ÍNDICE
  1. El poder de la palabra y el tercer ciclo de la Brujería.
  2. La Verdad, el significado de la muerte.
  3. La luz empañada, el origen de la Tiranía.
  4. La sociedad sin dinero, la ausencia de justicia.
  5. El tercer elemento: La Locura.
  6. La Teoría del Punto de Encaje.
  7. Los caminos del conocimiento.
  8. Conocer al espíritu.
  9. El viaje del punto de encaje.
  10. Jesús de Nazaret y el amor.
  11. Los dos finales del Samsara.
  12. Otro globo es posible. No ser, no hacer.
  13. La transición.
  14. Del tercer al cuarto ciclo de la Brujería.
  15. Yo soy… en este acto.
  16. The answer, my friend, already isn´t blowing in the wind. (La respuesta, amigo, ya no está flotando en el viento).

CARTA DE DESCONSTITUCIÓN UNIVERSAL DE LOS SERES ATENTOS

 

 
INICIO

Capítulo octavo:


 Conocer al espíritu.

 

Cuando se ignora a propósito la Condición del Samsara, como hace todo participante en él, la Locura y, con ella, toda la situación del ser humano en el mundo, resulta un tremendo misterio. Sin embargo, cuando se conoce y comprende la Condición del Samsara, la Locura cobra clara y sencilla explicación.
Sólo un loco, hace 2000 años, se atrevió a considerar la extinción total de la Condición del Samsara. No he encontrado en mi investigación ningún caso semejante. Y en esto es en lo que radica su belleza, en el hecho de ser único porque, por otro lado, es muy desacertado.
Jesús de Nazaret, según San Mateo, capítulo 6º, versículo 25, dijo:
Por eso os digo: no os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o de beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad cómo las aves del cielo no siembran ni siegan ni encierran en graneros, y vuestro padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
Destacar primero que las aves del cielo suelen morir de hambre o capturadas por depredadores, casi nunca de viejas.
El autor está sintiendo al decir estas palabras que, dada la mayor acumulación de organización en los seres atentos, debemos tener mejor destino que las aves, y no estar sometidos, como lo estamos, al hambre y la sed, sino que los seres atentos deberíamos tener alta probabilidad de vivir una vida plena hasta la vejez. Deberíamos morir de viej@s y no de hambre.
Y está en lo cierto al sentir esto. Sin embargo, está ignorando en esta expresión el Segundo Principio de la Termodinámica. Y es que, efectivamente, tenemos más valor que las aves, pero no más importancia. El espíritu es igualmente falto de compasión con los seres atentos que con el resto de las criaturas. Si no sembramos, segamos ni encerramos en graneros, moriremos de hambre sin que nada pueda evitarlo. Ahora bien, tampoco hay nada en el Universo que nos obligue a transformar esta actividad en sacrificio, realizándola con esfuerzo. No, sembrar, segar y encerrar en graneros pueden ser actividades satisfactorias y creativas.
Cuando tenía 14 ó 15 años de edad, en mi ejercicio de fantasear un mundo en el que pudiera vivir de modo real y directo, llegué a idear vagamente la sociedad sin dinero. Pensé, con la mente de un adolescente, que todos podíamos trabajar sin estar obligad@s a ello, y que yo mismo barrería con gusto las calles de vez en cuando, por poner un ejemplo de trabajo no del todo satisfactorio. Naturalmente, aún no me daba cuenta del tremendo alcance de mi fantasía, no pensé, por ejemplo, que esto sería la sociedad de la abundancia.
Lo comenté casualmente con David, único amigo con el que he podido tener conversaciones interesantes, y del que hablaré más en este libro. No importaba lo que le dijeras a David, siempre respondía “ya…”, como si ya lo supiera. Recientemente, por fin, le pregunté qué quería decir con este “ya…”, si es que lo sabía de antes. Dijo que no, que lo estaba sabiendo al decírselo yo, lo que era más soberbio todavía, pues implicaba una comprensión instantánea y completa de lo dicho. Desde luego, David comprendía muy poco, aunque, hay que reconocerlo, mucho más que la media de las personas.
Pues bien, David, después de decir “ya…”, me dijo que eso era la anarquía, dando por concluida la conversación. Esperé una explicación, pues esto era muy importante para mí. Primero, después de tantos años de educación, ignoraba por completo qué era la anarquía. Segundo, mi fantasía tenía nombre y podía investigarse. Pero David no explicó nada. Para él todo era perfectamente comprensible.
