comandos de la Teoría General encendidos la ponen en peligro y son descartados. Se está en grave peligro de muerte. La respuesta a este estado de ser es la hiperatención, la lucha por la vida.
Cuando la idea del mundo se ha descartado y no se tiene una nueva, es decir, se está muert@, el punto de encaje vaga por los comandos de la Teoría General sin poder comprenderlos, sino sólo a trozos. Son “visiones” sueltas, piezas del puzle del conocimiento que no terminan de encajar.
Cuando, además de estar muerto, el individuo es privado, por la aplicación de la Condición del Samsara por sus semejantes, de su continuidad respecto a su desafío al Segundo Principio de la Termodinámica, es decir, es privado de sus medios de subsistencia, el resultado es desastroso. El punto de encaje se mueve de un lado para otro con dos consecuencias: Primero, los delirios y desvaríos adquieren una gran fuerza en el momento en que se producen y, segundo, al instante siguiente son descartados por no servir para solucionar el acuciante problema, y hay que seguir buscando.
En cuanto a buscar la Clara Luz, sabía que el asunto estaba en comprender el Libro Tibetano de l@s Muert@s. Éste era el centro de todos mis delirios y desvaríos. Sin embargo, no tenía una copia de él en casa. Tomaba prestada una y otra vez la de alguna biblioteca. Era de noche y las bibliotecas estaban cerradas. Además, no tenía energía ni tiempo para leer. Pero mi necesidad de buscar era imperiosa, era encontrar la Clara Luz o algo peor que la muerte. Así es que salí a buscar.
Mis experiencias con LSD, ya dice el Libro Tibetano de l@s Muert@s que es bueno  adquirir experiencia durante la vida, me llevaron a ser extremadamente prudente. Sabía que podía perderme en mi desvarío. Mi primera idea fue salir denudo, pero me vestí y me aseguré de llevar las llaves.
Sólo llegué al portal y las escaleras, salir a la calle me perecía muy peligroso. Anduve arriba y abajo muy despacio sin saber qué era lo que buscaba. Aquello no tenía sentido, así que decidí volver, pero ya no sabía en qué piso estaba y no veía los letreros que lo indicaban, pensé que los habían quitado a propósito para dificultar mi búsqueda. En consecuencia, conté los pisos desde el portal. El mío era el segundo, pero aún siendo pocos, me costó estar seguro de que lo había encontrado. Metí la llave en la cerradura sin hacer ruido y giré despacio. Tuve éxito y entré. Decidí buscar en casa. Después de todo, no sabía qué buscaba exactamente, podía buscarlo dentro.
Pensé en tocar música, pero era inútil. No fui capaz ni de encender los aparatos. Mi energía se acababa y tenía problemas graves que resolver. Entonces mi pensamiento comenzó a ocuparse de lo que l@s demás esperaban de mí. Esto era la muerte, desde luego. Su actitud era clara, no me dejaban otra alternativa. Se habían involucrado tanto en la Tiranía que no había continuidad en mi trato con ell@s.
Sin embargo, yo no me resignaba a morir. Mi investigación y mi intento de hacer música no habían terminado. Esto era una interrupción insidiosa, ajena a mis expectativas.
Uno de mis desvaríos consistió en creer que querían que me tirase por el balcón, rompiendo los cristales. Y pensé en la noche de los cristales rotos. Esto cobró gran intensidad para ser descartado un momento después: Desde un segundo piso no me mataría, sino sólo me lesionaría con consecuencias imprevisibles. Por otro lado, me di cuenta de que la noche de los cristales rotos pertenece a la historia del nazismo, y no tenía nada que ver con el asunto.
Otro desvarío se presentó cuando me quedé contemplando el calentador de gas de la calefacción, cuyo piloto estaba encendido e intermitentemente se llenaba de llamas en las que quizá tendría que quemarme.
Entre desvarío y desvarío pasó la noche. Luis Alberto salió de su habitación después de haber dormido sin enterarse de nada. Yo no había hecho ningún ruido. Me dirigí a él y le dije algo totalmente incoherente: Le mostré un papel y le dije que era ella. Yo pensaba en ese momento en mi madre, y creía que le estaba revelando algo verdaderamente importante. Él se mostró extrañado, confuso y enojado, diciéndome que ese papel era un sobre roto que él había dejado ahí casualmente.
La confrontación con la incongruencia acabó conmigo. Dos cosas pasaron: Mi energía se agotó allí. Ya no tenía ni un ápice para pensar y, por otro lado, ningún pensamiento que pudiera brotar tenía aplicabilidad en la situación. Fue como un atragantamiento intelectual.
Me tumbé en la cama y allí me quedé sin apenas conciencia, sin pensamiento y sin sentido del paso del tiempo. Estaba en estado catatónico, con la típica flexibilidad cérea: Apoyaba mi cuerpo en codos y puntas de los pies, quedando suspendido el resto.
Todavía de vez en cuando se encendía un leve hilo de conciencia, así que pude ser testigo ocasional de lo que ocurría. Aparte, he hecho una reconstrucción. Luis Alberto llamó por teléfono al médico y a mi hermano Luis Miguel. Pasó mucho tiempo sin que yo lo advirtiera. El médico llamó a la ambulancia psiquiátrica. Para entonces había llegado Luis Miguel. Estaba muy impresionado, casi lloraba, pero todavía se creía el ser humano más listo del mundo. Quería mantener el control de la situación y se sentó sobre mí, para comprobar mi flexibilidad cérea. Así es como pude yo advertirlo. Los enfermeros psiquiátricos, vestidos con jerséis amarillos chillones para ser reconocidos, me bajaron a la ambulancia. Yo iba andando, colaboraba, y me ataron a una silla en la caja de una furgoneta y me dejaron sólo con Luis Miguel que, al ser el familiar más próximo, se sentó frente a mí en otra silla. Y entonces ocurrió lo más desagradable de todo el incidente.
¿Se imagina usted en una urgencia médica, siendo llevado en ambulancia, y que ela familiar más próxim@ le diga?: ¿Por qué me haces esto? No. Esto es impensable en una urgencia médica normal. Sin embargo, sí ocurren hechos semejantes en las urgencias psiquiátricas. Así lo hizo Luis Miguel, entre lagrimeos que no eran por mí, sino por el ridículo espantoso y cruel que había protagonizado en su papel de Judas.
A partir de aquí, en el leve hilo de conciencia que de vez en cuando aparecía, me hice a la idea de que me estaban sometiendo a una serie de pruebas, y que tenía que superarlas una a una.
La ambulancia llegó al hospital, me pusieron en una camilla, y me dejaron esperando un tiempo que yo no podía determinar. Me examinaron, aunque yo no me enteré, y entonces fue cuando oí por primera y única vez una voz incorpórea junto a mi oído.
En aquellos dos años que había buscado el poder, había deseado sobremanera oír voces, sin ningún éxito. Ahora, al oír una voz femenina que me decía claramente, con una pronunciación exquisita, “sale por puerta 15”, me sentí muy feliz. Es una lástima que el emisario de ensueño no haya vuelto a hablarme.
Aún tardaron un tiempo en sacarme, en el que me sentí contrariado por la tardanza, pero por fin me pusieron en una silla de ruedas y me llevaron al pabellón psiquiátrico. Allí, entre 4 ó 5 personas, me pusieron en una cama, me quitaron camisa y pantalones y me ataron con correas, dejándome sólo por un momento. Ésta era para mí la prueba final que tenía que superar. Con mis últimas fuerzas, comencé a girar el tornillo de cierre de uno de mis brazos, que habían dejado flojo. Cuando estaba terminando, aparecieron l@s mism@s 4 ó 5 enfermer@s diciendo que ya venían, y me desataron. Había superado todas las pruebas y por fin pude descansar.