Para mí la cosa no era tan comprensible. Todo lo que sabía era que la palabra “anarquía” significa el gobierno de nadie, o el no gobierno, pero ignoraba que esto se llevase a cabo en ausencia de dinero o que tal propuesta hubiera sido hecha. Lo dudaba porque, pensaba yo, si esta propuesta hubiera sido planteada clara y sencillamente, no podía haber sido rechazada. Desconfiaba, por tanto, de l@s anarquistas.
Por otro lado, investigar me resultaba muy lejano y difícil. No lo sabía, pero me habría sido prácticamente imposible. Acababa de morir Franco, el dictador español, y la información sobre la anarquía aún no estaría disponible. Pero no pensé en esto sino, por ejemplo, en que me habían concienciado para usar las bibliotecas, pero no me habían explicado cómo hacerlo, no sabía cómo encontrar un libro, o no tenía tiempo para ello. No había costumbre de visitar las bibliotecas y no me consideraba capaz de hacerlo solo. En fin, aplacé indefinidamente la investigación.
Lo que quiero destacar de este hecho es que ela loc@, y esto es lo que le convierte en loc@, así lo escenifique en sus fantasías o no, así sea más o menos consciente de ello, siente que el sacrificio no es necesario, y está en desacuerdo en participar de él.
Entonces, el fallo en la educación que deja ala loc@ fuera del sacrificio encuentra fundamento más adelante en la realidad, al sentir que el sacrificio es absurdo.
Pero ela loc@ adolescente no comprende nada. No comprende por qué se sacrifican l@s demás y, sobre todo, no comprende, al punto de no creérselo, por qué l@s demás le exigen el mismo sacrificio a éla.
El segundo aspecto de esta incomprensión es leve en la adolescencia. Ela joven tiene un cuerpo que todavía es provisional, el de estudiante, y será juzgad@ y evaluad@ a final de curso, por lo que l@s compañer@s no se constituyen en guardias, sino que sólo ensayan para el futuro. Así, cuando en segundo de bachillerato nos pusieron la clase de gimnasia el lunes a las 9 de la mañana y yo prefería dormir hasta la hora siguiente, saltándome la clase, me sorprendí al oír a una chica que, simpáticamente, me echó en cara que ell@s hacían gimnasia y yo no. No podía comprender en qué le afectaba a ella que yo no hiciera gimnasia, sus tareas eran las mismas. Además, ella también podía elegir no hacerla, al igual que yo. Sobre todo, no comprendía en qué le ofendía a ella mi elección, por qué se sentía molesta.
El primer aspecto de la incomprensión es más evidente ya en la adolescencia. Ela joven se entrena a conciencia para su madurez, en la que tendrá que renunciar a muchos placeres y bienestares para participar en el Samsara.
Teniendo 18 años de edad, carné de conducir, y disponer de coche, propuse en la clase que hiciéramos una acampada el fin de semana en un magnífico sitio que conocía. La respuesta fue impresionante. Se apunto más de la mitad de la clase, surgieron otros voluntarios con coche, y se hicieron grandes planes. Quedaba una semana para prepararlo todo pero, en ese tiempo, fueron dándose de baja un@ por un@ con absurdas excusas hasta que sólo quedamos tres chicos.
La Locura tiene dos caras según es vista desde el tonal o desde el nagual. El tonal es el reino del cambio de actos y sentimientos. Primero aparece el sentimiento real, natural, auténtico, que es apuntarse a la acampada en función del bienestar, el placer, la diversión y la riqueza; después se cambia el acto con una excusa absurda escogida casi al azar, optando por el sacrificio, el malestar, el tedio y la miseria y, a continuación, se cambia el sentimiento: La cobardía, el sometimiento, la miseria que supone este cambio se sustituye por orgullo e incremento de la importancia personal, diciéndose a sí mism@ que es muy list@ por evitar el castigo y merecer un premio que, si no es entregado en vida, lo será después de la muerte.
Ésta es la inversión, éste es el modo en que el tonal renace y se reafirma cada vez que actúa o deja de actuar. Y esto es lo que ela loc@ no sabe hacer. Sin embargo, es imprescindible para la existencia en el Samsara, pues en el Samsara nadie sabe actuar directa y claramente. Éste es un aprendizaje que nadie ha practicado. Tod@s somos fals@s en el Samsara.
Ela loc@ se encuentra con el fracaso cada vez que actúa porque no tiene la guía del sacrificio para sus actos. Así, mientras un participante en el Samsara es genuinamente fals@, porque está de acuerdo con la falsedad y con el sacrificio, ela loc@ es furtivamente fals@. Cambia su acto, pero no pensando en el sacrificio, sino pensando qué harían otr@s en esa situación, y fracasa siempre.
En mi adolescencia, ante mi fracaso en todos mis actos y la reflexión a posteriori de cómo debí actuar, había un pensamiento recurrente: Si habría alguna posibilidad de tener todas las situaciones previstas, ensayadas, planeadas, con el fin de no verme sorprendido y obligado a la improvisación. Pero por más que lo intentaba, fracasaba.
Por otro lado, me encontraba separado de l@s demás, distante. Y es que la camaradería no es otra cosa que el compartir el sacrificio. Dos personas son camaradas en cuanto a que se sacrifican juntas y, sobre todo, en cuanto a que disfrutan, juntas también, la importancia personal que supone el sacrificio. Entonces, otra vez ocurre que el fallo en la educación que supone el hecho de que ela niñ@ loc@ no puede establecer una relación directa y sincera ni con la madre, ni con el padre, ni con l@s herman@s, encuentra fundamento después en la realidad para seguir siendo así con todas las personas que trata. Ela loc@ no puede compartir el sacrificio porque ni se sacrifica ni lo comprende.
Visto desde el Samsara, donde supuestamente sólo existe el tonal, ela adolescente loc@ yerra en todos sus actos y expresiones. Habla cuando debería callar, calla cuando debería hablar; se defiende cuando no hay motivo, guarda silencio cuando debería defenderse; descansa cuando debería apresurarse, camina cuando debería correr y, en fin, se encuentra en un lamentable estado de ser que no voy a entrar a analizar ni describir. No quiero gastar su energía ni la mía en comprender o explicar el tonal, pues el tonal está destinado a desaparecer. Por otro lado, quiero que este libro sea agradable de leer, y este asunto es extraordinariamente desagradable. Aunque tendré que contar hechos desagradables para dar a entender la Locura, éste no es uno de ellos.
Sólo decir que el sufrimiento que experimenta un@ adolescente loc@ es indescriptible, y únicamente encuentra compensación en la remota posibilidad de llegar a comprender qué está pasando. Todo el placer, bienestar, y riqueza que puede sentir es prestado por esta circunstancia: La luz crepuscular que le acompaña en todo momento.
Le acosan sentimientos de culpabilidad desgarradores con origen en el pensamiento recurrente, e insalvable mientras el éxito no llega, de que los participantes en el Samsara deben tener algo de razón para comportarse como lo hacen. Es una concesión que hace ela loc@ para poder seguir viviendo en el Samsara.
Y, sobre todo, ela adolescente loc@ experimenta la miseria que l@s demás ignoran. Cuando toda la clase se había dado de baja en aquella excursión, dos chicos, viendo el panorama, me dijeron que ellos sí irían. Pensé que lo mejor sería anular la excursión, pero cambié el acto. Sentí no ser capaz de explicar por qué no iríamos, y fuimos. Lo único positivo fue enseñarles el sitio, que en verdad era magnífico, pero mi ánimo era muy bajo por lo sucedido, y no encontraba sentido a nada. Aborrecí aquella excursión. Fue la primera vez que experimenté la miseria como algo desquiciante. Sobre todo, me sentí muy mal por fallar a aquellos dos chicos que intentaban animarme sin éxito, y a quienes, como a mí, no se les ocurrió nada que hacer para cambiar aquel sentimiento de miseria.
En ocasiones ela loc@ tiene poc@s amig@s o ningun@. Se relaciona mal e insuficientemente, se pierde la vida, por lo que tiene muy difícil la comprensión, no tiene una visión global de lo que pasa en el Samsara.
Alguien que es infeliz y no conoce plenamente el Samsara puede pensar, para consolarse, que si sus circunstancias personales fueran otras, podría ser feliz. Esto lo utiliza la publicidad: Si usted tuviera un BMW, un chalet en la sierra, dos hij@s, niño y niña, y una esposa joven y bella, usted sería feliz. ¡Cómprese el BMW para empezar!
Esto le pasa ala loc@ que no se relaciona. Piensa que si estuviese en la cumbre de la jerarquía podría ser feliz, como aparentan l@s que ostentan esas posiciones, y no puede darse cuenta de la infelicidad que inunda el Samsara.
Pero, vista desde el nagual, la Locura es completamente distinta. En el nagual se manifiesta el espíritu. La existencia y naturaleza del espíritu es lo que hace posible que surja organización en el Universo, que la organización se acumule, que preste atención a sí misma, que se crea inmortal e, incluso, que llegue a darse cuenta de la Verdad.
Si un@ loc@ llega a darse cuenta de la Verdad, entonces, todo su pasado cobra sentido como parte de la estrategia del espíritu que da lugar a su mayor manifestación: La llegada del Universo al Paraíso.