Tod@s l@s adolescentes y jóvenes loc@s en sus crisis psicóticas son despreciad@s, perseguid@s, acosad@s, de un modo semejante, con centro en la Condición del Samsara. La incomprensión de estos fenómenos es sólo debida a la negación de esta condición. L@s viej@s loc@s se deprimen, se desconciertan y se desesperan al contemplar la realidad del Samsara desde las nuevas posiciones del punto de encaje, pero no llegan a sufrir episodios tan graves, pues la vejez exime de la Condición del Samsara.
Y también, tod@s l@s adolescentes y jóvenes loc@s consiguen grandes logros en estas crisis en cuanto al camino del conocimiento se refiere. Sólo que no saben que los han realizado. Un delirio muy típico es el darse cuenta de que existe una trama internacional que persigue ala loc@. Este delirio perturba sobremanera al sujeto, quien lo descarta cuando se recupera de la crisis. Sin embargo, es completamente cierto: Todo participante en el Samsara es un@ guardia de su condición, y persigue la insumisión, que es la Locura. En mi caso, esta grave crisis me llevó al sitio donde no hay compasión y me proporcionó mi boleto para ir a la impecabilidad.
El haber caído en manos de aquell@s perseguidor@s, despreciador@s autoritari@s me proporcionó una frialdad e indiferencia hacia mi propia persona y las demás totalmente desconocida para mí, que se manifestó inmediatamente, en cuanto me despertaron 4 ó 5 enfermeras jóvenes y simpáticas, diciéndome que me iban a poner una inyección. Dije que quería ver ala médico antes, pero me respondieron que me la tenían que poner sin más dilación. Entonces pregunté: Y si no me dejo, vienen otros más fuertes y me la ponéis a la fuerza, ¿verdad?, respondiendo ellas afirmativamente. En consecuencia, me dejé poner la inyección, sin más discusiones.
Esta falta de compasión ante la violencia de aquellas personas me llevó a una estrategia de dos vueltas: Portarme bien para salir de allí cuanto antes, pues el peligro de la situación era evidente y, de manera más general y duradera, ocuparme únicamente de mis problemas y desentenderme de los de l@s demás. Esta última resolución estaba dictada por mi completa falta de energía.
El boleto para ir a la impecabilidad surge de la irrevocable ruptura de la filiación con el Samsara. Es el corte final, que se hace involuntaria, inadvertidamente. De repente, se ha perdido la necesidad de fingir que se es un participante en el Samsara, como se ha hecho toda la vida, el fingir que todo está bien.
Ha caído el velo y se puede presenciar la realidad. Por primera vez en la vida se aprecia el desatino propio y ajeno en una danza grotesca de sucesos absurdos. Como cuando, al comenzar la comida, uno de mis 20 días de hospitalización, un paciente le dijo, quejoso, pero sumiso, a la enfermera, que su pan estaba mojado. La enfermera, autoritaria y con poca paciencia, le respondió que no podía ser, pues estaba en una bolsa impermeable.
Contemplé la escena con desesperación y desaliento haciéndome consciente de que, ni el pan estaba mojado, sino sólo gomoso, ni la bolsa era impermeable, sino que tenía agujeritos. Y me pregunté si se refería a eso don Juan cuando hablaba del desatino en alguno de los primeros cuatro libros del reportaje de Carlos Castaneda.
Cuando se adquiere el boleto para ir a la impecabilidad, se pasa a la última reencarnación. Todavía no se sabe cómo actuar de cierto, realmente, por lo que se sigue actuando casi igual que antes, pero dándose cuenta a cada acto de que eso es desatino, y teniendo la impresión de que ésta es la última vez que actúa de ese modo en esa circunstancia.
Siempre quise conocer un hospital psiquiátrico. Sentía una gran curiosidad. Sin embargo, dos elementos hicieron que mi estancia allí fuese oscura y casi inútil: La tortura a la que se me sometía, reducir los niveles de dopamina en el cerebro es la mayor putada que se le puede hacer a nadie, especialmente a quien ya se siente mal, y la ignorancia a la que sometían mi rigurosa falta de energía. Fui recuperando la conciencia a trocitos, sólo de vez en cuando me daba cuenta de lo que pasaba a mi alrededor y, al principio, no podía ni comer.
Cuando alguien sufre un infarto, por ejemplo, no sólo se le deja descansar, sino que se insiste en ello cuando ela paciente intenta reanudar su actividad. Para ela paciente psiquiátric@ apenas hay descanso. Se le apremia a ponerse en marcha en total desintonía con su estado.
Por otro lado, la estrategia del hospital psiquiátrico es entregar ala loc@ en manos de su madre. Una madre cuya maniobra a culminado con éxito: Por fin tiene a su muñec@ a su disposición.
Por lo general, las madres, en este momento en que sus hij@s han sufrido una grave crisis, se sienten culpables y, sobre todo, en peligro de ser descubiertas en su maniobra. Así, su aspecto y actitud es de preocupación y desasosiego. Visité el hospital unos años después y presencié a un grupo de madres de loc@s esperando para entregar o recoger documentación ante una ventanilla. Estaban tensas, sin apoyar ninguna la espalda en el asiento y, lo más extraño, sin hablar. ¿Se imagina usted un grupo de madres de enferm@s sin hablar entre ellas? No, es completamente inimaginable. Mi madre fue una excepción. No sólo no estaba preocupada, sino que estaba contentísima, estaba radiante. Fue más adelante cuando, arriesgando su vida, me dijo que había preguntado al psiquiatra si mi enfermedad era culpa suya, respondiendo éste que no, que era un desequilibrio químico en mi cerebro. Arriesgando su vida porque podía haberla matado a golpes allí mismo si yo no hubiera tenido un propósito más amplio.
El centro abstracto a este respecto dice que quien fracasa en su enfrentamiento a la Tiranía, muere. Y esto ha sido así por 150.000 años. Sin embargo, en la modernidad de nuestros tiempos, el asunto ha cambiado. Ya no se muere, pero a cambio se sufre la mayor de las humillaciones que usted pueda imaginar. Entonces, el apuro dela loc@ al buscar desesperadamente la Clara Luz en la crisis está plenamente fundamentado. Es un peligro real al que se enfrenta.
Habría sido mejor para tod@s que ela loc@ hubiera muerto, excepto para la madre. Para tod@s l@s demás, el hecho de que ela loc@ siga viviendo resulta incomodísimo, pues pone en evidencia su cruel negativa anterior, no sólo a considerar ala loc@ como un@ buscador@ de la libertad, sino si quiera como un@ enferm@ con derecho a cobrar de la seguridad social.
Sufría amnesia. Fui recuperando la memoria muy poco a poco a lo largo de algunos años. La medicación, los neurolépticos que me suministraron contra mi voluntad hasta que salí del hospital y pude dejar de tomarlos, aparte de convertirme en un estúpido a los ojos de l@s demás, por el simple hecho de tomarlos y por el efecto paralizante que a grandes dosis producen en todo el mecanismo del habla, me causaron, hasta unos meses después de suspenderlos, una inquietud extraordinariamente desagradable que me hacía buscar la distracción de otras personas aún aborreciéndolas. Y padecía una completa al principio falta de energía que me causaba una total indisposición para ejercer cualquier mínima defensa. Desde entonces he ido recuperando la energía muy poquito a poco, siendo muy escasa todavía la acumulada.
Estos tres elementos, la amnesia, la medicación y la falta de energía, hicieron posible que permaneciera como testigo directo y silencioso de lo que acontecía. No quería despedirme del mundo sin saber qué era de mis amig@s recientemente casad@s. Y lo que “vi”, aunque entonces no lo comprendía, si bien me asqueaba, fue la razón por la que algunas madres se reservan a sus hij@s para ellas.