La estrategia del espíritu para un@ loc@ adolescente consiste básicamente en ver y probar todo de todo, en adquirir experiencia acerca de todas las posibilidades de la vida. Esto es evidente cuando ya sabemos que el descubrimiento de la Verdad consiste en una comprensión global del Universo. Cuanto más se conozca, mejor se comprenderá.
Pero, sobre todo, esta estrategia consiste en esperar. Cada situación presenta la posibilidad de iniciar el camino al Paraíso. Simplemente, seguir el hilo del espíritu. Por ejemplo, después de dos años de preguntarme, en el colegio, en clase de inglés, cuándo nos iban a enseñar el futuro, al llegar al instituto, la nueva profesora de esta asignatura nos dijo alegremente que no iba a explicar el futuro, sino que lo daba por sabido y pasaba a cosas más importantes. Por lo general no me atrevía a preguntar nada en clase ni intervenir de ningún modo por iniciativa propia, pero aquello era demasiado, así que levanté la mano y dije que yo no sabía hacer el futuro. Ni me escuchó, ni me respondió, sino que siguió a lo suyo. Mi compañera me lo explicó: Poner la partícula “will” delante del infinitivo sin el “to”. Enojado, pensé dos cosas entre otras. Primero, que la profesora podía haber empleado la misma energía y tiempo en explicarnos cómo era el futuro que en decirnos que no lo iba a explicar y, segundo, que aquello rompía uno de los grandes dogmas que nos habían impuesto acerca del inglés: Que el infinitivo, no es que lleve el “to”, sino que es con el “to”. Éste era un caso en que el infinitivo no llevaba el “to”.
En la inercia de aquel suceso, sentí la posibilidad de reclamar que aquella señora nos explicase el futuro y demás tiempos verbales que no nos habían explicado en el colegio como, ahora lo sé, antes no, el poco subjuntivo que tiene este idioma, y el condicional. Y que esa línea de actuación se prolongaba hasta el arreglo definitivo del mundo en un desarrollo, eso sí, larguísimo y dificilísimo y, sobre todo, sentí que, una vez puesto en marcha el proceso, no podría pararse hasta el final.
Efectivamente, esto es así. Desde cualquier punto se puede iniciar el camino al Paraíso y, una vez iniciado, no se puede parar hasta el éxito o la muerte. Esto lo siente tod@ loc@. Y tod@ adolescente loc@ siente que aún no está preparad@ para iniciarlo. Su estrategia es esperar, observando. Las probabilidades de éxito aumentan exponencialmente cuanto más tarde se inicie el viaje.
Mi hermano Luis Miguel, un año y medio mayor que yo, ha sido siempre pieza fundamental en la manifestación del espíritu por hacer dos cosas por mí. La primera, intencionadamente, la segunda, sin saberlo ni proponérselo.
Primero, mi hermano Luis Miguel funcionó siempre, en infancia, adolescencia y juventud, como una extensión de la desastrosa intromisión de mi madre en mi vida, despreciándome delante de amigos comunes, y poniéndome, por ello, en situación de desventaja en la competición reinante en el Samsara. En la primera infancia con un rechazo total que ya he contado pero, cuando cambiamos de domicilio, al cumplir yo los 7 años de edad, la situación cambió al delegar mi madre su cuidado de mí en mi hermano. A partir de entonces él no me rechazó de plano, sino que permitió mi presencia a cambio de su desprecio. Consideró los amigos comunes, que habíamos hecho juntos, como sólo suyos y compartidos conmigo.
Mi cumpleaños es a principio del verano, y mi madre propuso que celebrásemos el octavo en la calle, pues hacía buen tiempo y así no estropearíamos la casa. Para ello compró comida y bebida y dispuso todo lo necesario, como enfriar la bebida. Mi hermano me ayudó a bajar las cosas a la calle y, ante mi asombro, actuó como si el cumpleaños fuese suyo. Se anticipó a mí y repartió comida y bebida y tiró al aire los caramelos. Lo único que no hizo en mi lugar fue recibir los regalos.
Pero eso no fue todo, sino que, después, a iniciativa suya, se sinceró conmigo admitiendo que no debía haberlo hecho, y quedándose tan a gusto, como si la confesión eliminase el agravio y pudiese hacerlo cuantas veces quisiera, y sin darme oportunidad de responder o dar mi opinión.