Ante mi incapacidad, había dejado de hablar de poder, de buscar corroboración ordinaria para los fenómenos que experimentaba, los conocimientos que adquiría y, guardando silencio, presencié la miseria del Samsara que se cernía sobre aquell@s desgraciad@s que, compitiendo por ser l@s más list@s, habían caído en la más rigurosa falta de corroboración, y sólo hablaban de asuntos triviales y sin valor. Como dice don Juan, el entusiasmo por la vida ha quedado reducido a un ligero fulgor que sólo llega a cubrir los dedos de los pies, cuando lo que le corresponde por su condición de ser atento es estar cubierto hasta la coronilla por el entusiasmo.
A una mujer casada sólo le queda la corroboración que le pueda dar su marido. Si descubre que su marido es un calzonazos que no es capaz de corroborar nada, se queda sin ningún entusiasmo. Entonces, para compensar esta dramática pérdida, la mujer se queda con ela hij@, de manera que pretende vivir su vida. Es el único modo que encuentra de sentir que está viva. En fin, es la miseria del Samsara lo que en última instancia lleva a la madre a apropiarse de la vida de su hij@, a quedarse con éla como quien se queda con un@ muñec@.
Ya digo que abrevio para terminar cuanto antes y que no quiero que este libro sea más desagradable de lo que tiene que ser. Sin embargo, tengo que narrar, aunque sea escuetamente, el comportamiento de tres personas después de la crisis para que quede constancia del por qué much@s loc@s repiten, y vuelven al hospital una y otra vez. A parte de hacer la excepción de mi hermano Toni que, habiendo estado ausente durante la crisis, volvió casualmente cuando yo apenas salía del hospital, y me ayudó en todo lo que pudo y supo, mostrando una actitud cordial y no ofensiva, a diferencia del resto.
Acudí a consulta con el psiquiatra poco después de salir del hospital. Tenía una casi total amnesia sobre lo que había ocurrido y estaba tan agotado que no podía caminar hasta allí, creo que fui en coche. Siguiendo mi rutina anterior, comencé a hablar esperando mutismo por su parte, pero la situación había cambiado, para mi sorpresa. En aquella breve entrevista, el psiquiatra habló más que en los dos años anteriores completos.
A una leve y tímida queja mía acerca de la elevada dosis de neurolépticos que me habían dado en el hospital que, no pude decirle, era la causa de mi estúpida forma de hablar, él me cortó duro y sarcástico que eran dosis de hospital, como si eso explicase algo. Se había recuperado, con su diálogo interno, de su acojonamiento, había tomado impulso en él, con su fuerza vital, y estaba preparado para mostrarse mucho más listo que yo.
Por fin me dio el diagnóstico de esquizofrenia y, con éste, invalidó totalmente mi pensamiento, tachándolo de ideas raras. Lo curioso es que se mostraba contento al hacerlo, se sentía triunfante. Me dijo que no me defendiese, porque no me estaba atacando, cuando le iba a dar una sencilla explicación sobre algún punto que trataba y, para colmo, despreció los libros de Carlos Castaneda argumentando que eran falsos, lo que, aseguraba, había confesado el autor.
No puede usted imaginar la repugnancia y vergüenza ajena que sentía por aquel imbécil y, sin embargo, experimentaba un tremendo alivio y alegría por haber vencido al guardián del otro mundo. Tal como lo explica don Juan, el guardián del otro mundo se había convertido en nada, aunque seguía allí, y pude pasar ante él. Esto significa que por fin podía tomar refugio pues, en cualquier caso, dispondría de una pequeña pensión. El refugio, desde luego, se toma respecto de la Condición del Samsara. Por fin era considerado enfermo de manera clara y evidente.
Aún tuve que visitarle unas veces más hasta arreglar todos los papeleos con los informes que él me daba. Al principio le decía que no tomaba la medicación pero, ante su estúpida insistencia, comencé a mentirle diciéndole que sí la tomaba. Al poco tiempo me anunció que mi madre le había dicho que yo no tomaba la medicación. Estaba, utilizando la mentira sin escrúpulos, pues mi madre no le había visitado, intentando establecer una alianza secreta con ella para acosarme y provocarme más crisis hasta reducirme a un idiota sumiso que se toma la medicación. ¿Se imagina usted a un@ cardiólog@ provocando infartos a su paciente para convencerle de que se tome la medicación? Pues esto es lo que hace un@ psiquiatra.
Afortunadamente, mi madre no incluía en sus planes compartirme con el psiquiatra. Por otro lado, ella siempre fue partidaria de mentir a l@s médicos como si siguiera sus instrucciones al pie de la letra. Así que fue a verle y le dijo que yo sí tomaba la medicación. Esto me salvó de una persecución sin tregua.
Ya dice el Libro Tibetano de l@s Muert@s que el refugio es la matriz. Mi madre intentó convertir mi refugio en el infierno. De hecho, por aquel tiempo en mis sueños veía cuevas y agujeros en el suelo, tal como anuncia el texto. Tuve que ejercer una lucha tenaz y extraordinariamente prudente para no renacer en el infierno, tanto por sucumbir a su tremenda violencia, como por matarla y pasar el resto de mis días en una prisión psiquiátrica tomando la medicación a la fuerza. No es extraño que ela loc@ mate a su madre, lo extraño es que no la mate.
Su actuación fue una mezcla de participar estúpida y maliciosamente en mi vida, y someterme a una miseria descomunal. Para lo primero, por ejemplo, eludía ayudarme a recordar mis citas con médicos u otras, pero me acosaba con absurdas quejas y comprobaciones cuando iba a salir. Esto duró hasta que por fin solicitó y obtuvo una pensión por hijo tonto, que me proporcionó el grandísimo alivio de no tener que volver a visitar al psiquiatra, a la vez que no tener que preocuparme más por papeleos respecto a mi dinero y, sobre todo, no tener que compartir con ella ninguna información respecto a mí.
Para lo segundo me sometió a un régimen de sábanas gastadas y remendadas, unido a una total monotonía y pobreza en la alimentación. Ponía siempre, por única carne, trozos de ternera guisada, y por única cena, huevo y pescadilla fritas.
En resumen, mi madre, no sólo quería quedarse con su hijo, sino que quería reducirlo a un muñeco meón al que cuidar incluso cambiándole los pañales, tal como consiguió mi vecina con su hijo epiléptico.
Luis Miguel había hecho el más ridículo de los posibles papeles de Judas. El centro abstracto a este respecto apunta a que Judas tiene que suicidarse ante la imposibilidad de restaurar su absurda idea del mundo, es decir, de asumir su karma e integrarlo en su comportamiento habitual o justificado. Los esfuerzos de Luis Miguel por restaurar la continuidad de sus hipótesis adquirieron tintes grotescos.
Primero montó en su casa un muy sencillo estudio de música, siendo así que cuando lo hacía a medias conmigo nunca tenía dinero para nada, todo lo común lo había pagado yo ante su pasividad. Después aprendió a manejarlo como no había sabido hacer conmigo y, para colmo, compuso música para las melodías de su hija Isabel, como no había considerado si quiera hacer con las mías.
Luis Miguel sí hizo buena música. Las canciones de Isabel eran realmente valiosas en su conjunto. Lo grotesco eran los mensajes de sus propias canciones. Habiendo despreciado la mayor obra de poder escrita hasta el momento, No hay esfuerzo en la libertad, hizo una canción política acerca del problema del País Vasco mostrando un fuerte nacionalismo, o sea, sectarismo en defensa de la unidad de la patria española, y ofendido por el terrorismo. Decía:
 

Me podéis quitar la vida,
pero nunca la razón.
No se impone por la fuerza
la opinión.

 

 

Se da la circunstancia de que son l@s nacionalistas l@s que imponen su razón a la fuerza con su ejército dispuesto a hacer la guerra en caso de que l@s independentistas aprueben unilateralmente su independencia. Y esta razón impuesta está invertida, pues sacrifica la voluntad de l@s vasc@s con base en el sacrificio común de l@s español@s de pertenecer a España. ¡Qué hija de puta la razón invertida. Antes muere o mata que ceder un palmo!
Más ridícula fue su canción social. Después de haber tomado todo tipo de drogas en adolescencia y juventud, se apuntó al sacrificio, exigiendo éste a l@s demás, incluidas sus hijas, desde la adolescencia misma, es decir, aplicaba, con total descaro, la prohibición que él se había saltado por absurda. Decía:

Qué tontería,
pastillas y alcohol.
Con lo hermosa que es la vida,
hagamos el amor.

 

Esta estrofa, aparte de convertir algo tan significativo como las drogas en una tontería, es una descarada apología de la miseria y la ignorancia. Por lo demás, el resto eran tontas canciones de amor. Por ejemplo, decía: “Te quiero como a ninguna”, como si estuviese en una cultura polígama.
Naturalmente, Luis Miguel fracasó en su intento de publicar su música. Le dijeron que fuese a verles cuando tuviese algo que realmente valiese la pena, pero esto ya lo había despreciado.
Al principio, la amnesia me aisló del comportamiento de Luis Miguel, no sabía de qué iba la cosa, pero poco a poco fui recuperando la memoria y supe lo pernicioso que había sido en todo el suceso. Por otro lado, su trato conmigo, debido a su precaria situación, era cada vez más sarcástico, grosero, ofensivo, agresivo, hiriente. Había quedado en evidencia y no podía soportarlo. Estaba claramente a la defensiva, ofensiva.
La situación era insostenible y tuve que sacar energía de donde no la había. Fue muy duro y desagradable. Necesitaba algo que parase su afán de defenderse, de replicar con más fuerza, como había hecho siempre, a lo largo de su vida.
Sabiendo que Luis Miguel no me iba a ayudar nunca en nada, pues ya había tenido la mejor oportunidad y, en vez de ello, me había agredido ferozmente, a una oportunidad en que me escribió un e-mail pidiéndome mi teléfono, pues lo había perdido, le respondí lo siguiente:“Desde que me llamaste perro de manera repetida e insistente cuando teníamos 5 ó 6 años de edad, me has despreciado una y otra vez. Siempre es lo mismo, primero me sigues la corriente, y terminas despreciándome en todos los asuntos. Te pondré un ejemplo: Mientras hacía mal la música, me animabas, pero cuando realmente conseguí una obra de poder, No hay esfuerzo en la libertad, la despreciaste terriblemente. No voy a consentir que vuelvas a hacerlo. No tienes más oportunidades. No vuelvas a dirigirme la palabra en lo que nos resta de vida.
Tampoco tienes derecho a réplica esta vez. No leeré tu respuesta si la hubiera”.Luis Miguel no sintió la dureza y lo definitivo de estas palabras, o quizás sí lo sintió, pero se recuperó rápido con su diálogo interno, pues no las respetó, como había hecho con todos mis actos y expresiones en toda la vida. Al cabo de unos días me llamó por teléfono y le colgué en cuanto oí su voz. Un tiempo después, mi madre comentó que había dicho sobre mí: porque, como no habla… Negando la realidad de que era a él a quien no hablaba.
Se acusa ala loc@ de buscar el aislamiento, y no se entiende jamás que ela loc@ rechace a las personas que le están violando.
En cuanto a los dos miembros restantes de mi familia, mi padre, en todo el asunto, sólo me dijo una vez, mientras caminaba volviendo la espalda hacia mí, y con la entonación que puede usarse con un niño de 6 ó 7 años: Vente con nosotros. A parte de repugnancia por lo desajustado del mensaje,sentí alivio al oír esto porque, aunque él no pintaba nada y la decisión era de mi madre, estaba dando su aprobación a que volviese a su casa. Y mi hermana se unió a la fiesta de mi madre y, junto con ella, registró mi habitación cuando ingresé en el hospital, contándomelo después muy animadamente.
Pero vamos al grano, a lo que realmente interesa: El poder.
Por casualidad encontré los restantes libros de Carlos Castaneda. Hasta el momento conocía sólo los cuatro primeros y se antojaban oscuros, siniestros, incomprensibles. Las enseñanzas para el lado izquierdo, a las que correspondían estos nuevos libros, eran mucho más claras, inteligibles, explicativas, a la vez que impresionantes, desbordantes de cualquier fantasía.
Comencé a leer estos libros una y otra vez y, durante cinco años, seguí intentando hacer música. La música continuaba siendo mi única esperanza, el modo de comunicar mensajes sencillos e incompletos, el único sistema que se me ocurría para conseguir mi autonomía e independencia. Mientras el proyecto de la música estuviese en pie, podía llevar adelante mi investigación, porque en ningún caso consideraba mi situación como definitiva. Esto era un refugio, y en un refugio lo que se hace es tramar, pensar, investigar el modo de salir de él. El proyecto de la música conservó intacto mi boleto para ir a la impecabilidad. Por otro lado, la música me ofrecía integración, ajuste, buscar el origen, lo más sencillo, aunque todo hablaba de una batalla perdida.
Poco a poco iba haciendo conexiones. Por ejemplo, supe que el Libro Tibetano de l@s Muert@s y el reportaje de Carlos Castaneda hablan de lo mismo, sólo que, mientras el primero habla de un camino individual, sin más guía que el propio libro, el segundo habla de un camino colectivo, en grupos, con la guía del nagual. Pero estaba claro que lo que don Juan llama el descenso del espíritu era lo que los tibetanos llaman muerte: El punto en el camino del conocimiento a partir del cual ya no hay vuelta atrás.
Este tiempo está marcado por la intermitente escasez de dopamina en mi cerebro y por la urgente necesidad de obtener corroboración ordinaria. La escasez de dopamina persistía aun habiendo dejado de tomar neurolépticos. Era como si mi cerebro hubiese aprendido ese modo de funcionar, aparte de que la situación era para sentirse mal: Había caído de bruces en la miseria del Samsara. El Samsara es el reino de la no corroboración.
Tuve suerte. David, el que siempre decía “ya…”, vino a verme y resultó que era un ensoñador por cuenta propia. Desde niño había sido consciente de que soñaba, y vivía grandes aventuras cada noche. Esto hizo posible, primero, que se interesase en leer los libros de Carlos Castaneda y, segundo, que pudiésemos hablar de poder.
Al principio fue muy bien. Leyó el libro El arte de ensoñar en una sola noche y vino a verme al día siguiente entusiasmado de obtener corroboración ordinaria clara y detallada de lo que había practicado toda la vida. Pero David ni quería ni podía cambiar su vida. Sólo quería el conocimiento para sentirse más importante y más listo que l@s demás. Así, fue perdiendo el entusiasmo por el camino. Cuando por fin le confronté con la idea directa de cambiar el mundo, lo rechazó de plano. Descaradamente, no quería ser libre. No era más que un fantasma.
David quería jubilarse a los cuarenta y pocos años de edad con la excusa de una operación de hernia discal que, supuestamente, le producía molestias importantes que le impedían hacer su trabajo. No quería ser libre, en cambio, quería someterse al juicio de un@s médicos para librarse de trabajar. Estaba convencido de que con sus poderes de brujo iba a provocarse a sí mismo la enfermedad correspondiente, que era un crecimiento de la cicatriz que le dañase el nervio.
David fue quedándose mudo poco a poco hasta que ya no hablaba de poder. Entonces, descaradamente otra vez, me dijo que quería follar conmigo.