Pero el acto recurrente en mi hermano y en toda mi familia hacia mí, iniciado y repetido una y otra vez por mi padre, era el golpe de estado, que consiste en un arranque de desprecio, enojo y odio descomunales que acaba de una vez por todas con los actos del represaliado sin opción a la reconciliación, es decir, lo anula totalmente y para siempre o, al menos, esa es su intención.
 El ejemplo más claro y efectivo se produjo cuando yo tenía 15 ó 16 años de edad. Jugaba con mi bicicleta, una bicicleta que todos envidiaban, incluso mi hermano, pues la había recibido hacía poco y era la mejor de las que había. El juego consistía en hacer andar a la bicicleta sola, corriendo junto a ella. En una de esas, la empujé por delante de mí en un error de previsión, pues no pude alcanzarla y se estrelló contra un coche aparcado. Mi hermano, de repente, se volvió iracundo contra mí. Me grito gilipollas y demás, y me exigió que dejara de jugar con la bicicleta. Su arranque duró muy poco, el tiempo justo que me llevó comprobar que la bicicleta no había sufrido daños; al ir vacía, sin peso, no se deformó en el choque.
Mi primera intención fue recriminarle a él que no tenía nada que ver con esa bicicleta, llamarle imbécil y decirle que no se las diera de hermano mayor. Pero esto era muy difícil y, sobre todo, temía que mi hermano no se diese por vencido, sino que me llevase a la humillación total, como ya había hecho en alguna ocasión y haría más adelante. Mi hermano nunca cedió ante mí en nada, ni en privado, ni en público.
Así, decidí no actuar, y noté que los demás se hacían una idea desastrosa de mí por no defenderme ante aquella situación de violación descarada y, entonces, sentí que defenderse, luchar, se hace siempre para ingresar o mantenerse en el Samsara.
Mi hermano Luis Miguel, con su desprecio, su odio y su enojo, derivados éstos de la absurda idea que tenía de mí, absorbida de mi padre, y que consistía en que yo nací muerto, me causó dos circunstancias, como digo: Primero, me privó de la vida y, segundo, me proporcionó un asiento de primera fila para ver el Samsara sin participar de él. Al ser yo su hermano, pude permanecer en el grupo siendo un pringao. De tal modo, mi estrategia incluye el haber visto cómo los participantes en el Samsara, por muy elevados que estén en la jerarquía, no son felices, y su lucha no vale la pena.
Pero mi estrategia acerca de este hermano no queda aquí, sino que es mucho más amplia.
Cuando a los 13 años de edad me propusieron los de la clase del colegio, con los que había hecho el atraco, que me uniera a ellos en una pandilla, les dije que lo tenía que pensar. A sus interposiciones respondí que yo tenía mi grupo de amigos en el barrio y que me costaba dejarlos. Pero esto no era cierto. Ellos eran todos un año mayores que yo, y se estaban desarrollando, por lo que me encontraba en una posición difícil. No, lo que tenía que pensar eran dos cosas. Primero, si yo sería capaz de tener una relación por mí mismo, sin la intervención de mi hermano, es decir, si tendría el valor suficiente para emanciparme parcialmente y, segundo, relacionado con lo primero y fundamentalmente, si mi madre y hermano tolerarían tal emancipación.
Mis temores resultaron ciertos. Cuando lo dije en casa, cosa que no debí hacer, ambos reaccionaron grotesca y groseramente. Mi madre se mostró muy molesta y disgustada por mi intención de separarme de mi hermano. Él se mostró incluso enojado conmigo por ello, pues argumentaba que quería relacionarse con amigos nuevos. Pero aquí me mantuve firme. Eran mis amigos y de nadie más. No admití a mi hermano en el grupo.
Sin embargo, meses después, entre los chicos surgió la idea de apuntarnos al grupo de boy scouts en el que estaba el viruta y, entonces, la cosa se complicó.
He de advertir en este punto que la sensación de peligro que sufre ela niñ@ loc@ se multiplica por tres o cuatro en la adolescencia. Y el peligro es real. Es el peligro de volverse loc@ propiamente dicho, recibir un diagnóstico de esquizofrenia, y ser torturad@ por el resto de la vida.
Decidí invitar a mi hermano a hacerse boy scout con nosotros. Y me he arrepentido de esta decisión toda mi vida hasta descubrir la Verdad y, con ella, que esta decisión fue realmente estratégica pues, como sentía entonces, sin comprender, mi situación habría sido tremendamente delicada.
Había que comprar material, saco de dormir, mochila, etc. Mi madre habría saboteado esta actividad, como lo había hecho antes y lo haría después, siempre que yo reclamara autonomía e independencia sin la compañía de mi hermano. Y hubo otras participaciones de los padres, como la visita de un día a una acampada de verano. Estando mi hermano, la cosa fue bien, pero de no haber estado, más valdría que no hubiesen acudido, pues ni ell@s sabían tratar conmigo, ni yo con ell@s.