Toda su amistad por años, desde la adolescencia, todo su interés por mí había sido motivado por su deseo de follar conmigo, y ya no le interesaba nada más. Todo había sido una farsa. De hecho, el ensueño que practicaba era sueño lúcido, él guiaba sus experiencias, y lo hacía para follar en sueños, pues su esposa, estaba casado y con dos hij@s, no le satisfacía.
Es increíble. Y así ocurre que cuando un@ loc@ “ve” hechos como éste, se desorienta y confunde. Está delirando. Sin embargo, es tal como lo digo: Las relaciones humanas entre adultos en el Samsara están motivadas únicamente por el trabajo, de un modo mecánico y estéril, o por el sexo. De ahí los celos. Tod@ adult@ emparejad@ sabe que si su cónyuge se relaciona con alguien más, es para follar. Así de tremenda es la miseria del Samsara.
Esta miseria tremenda me llevó a un estado de inquietud desbordante, insoportable. El único modo de sentirme cómodo era estar dormido. En todas las demás situaciones me sentía fatal. Incluso en la cama, mientras conciliaba el sueño, después de tomarme una pastilla para dormir, aborrecía las posturas que en otro tiempo me resultaron tan cómodas.
El proyecto de la música se acababa, ya no podía seguir alimentando la idea de que pudiese ocurrir un milagro. Había cumplido con mi empeño en interpretar la música de algunas canciones de poder de Pink Floyd y otros, ya tenía cierta habilidad con el teclado, y llegó el momento de comprobar si podía componer música con soltura, obteniendo resultado negativo.
Todo se paró allí. Por un momento entré en estado catatónico. Ningún pensamiento tenía ya sentido. Pensé que había fracasado, y la luz crepuscular que me había acompañado toda la vida se había apagado. No tenía esperanza ninguna.
La música había sido el vehículo del aplazamiento de mi suicidio, es decir, no me suicidaba mientras hubiese alguna posibilidad de triunfar con la música. Acabada ésta, la sombra del suicidio volvió a presentarse imperiosa, agravado el asunto por el lamentable estado en el que me encontraba.
Pero el suicidio es horrible. Dirigirse a él es lo más desagradable que pueda hacer una persona, es siniestro. Así que no pude hacerlo y seguí viviendo a duras penas.
La situación era nueva una vez más. Habiendo fracasado, quedaba sin ningún objetivo. Todo lo que tenía por delante era intentar sentirme bien. Ésta era la clave. Este simple hecho hizo que todo comenzara a caer en su sitio. Por fin podía dejar de esforzarme.
El hachís jugó un papel fundamental. Lo había consumido ocasionalmente todo este tiempo, y había sido muy fructífero en reflexiones y conexiones, pero esto fue un redescubrimiento. Cuando lo fumaba ahora, desaparecía por completo la inquietud típica de los neurolépticos que me agobiaba. Así que comencé a fumarlo como una medicina, con excelentes resultados. Fumaba un porro por la mañana, otro por la tarde, y el tercero, por la noche, como quien toma una pastilla.
Pasaron 3 ó 4 meses en los que fui sintiéndome un poco mejor. Mi mente, a un ritmo muy lento, seguía haciendo pequeñas elucubraciones. Cuando aún hacía música, cuando peor me sentía, leí, porque no quería dejar ninguna posibilidad sin investigar, la Declaración Universal de Derechos Humanos y todos los pactos posteriores aprobados por Naciones Unidas. Había sentido que éste era el camino a la impecabilidad, y se había colado una idea en mi mente: Un Mundo de Derecho.
Al principio mi mente buscaba, porque así lo había hecho por unos 7 años, una manera de cantar un Mundo de Derecho, pero poco a poco se fue disolviendo este proceso y comencé a pensar más a fondo en el asunto.
Una noche, mientras me quedaba dormido, porque es cuando se encuentra cómoda y relajada la mente cuando mejor funciona, tuve la feliz idea: Constituirnos en un Mundo de Derecho por medio de un referéndum en el que se aprobase la Constitución Mundial. Naturalmente, había que redactar esa Constitución Mundial, y pensaba que sería capaz de ello.
El plan fue tomando forma. Mi cerebro se puso en marcha otra vez y, aunque tenía muy poquita energía, ésta se dirigió a lo fundamental. Ya no tenía que componer música ni cantar, sino sólo escribir. Esta actividad resultó mucho más fructífera que la anterior. Con ella comencé a sentir el escaso poder que tenía y que se iba acumulando.
El proyecto adquirió el nombre de El Camino al Paraíso. Se trataba de una Constitución Mundial explicada que nos pusiese en marcha hacia el Paraíso. Era un libro, lo que intenté escribir al principio de mi búsqueda, cuando hice oferta al poder, y que resultaba imposible entonces. Ahora la cosa estaba mucho más clara. Mis 7 u 8 años de investigación daban sus frutos.
Comencé a fumar hachís de continuo, al ritmo al que fumaba tabaco, es decir, siempre añadía una china a la mezcla. Por un lado, uno de mis grandes problemas de incomodidad era que el sabor del tabaco solo no me satisfacía, aparte de que me resultaba absurdo, dañino sin obtener nada a cambio. Por otro, ya no había duda en mi mente de que era el hachís lo que me daba la capacidad de “ver”, y cuanto más fumaba, más “veía” y mejor me sentía.
Esto tuvo dos consecuencias. La primera, positiva: Con la ayuda del hachís hice grandes descubrimientos, como averiguar el significado de la vida de Jesús de Nazaret, que explicaré en el siguiente capítulo, y obtuve impresionantes momentos de placer intenso. La segunda, negativa: gastaba en hachís más dinero que el que ingresaba. Tenía unos pequeños ahorros, pero no durarían mucho.
En mi mente se estaba desarrollando la Ley de Generación de la Conciencia. Se estaba desordenando todo el conocimiento adquirido en la investigación y estaba surgiendo organización. Y esto es muy placentero, produce gran entusiasmo y euforia. Sin embargo, pronto empecé a darme cuenta de que el proceso era muy largo. Era el camino a la impecabilidad, y la impecabilidad lleva toda una vida. Yo necesitaba resultados definitivos urgentemente, pero los nuevos descubrimientos anulaban los anteriores, de manera que las realizaciones, en cuanto a escritura se refiere, quedaban obsoletas en breve tiempo, haciéndose evidente mi desatino.
Fue tomando terreno la idea de que tendría que escribir un libro más largo y detallado que explicase el fenómeno de la Locura. Y así lo empecé, pero la sombra del fracaso se cernía sobre mí otra vez. Tal como iba la cosa, no sería sino un loco más intentando algo imposible. Sin embargo, el escribir me proporcionaba grandes “visiones”, impresionantes avances en la comprensión del Universo, así que continué escribiendo sin pensar mucho en el fracaso.
Al poco tiempo me encontré escribiendo acerca de la idea de Dios. Pensé, “vi”, que Dios es la idealización de un ser que se siente completamente seguro de sus ideas. Y no sé cómo fue el proceso, pues el surgimiento de organización está velado, simplemente ocurre, pero comprendí que, entonces, había una Verdad Universal.
Me puse nervioso al momento de formularla en palabras. Había dos posibilidades en función del uso del término existencia. Probé la primera: No existe razón para vivir. Tal fue la impresión que me causó esta premisa que olvidé formular la otra posibilidad hasta casi un año después.
La situación era nueva otra vez. Ahora se hizo más urgente que nunca el buscar corroboración ordinaria. Necesitaba saber qué impresión causaba la Verdad en otras personas, si la premisa era original o ya había sido pensada. Puse el siguiente anuncio en un periódico:

 

“Castaneda. Busco alguien con quien hablar de sus libros y del camino del conocimiento en general.”


Obtuve algunas respuestas, las suficientes. Entre ellas hubo tres chicas. Dos de ellas se habían hecho un lío y sólo venían a ligar. La tercera estaba tan segura de sí misma, y a la vez tan abajo en el camino del conocimiento, que mantuvo tercamente que ser hyppie era ser vegetarian@, sin más aclaraciones o matices. En fin, apenas saqué nada de las pocas mujeres que respondieron.
Entre los hombres hubo más cantidad y variedad. Voy a destacar sólo tres de ellos. Del primero no recuerdo el nombre. Estaba prejubilado con cincuenta y pocos años y, aunque era bastante soso y lento, pude plantear el asunto y llegar a enunciarle la Verdad tal como estaba redactada en aquel tiempo. Su reacción fue de desconcierto y desaliento. No le gustó en absoluto, dijo que eso era una tragedia, y no quiso hablar más sobre el asunto. Se fue disgustado, si bien cordialmente.
Yo era muy consciente del peligro que suponía esta maniobra. Sin embargo, era rigurosamente necesaria en ese momento. Este peligro se hizo evidente al tratar con Pedro, que contaba con ventipocos años de edad y se disponía a buscar trabajo después de un viaje para conocer el mundo. Pedro era más que de derechas, era fascista. En el capítulo correspondiente definiré el fascismo, por el momento saber que Pedro no estaba satisfecho con el mundo, y su subversión consistía en pretender ordenarlo más.
No conseguí llegar a plantearle la Verdad a Pedro, que se mostraba en todo momento muy seguro de su absurda idea del mundo. Tanto es así que cada frase que pronunciaba era un desafío a contradecirla, con el aviso de ofensa grave si esto sucedía. Sin embargo, la idea de abandonar no cuajaba, pues necesitaba toda la información que pudiese recaudar. Así que confronté a Pedro con la idea de la muerte. Le dije que si en vez de creer en el Paraíso después de la muerte, creyésemos que morimos de forma completa y definitiva, tendríamos el Paraíso por el tiempo que viviésemos.
Pedro se sintió muy ofendido y, con los ojos saliéndosele de las órbitas en expresión de ira, gritó: ¡¡Pero entonces se irían de rositas!! Se refería a sus ofensores durante toda su vida. Pedro acumulaba un gran rencor por todo lo que había sufrido en el Samsara, pero lo desviaba personalizándolo y cargando la responsabilidad sobre individuos concretos que debían pagar, por justicia divina, después de la muerte.
Pero el más significativo de tod@s mis entrevistad@s fue Joaquín. Joaquín era un loco auténtico. Había quedado fuera del Samsara cuando, según contaba, al asistir al colegio, el maestro tiró el borrador de la pizarra a un niño, abriéndole una brecha en la cabeza. Por aquel suceso había decidido no asistir más al lugar. Ni que decir tiene que para que unos padres permitan esta actitud de quedar fuera a su hijo, el niño ha debido nacer muerto. De otro modo, insistirían en convencerle de, u obligarle a volver al colegio, o bien le buscarían un@ profesor@ particular, u otra solución semejante, pero no dejarían a su hijo sin sacrificarse.
Joaquín tenía una pequeña pensión por incapacidad parcial debida a un accidente, y actuaba ocasionalmente como mimo en el parque del retiro de Madrid, donde se celebraron casi todas estas entrevistas.
Joaquín estaba en la posición correcta. Había leído todos los textos religiosos y ninguno de ellos le había satisfecho. Pero, como un ser atento no puede permanecer sin respuestas, sin explicaciones, él se daba la suya: El extraterrestre.
No me di cuenta en ese momento de que el extraterrestre era para Joaquín una representación de alguien que puede ver el Samsara desde fuera. Él no alcanzaba a hacerlo, pero lo idealizaba. En vez de esto, neciamente, lo sentí peligroso y lo descarté.
Joaquín me había dado toda la información sin pedir nada a cambio, sin apenas interrogatorio por mi parte. Había sido considerado, honrado, incluso amable. Joaquín era lo que yo había buscado desde el momento en que hice oferta al poder: Alguien con quien hablar de ello. Y me fui sin darle nada de información acerca de mí y mi proyecto, incluso con alguna ligera muestra de desprecio. Ésta es una de las decisiones más erróneas que he tomado, y lo lamento terriblemente. Máxime por haberme deshecho de su número de teléfono, impidiendo una búsqueda posterior.
La aportación de Joaquín a mi investigación fue de gran valor porque cerró el periodo de entrevistas. Ya no necesitaba más. Supe que la Verdad era cierta y que no encontraría, por más que buscase, nadie que pudiera rebatirla o, si quiera, que la hubiese pensado. Todos los seres humanos tenían la esperanza de que existiera una razón para su vida, de ahí el sufrimiento humano.
En televisión salió un pequeño reportaje de Stephen Hawking y su libro Historia del tiempo. Efectivamente, era la pieza que faltaba: Qué tenía que decir la ciencia al respecto. Lo leí varias veces ávidamente y, en seguida, obtuve la redacción correcta y definitiva de la Verdad: No hay razón para nuestra existencia.
Ahora sí lo tenía. Por fin sabía que llegaría a sentirme bien, que tendría éxito en mi empresa de cambiar el mundo. La formulación correcta de la Verdad supuso un estallido en la producción de organización en mi mente. Si bien antes de ello la organización había surgido cada vez más rápido, empezando por revelaciones sueltas, hasta grandes conclusiones parciales sabida la Verdad, mal redactada; ahora toda la organización que surgía tenía carácter absoluto. Los grandes descubrimientos se sucedían a un ritmo vertiginoso. Por fin obtenía explicaciones claras y sencillas de lo que había sabido toda la vida.
Esperé seis meses antes de empezar a escribir el nuevo libro. Quería que se aclarasen las ideas. Era consciente de que el surgimiento de organización necesita tiempo, y sabía que tenía que escribir bien desde el principio mismo. Me jugaba la vida en ello. Más que eso, me jugaba el Paraíso.
El camino no estuvo exento de dificultades. La principal fue la económica. Cuando empezaba a escribir este libro, se me acababa el dinero.
Como elemento de la manifestación del espíritu, llegó la llamada de mi abogada de oficio. Había ganado el pleito contra la decisión del inspector de darme el alta médica, y me pagaban el dinero correspondiente al tiempo que podía haber estado de baja.
El inspector, en su prevaricación, me había beneficiado enormemente, pues me había librado de visitar al psiquiatra todo ese tiempo, lo que habría sido un inconveniente gravísimo, y ahora me daban todo el dinero junto. Esto me permitía seguir fumando hachís en grandes cantidades por unos cuatro años más. El hachís era fundamental para que pudiese organizarse la energía en mi mente.
El apremio para escribir rápido era doble. Por un lado, la disponibilidad de hachís; por otro, se produjo el 11-S. Uno de mis entrevistados no citado anteriormente por su poca relevancia, me comunicó una profecía de alguien que no identificó claramente. Era uno de tantos profetas del fin del mundo. Ya diré que, frente a lo que piensa la mayoría de los participantes en el Samsara, los profetas del fin del mundo son todos auténticos.
Éste en particular daba datos muy concretos. Decía que en breve iba a suceder algo muy gordo en el mundo, no sabiendo precisar más. Pasados cuatro años de este suceso acabaría el mundo por una guerra nuclear generalizada.
En las profecías no hay que confiar mucho en los datos concretos, pues son como los elementos de los sueños. A lo que hay que prestar atención es al conjunto, al significado profundo. No hay que tomar en serio el dato de cuatro años, pero sí muy en serio el hecho de que el 11-S marca el principio de un suicidio colectivo mundial por etapas. Y las etapas se están cumpliendo.