El peligro estaba en que yo podría haberme dado cuenta de estas circunstancias de un modo directo y claro y, al exigir entonces mi autonomía e independencia, y resistirse ell@s, se habría precipitado la Locura, desviándome de la posibilidad de éxito general.
Mi hermano me arrebató el liderazgo en la pandilla al tomar la iniciativa y no dirigirme casi nunca la palabra directamente, me ignoró deliberadamente como había hecho siempre y, en fin, hizo con mi pandilla lo que había hecho y haría una y otra vez con todo lo mío: Recibirlo con aprecio y simpatía, seguirle la corriente un tiempo y, por último, despreciarlo y abandonarlo.
 No cuento esto por resarcirme de lo que pasó, o por reparar de ningún modo lo ocurrido sino, además de por razones estratégicas de todo el libro en función de la comprensión de la Locura, para hacer notar que la estrategia de un@ loc@ incluye el soportar desprecios, agravios y, en fin, violencias descomunales, precisamente de las personas que deberían ayudarle a integrarse en el Samsara y, sobre todo, que las personas que ejercen esta violencia jamás reconocerán ser violador@s, así las consecuencias de su violencia sean la desintegración y sufrimiento total dela violad@.
Mi hermano, unos años después, ya en el grupo de siempre, el del barrio, cuando alguien ajeno al grupo e ignorante de la situación hizo el casual comentario de que los hermanos nunca hablábamos, habló conmigo, luego, en casa. Me responsabilizaba y culpaba, calmadamente, de que no le hablara, cuando siempre fue él el que no me habló, y me preguntaba por qué no lo hacía.
En vez de enfrentarme a él con la realidad, mandarle a tomar por culo, y echarle en cara todo su desprecio hacia mí, le respondí, muy calmadamente también, con un argumento absurdo que se me ocurrió en el momento. Le dije que no quería ser el hermano de…, sino que quería ser algo así como yo mismo, aunque no sé con qué palabras lo dije. 
Él respondió con un reproche leve, y la cosa se olvidó, habiendo quedado yo como agresor y él como agredido. Sin embargo, había sido estratégico.
Pero antes de entrar a explicar a qué me llevó mi estrategia, que es a conocer al espíritu, voy a dar una muestra de la tremenda estupidez de mi hermano. Mi hermano, siempre pensé yo, era una persona normal. Y ha resultado cierto, mi hermano era y es una persona normal, en fin, un participante en el Samsara. Así, su estupidez se extiende a todos los seres humanos, incluid@s bruj@s y loc@s mientras no ha sido descubierta la Verdad.
Siendo niños, con 10 u 11 años de edad, estando en casa, de repente le dije a mi hermano, con mucha convicción, que era tonto. Lo dije tal como lo sentí en el momento, no por circunstancias particulares, sino que fue una “visión”. Esperé un golpe de estado por su parte, sin embargo, se echó a llorar como un idiota.
Un participante en el Samsara está obligad@, por su condición, a mantener en pie su absurda idea del mundo, lo que le obliga a creer en la continuidad de la hipótesis, y en la constancia de la percepción. Así, suelen desatinar. Este desatino es dramático pero, en el fondo, graciosísimo.
Caminábamos por el rastro madrileño, mercadillo que se monta los domingos. Íbamos mi hermano Luis Miguel y yo, debíamos tener 15 ó 16 años de edad, por una zona apartada, con poca gente, y vimos un trilero que jugaba con dos jóvenes. La cosa estaba muy animada y nos paramos a observar. El asunto era descarado. Los dos jóvenes estaban ganando una apuesta tras otra con el simple truco de doblar la esquina de la carta a descubrir. Hasta que el perdedor se hartó y los echó.
Yo no saqué conclusiones en ese momento. Llevaba 1.000 pesetas (6 euros) de aquel entonces en la cartera, lo que valía la apuesta, que, desde luego, no iba a apostar, porque aquello era demasiado fácil. Aquel chico era demasiado tonto para no darse cuenta de que le doblaban la carta.
Echamos a andar y, al poco, mi hermano se volvió hacia mí y se regocijó de lo listo que era por haber visto el truco, y la pena de no tener 1.000 pesetas en ese momento para apostarlas. Guardé silencio sin sacar conclusiones. No le iba a ofrecer mi dinero, ni prestado ni compartido.