Con estos apremios, comencé a escribir. Tardé seis meses en terminar el primer capítulo. Mi lentitud era desesperante, pero el resultado era bueno. Poquito a poco iba saliendo. Conté en este tiempo, y sigo contando, con la ayuda incalculable de tres personas: Mi hermano Toni, mi camello e Iván.
Mi hermano Toni me ayudó fundamentalmente en dos aspectos: Primero me guió para disponer de Internet, lo que supuso un avance tremendo en mis posibilidades de investigación. Una investigación que se había incrementado enormemente en cantidad y calidad. Ya sabía qué y dónde buscar. Y, segundo, me procuró la tecnología y los medios para cultivar setas psicodélicas.
El disponer de setas psicodélicas fue fundamental en ese momento. Necesitaba corroboración especial acerca de todo lo que estaba averiguando del punto de encaje y los psicodélicos en relación a él. Es fundamental, como dice don Juan, poder mover el punto de encaje una y otra vez, repetir cuantas veces sea necesario la experiencia. Sólo así puede salvarse el inconveniente del asombro y la novedad.
Durante un tiempo, las experiencias con setas fueron extraordinariamente placenteras. Obtuve verdaderos periodos de éxtasis a la vez que comprobé que se puede funcionar en el mundo cotidiano con el punto de encaje desplazado. Se pueden realizar funciones como cocinar o conducir, al principio, con extremada prudencia y cuidado. Poniendo atención a lo que se hace y haciéndolo despacio, especialmente la conducción.
Aquello fue un auténtico romance con las setas que duró año y medio aproximadamente. Estaba saboreando mi futuro éxito en cambiar el mundo. Sin embargo, pasado este tiempo, los viajes comenzaron a ser didácticos.
Cada vez que comía setas, mi idea del mundo se venía abajo por completo, y tenía que reconstruirla. Esto tuvo dos consecuencias: La primera, que repasé una y otra vez la conveniencia y el modo de escribir el libro. Tenía que pensar todo desde el principio, desde la Verdad misma. La segunda, mi encontronazo con la realidad. La realidad de mi situación siendo prisionero de una mujer estúpida, y la realidad de mi karma.
Las setas me forzaron a una recapitulación caótica y extraordinariamente desagradable. L@s bruj@s del segundo ciclo son personas elegidas por su tonal en buen estado, tienen buen karma y su recapitulación suele ser placentera. L@s loc@s solemos tener muy mal karma al habernos fallado el anfitrionado necesario para acceder al mundo en general, y al Samsara, por lo que la recapitulación suele ser muy dolorosa.
Sin embargo, al contrario de lo que ocurría antes de saber la Verdad, que los sucesos pasados quedaban sin explicación, y tenía que esquivarlos en lo posible, ahora se estaba llevando a cabo una reconstrucción de mi vida en función de nuevos significados para todo, quedando subyacente la estrategia de un@ loc@.
Hice el ejercicio de comenzar a pensar todo desde el principio, desde la Verdad, por un largo tiempo, quizá dos años, hasta que me fui dando cuenta de que ya lo que necesitaba era una integración, una construcción de la idea del mundo que empezaba a organizarse en lo que llevaba escrito del libro. Así que descontinué la ingestión de setas. Tengo todo listo para cultivarlas en cualquier momento, pero no lo haré hasta que me sienta bien acerca de mi pasado, hasta que el éxito en mis actos sea habitual y, al no crear más karma, pueda disolverse el anterior.
Esta circunstancia, el no tener karma, es la ausencia de condición tan buscada por l@s pensador@s en torno a los psicodélicos, como Timothy Leary o David Cooper, para que el viaje producido por éstos sea placentero siempre, que no se produzcan malos viajes. Los malos viajes son, entonces, producidos por el mal karma, tal como advierte una y otra vez el Libro Tibetano de l@s Muert@s. Esta ausencia de condición, el no tener karma, sólo puede darse en el Paraíso. La condición que hay que cumplir para que los viajes con psicodélicos sean siempre placenteros es estar en el Paraíso.
En la integración que comenzaba, y desde antes, jugó y juega un papel interesante mi camello, que conocí por un amigo de mi hermana poco antes de descubrir la Verdad.
Mi camello es una persona excepcional. Don Juan diría que tiene un tonal en muy buen estado. Para mí ha sido la primera persona con la que he establecido una relación de amistad directa y verdadera, como no lo había hecho nunca con nadie. Esto me proporciona la ocasión de practicar comportamientos semejantes a los que se producirán en el Paraíso, en los que ninguno de los interlocutores pretende ser más list@ que ela otr@, de manera que resulta una complementación, una suma de conocimientos y posibilidades.
Conocí a Iván por Internet, al hacer un ensayo general de lo que sería publicar en el medio, él hizo la página, un discurso de presentación y un intento de Constitución Mundial que, tengo que decir, no valían nada. Definitivamente, lo único que vale es lo escrito después de conocida la Verdad, que es este libro. Pues bien, Iván es una bellísima persona que, desde el principio, mostró interés, respeto y consideración hacia mi proyecto. Profesor de literatura, corroboró ordinariamente que lo que llevaba entonces del libro estaba muy bien escrito, que se lee con rapidez y comodidad, lo que me fue de gran ayuda. Parece exagerado pero, en medio de la miseria del Samsara, una pequeña corroboración brilla como una estrella. Iván ha sido, junto con mi camello, las únicas dos personas que me han deseado suerte en mi empresa.
Ocho años atrás había hecho oferta al poder. Ahora, la oferta era correspondida. Poquito a poco, y partiendo de la desesperación más absoluta, fui llenando mi tiempo de poder. Resulta que la energía es selectiva. No podía ocuparme de asuntos triviales como elegir la compañía telefónica que me suministrase Internet o averiguar cómo configurar el ordenador, de ahí la gran importancia de la ayuda de las tres personas citadas, pero podía escuchar música y buscar en Internet las letras que tanto había deseado comprender en el pasado.
Uno de mis grandes hallazgos fue descargar la película The Wall (El Muro) con calidad y subtitulada. Después de más de 10 años de pequeñas averiguaciones de lo que allí se decía, por fin disponía de la letra completa y traducida.
 Todo se iba componiendo, todo iba cobrando explicación, y los sueños acompañaban esta integración con representaciones muy concretas, como soñar, en días consecutivos, que cada uno de mis dos hermanos mataba a un niño en mi presencia y yo les ayudaba a deshacerse del cadáver. Naturalmente, el niño muerto era yo, y no estaba muerto, sino muerto.
Se producían sueños recurrentes como el intentar tomar el autobús o el metro para volver a casa por la noche. Nunca era capaz de subir al vehículo correcto. Tiempo después, cuando el libro ya estaba bastante avanzado, soñé que llegaba en autobús hasta la calle paralela a la mía. Lo había casi conseguido, y la recurrencia del sueño cesó. O asistir recurrentemente al Instituto, sobre todo, pero también a la universidad, incluso al colegio, para repetir lo que no había hecho correctamente a su tiempo. Prácticamente me hice dos cursos completos en el instituto, asistiendo todos los días, hasta que soñé que ya no necesitaba estudiar más esos aspectos, y cesó la recurrencia.
Pero lo más significativo de mis sueños en este tiempo se produjo acerca de mi propia muerte. Ya anteriormente había soñado alguna vez que moría, pero entonces me consideraba inmortal, por lo que mi muerte era incongruente y despertaba sobresaltado. En este tiempo soñé que moría, y mi reacción al suceso era esperar el cese de la conciencia con resignación. Por fin había cambiado mi postura a este respecto. Por fin era mortal.
Todos mis avances en estos y otros aspectos estaban ligados al desarrollo del libro. Y éste estaba amenazado, sobre todo, por la disponibilidad de hachís. Cuando iba por el principio del tercer capítulo, de nuevo se me acababa el dinero.
Intenté hacer valer lo que llevaba escrito para pedir ayuda, pero nadie ayuda a quien quiere acabar con el Samsara, nadie me dio crédito. Un@s porque no podían, casi tod@s porque no iban a emplear su esfuerzo en anular su esfuerzo. Un@s con silencio, otr@s con indignación e ira. En consecuencia, estuve un tiempo escribiendo sin hachís, sólo lo tenía intermitentemente. El resultado fue desastroso. Lo escrito era superficial y fuera de la línea que debía llevar. El aspecto más significativo era que cuando me venía a la cabeza el asunto, por ejemplo, quedándome dormido, lo rechazaba por incomodidad, por fastidio, dejándolo para otro momento; al contrario de lo que ocurría con hachís que, cuando se presentaba la idea, era recibida con placer y éxito en solucionar el problema.
La solución no definitiva vino de mi camello, quien me sugirió cortar el hachís en trocitos tan pequeños como fuera necesario para cada porro, es decir, racionarlo de modo que pudiese fumar todos los que quisiera, pero menos cargados. Esto fue la salvación, un poquito de hachís basta, y pude volver atrás  y reconducir el libro.
No fue definitiva la solución porque el hachís sube de precio a un ritmo mucho mayor que la inflación media, por lo que cada vez fumo menos cantidad en cada porro. Por el momento va bien, pero no sé si podré llegar al final. Si este libro llega a sus manos y puede leerlo, ha de saber que ha sido por los pelos, por una casual acumulación de casualidades, es una manifestación del espíritu. No la desperdicie.
La integración que está siendo posible en mi mente, y que tiene por consecuencia este libro, es debida al carácter absoluto de la Verdad, es decir, que la Verdad no depende de la posición del punto de encaje. Ésta es la clave que permitió descubrirla, aunque no lo supe entonces, y es la clave para el tremendo desarrollo que se está produciendo. Yo no sospechaba que este libro llegase a esta tremenda magnitud. Siempre que se manifiesta, el nagual desborda las más locas fantasías.
Toda mi vida, hasta descubrir la Verdad, ha estado marcada por la concesión a la derecha. Esta concesión consiste en pensar que algo de razón tendrán. Tendrán algo de razón en sacrificarse al pretender mantener el orden. La Verdad es fulminante con esta concesión: No hay ninguna razón, absolutamente ninguna, para sacrificarse en ningún sentido.
Esta ausencia de concesión da lugar a la organización pues, a partir de ella, en la desordenación, todo va cayendo poco a poco en su sitio. El resultado es este sorprendente libro. Usted no podía imaginar, por ejemplo, que sea mucho más rentable, en bienestar, no esforzarse; o que no hubiera justicia en el Universo.
El último gran descubrimiento hasta el momento en que escribo estas líneas, debido a la ausencia de concesión, ha sido lo que está permitiendo una redacción escueta, directa, sencilla y clara del texto que se aprobará en referéndum mundial para dar paso al Paraíso. Y la clave me la dio un poeta proscrito a quien casi nadie quiere escuchar porque, a diferencia de la inmensa mayoría de l@s poetas, que se ocultan bajo lo incomprensible de sus poemas, Jesús Lizano es claro como el cristal en su arte.
A Jesús Lizano, cuando era niño, su madre le decía repetidamente: “A mí me gustan las personas rectas”. Cuando creció y tenía ya soltura como poeta, escribió el siguiente poema para desquitarse de la amargura que le producía la frase de su madre.
Transcribo de la recitación que hizo el mismo Jesús Lizano en el programa Negro sobre blanco de Fernando Sánchez dragó al no disponer de una copia escrita, pues no he podido encontrar, ni legal ni ilegalmente, es decir, ni en librerías ni en programas de intercambio de archivos de Internet, la obra Lizania, aventura poética, que incluye el poema. Y lo transcribo íntegramente, arriesgándome a ser acusado de violar derechos de autor, porque quizás usted tampoco lo encuentre, y porque creo que vale la pena para reflejar la bella reiteración e insistencia de la obra, que puede calificarse de obra de poder.

Las personas curvas.
A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la Tierra es curva
y el movimiento es curvo.
Y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos.
Los sentimientos curvos,
la ebriedad es curva,
las palabras curvas,
el amor es curvo,
el vientre es curvo,
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos.
El mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas curvas,
las naranjas curvas,
los labios curvos
y los sueños curvos.
Los paraísos curvos,
no hay otros paraísos.
A mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo y la noche es curva,
la aventura es curva.
No me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas.
A mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas.
Contemplar es curvo.
Los instrumentos curvos,
no los cuchillos.
no las leyes.
No me gustan las leyes porque son rectas.
No me gustan las cosas rectas.
Los suspiros curvos,
los besos curvos,
las caricias curvas
y la paciencia es curva.
El pan es curvo y la metralla es recta.
No me gustan las cosas rectas,
ni la línea recta.
Se pierden todas las líneas rectas.
No me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta,
es lo escondido detrás de todas las cosas rectas.
Ni los maestros rectos,
ni las maestras rectas.
A mí me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas
y los dioses curvos.
Libérennos los dioses curvos de los dioses rectos.
El baño es curvo.
La Verdad es curva.
Yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas,
y huyo esta peste de las personas rectas.

 

Efectivamente, la Verdad es curva, el Paraíso es curvo y el Universo es curvo. Sólo hacer notar que la cursiva en la palabra muerte es mía, pues Jesús Lizano no ha llegado a comprender la metáfora, y no distingue entre muerte y muerte. Sin embargo, mientras la muerte es recta, y es lo que se esconde detrás de todas las cosas rectas, pues la rectitud es la continuidad de la hipótesis, que acaba, cuando fracasa, en la muerte… Mientras la muerte es recta, como decía, la muerte es curva.
Desde que se me ocurrió la feliz idea de redactar una Constitución Mundial, había hecho varios intentos con resultados bellos y sorprendentes. Era una reedición de la Declaración Universal de Derechos Humanos mucho más aguda y ambiciosa. Sin embargo, no conseguía rematarla, algo fallaba.
Después de ver y oír repetidamente la magnífica recitación, pues Jesús Lizano es un gran recitador, de este poema, y a la vista de descubrimientos anteriores, reflexioné, por fin, acerca de la naturaleza de los derechos.
Los derechos, como decía un religioso exaltado, emanan de Dios, es decir, de la idealización del tonal. El primer derecho que se toma el tonal es la autoridad de adelantarse al nagual, el derecho de invertir razón y voluntad. Y lo hace para poder existir, para vivir. Todos los demás derechos son, unos, desarrollos de éste, y otros, reacciones de defensa frente a los unos.
La redacción definitiva, que estuviese de acuerdo con la Verdad y con toda la naturaleza del Universo, tenía que ser una Declaración de Ausencia de Derechos. No una ley fundamental, sino una anulación y desautorización de toda ley. Y debía estar enmarcada, no en una Constitución Mundial, sino en una Carta de Desconstitución Universal, pues la jugada maestra es desconstituir el Samsara y evitar cualquier futura constitución de algo semejante.
La consecuencia de todas estas conclusiones fue el mayor descubrimiento en cuanto a mi bienestar se refiere. Un hecho que alivia enormemente la presión de mi karma: Saber que no hay nada, salvo descubrir la Verdad, que yo hubiera podido hacer o dejar de hacer para atinar con mis actos y sentirme bien. Todo esfuerzo era inútil, todo sacrificio superfluo. Nada servía excepto el intento de comprender.
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Llegando al Paraíso