Algún tiempo después, até cabos y comprendí que aquellos jóvenes y el trilero estaban compinchados para sacarles el dinero a adolescentes estúpidos y codiciosos como mi hermano, que aún seguirá pensando que perdió una gran oportunidad.
Mi padre trabajaba en una tienda en el rastro, lo que nos daba la facilidad de tener un puesto allí. Después de algunos ensayos, yo tuve por un tiempo un pequeño puesto de pipas de fumar que hacía yo mismo con madera de adelfas y, más adelante, de cinturones de cuero que también hacía yo. Esto me proporcionaba el dinero suficiente para los gastos usuales de un adolescente sin tener que pedir a nadie.
Luis Miguel también tenía sus aventuras económicas allí. En un tiempo confeccionó y vendió sandalias, también de cuero. Un día volvió contando que había conocido a un hombre que tenía algo así como antigüedades artísticas que quería vender, y le ofreció el puesto.
Al día siguiente volvió de ver el almacén de su patrón. Estaba ilusionado. Decía que allí había cosas de gran valor atesoradas por mucho tiempo. Sobre todo, había un reloj de pie que era una obra de arte, y que llevaría a una galería de subastas de gran prestigio.
Seguidamente, llego a casa con el coche, y me pidió que le ayudase a descargar y subir el reloj, pues por la tarde lo llevaría, con mi ayuda, a dicha galería.
Estábamos mi padre, mi madre y yo. Aquello era una basura, era un intento de reloj hecho de contrachapado y unos listones, pintado sin ninguna gracia pretendiendo parecer antiguo y, para colmo, el reloj en sí era de los que se usan para los relojes baratos de cocina, era de pila, y lo podían haber comprado en un todo a 100 chino de haber existido en aquellos tiempos.
Los tres intentamos advertirle de su error. Yo le dije que era de contrachapado, mi padre le destacó el fallo del reloj a pilas, y mi madre no hacía más que gestos despectivos, y repetía: Ay, hijo… Pero él no quería ceder en su ilusión y no nos dejó advertirle más, no quería escuchar nada, decía que la subasta tendría el precio de salida de 75.000 pesetas (450 €), cuando podía haberlo dejado junto a la basura y nadie lo habría querido.
El problema se complicó porque necesitaba mi ayuda para descargarlo en la galería y, naturalmente, le dije que no. Pero mi hermano no me permitió negarme, e insistió descarada y desagradablemente, bajo el silencio cómplice de mis padres, hasta que accedí de muy mala gana. Mis decisiones nunca fueron respetadas en esta familia.
Fuimos a la galería y nos recibió una señorita que, al descargar aquello, se mostró contrariada y, al mirar la maquinaria del reloj, se volvió a mi hermano e iba a decirle algo así como que aquello no encajaba con lo que ell@s trabajaban. Tenían relojes de péndulo verdaderamente valiosos allí. Pero él no le dejó hablar, aclaró algunos asuntos finales y nos fuimos dejándola con la palabra en la boca.
Para colmo, fuimos al almacén, a ver a su patrón, sin decirme sus intenciones. Allí no había nada más que basura. Lo único que se podía hacer con aquello era venderlo en el rastro a muy bajo precio. Ya mi hermano estaba de acuerdo en que lo que más valía era el reloj. Y allí estaba el señor, bien vestido, de unos 65 ó 70 años de edad, con perilla, y una sonrisa falsa. Mi hermano le pidió un adelanto para pasar las navidades, algo de dinero a cuenta por lo que sacarían por el reloj. Y el muy astuto viejo, se volvió hacia mí que, él había notado, me encontraba completamente fuera de lugar, en un absurdo, y me preguntó qué pensaba yo de eso.
Ni le dije que yo no tenía nada que ver con ese asunto, que yo no participaba de ello, ni le dije que su mercancía era basura y no valía nada, sino que le dije lo primero que se me ocurrió para salir del paso. Me dirigí a mi hermano y le dije que esperase a ganar dinero y ya cobraría, que le prestaría yo si necesitaba para las navidades. Y el viejo se volvió a él encogiendo los hombros y aceptando mi propuesta.
Cuando salimos de allí, mi hermano se volvió contra mí. Estaba blanco de ira. Empezó a decir, con ojos agresivos, que no se creía que yo hubiese dicho eso, que le había fastidiado el negocio, que ya no podría volver y, se le hundían los pómulos y se le salían los ojos al decir esto, yo creía que me iba a pegar, que no entendía de ningún modo que yo no quisiera cobrar aquella transacción.
No le dije que yo no había querido hacerlo, no le dije que esa mercancía no valía nada, sino que me callé y aguanté toda su violencia.
Una cosa muy curiosa de este suceso es cómo un participante en el Samsara, mi hermano en este caso, sabiendo en el fondo que allí no había negocio, primero insistió contra viento y marea en su hipótesis falsa para defender su continuidad y, después, tomó como excusa mi comportamiento para abandonarla sin reconocer nunca su error. Él podía haber seguido con el negocio tranquilamente si realmente lo había. Todavía hoy estará agarrado a sus absurdas conclusiones.
Aquel astuto viejo no iba a soltar ningún dinero a cuenta porque sabía que su mercancía no valía nada. Simplemente, al quedarle poca jubilación, intentó complementarla con lo que tenía, y se pasó por el rastro buscando algún pardillo que hiciese el trabajo absurdo. Y lo encontró en mi hermano, con su pequeño puesto de sandalias malas y feas.
Pero lo más significativo de este suceso es cómo el rechazo del dinero ofende sobremanera al participante en el Samsara, le saca de sus casillas, le hiere en lo más profundo. Tanto es así que el rechazo del dinero es síntoma claro y suficiente para el diagnóstico de esquizofrenia. Leyendo uno de tantos estúpidos manuales de psiquiatría que hay en el mundo occidental, ela autor@, para ilustrar su clasificación de los distintos tipos de esquizofrenia, ponía el ejemplo de un adolescente cuyo único síntoma era que, al cobrar su paga, después del trabajo, la cambiaba en billetes pequeños y la repartía entre la gente que pasaba por la acera. Asignaba a este muchacho el diagnostico de esquizofrenia simple.
El siguiente suceso es más gracioso todavía. Lo voy a contar porque fue quizá el único en el que yo quedé manifiestamente como más listo, aunque él nunca lo reconoció.
Él tenía carné de conducir y yo no, por lo que él tenía 18 años y yo 16 ó 17. Habíamos ido de escapada al pueblo de David en dos coches, el de los padres de David, que conducía él mismo, y el segundo coche de mi familia, que conducía mi hermano.
Se trataba de un pueblecito de Guadalajara rodeado de carreteras estrechas, sin pintar. Mi hermano era novato, aunque él se sentía muy hábil conduciendo. En una ocasión, yendo con él, me di cuenta de que iba tomando las curvas a la izquierda, sin visibilidad, por la izquierda, con el consiguiente riesgo de colisión. Muy calmadamente le dije: Luis Miguel, vas tomando las curvas por la izquierda, si te sale uno de frente, te la vas a pegar. No me dejó terminar, me dio un golpe de estado. Soltó un berrido diciendo algo así como: ¡Qué coño por la izquierda! ¡Gilipollas! ¡Vete a tomar por culo! Y yo me callé.
En la siguiente excursión por aquellas carreteras, un día o dos después, en la misma escapada, iba yo con David en el coche de alante, en la parte de atrás, y Luis Miguel nos seguía a cierta distancia. Creo que íbamos 4 en cada coche. Consciente del peligro que corría mi hermano por su estúpida forma de conducir y su cabezonería, miraba para atrás de vez en cuando para ver si nos seguía. En una de éstas, nos cruzamos con otro coche poco después de sortear una curva a la izquierda, y calculé que ese coche se cruzaría con mi hermano justo en ella. Incluso pensé en decirle a David que le pitara para que fuese alerta, pero no me dio tiempo, el coche avanzaba inexorable hacia la curva.
Lo vi desde lejos, justo cuando ya no me daba tiempo por la curvatura de la carretera. El coche conducido por mi hermano apareció y se paró allí. Me volví a David y le dije que parara, que diera la vuelta porque se la habían pegado. David respondió incrédulo, y yo insistí, dije: Sí, sí, se la han pegado, si te iba a decir que le pitaras cuando se ha cruzado con nosotros para que fuese alerta en la curva. David dijo: ¿Pitar?, ¿por qué? Y cuando llegamos al lugar del accidente dijo, muy sorprendido: Es verdad, se la han pegado.
El golpe había sido flojo y nadie se hizo daño. Los dos coches quedaron empotrados sin grandes desperfectos. De hecho, reanudaron la marcha después, con los morros arrugados y los faros rotos.
El conductor del otro coche quiso esperar a que llegara la guardia civil y atestiguara que él no había tenido la culpa, que su coche estaba a la derecha y el de mi hermano a la izquierda, como era evidente. En el tiempo de espera, Luis Miguel, cometiendo el error de hablar del asunto allí mismo, preguntó a David cómo es que habíamos vuelto tan rápido. David le dijo que yo le había avisado, y él, en vez de callarse y preguntar después, se volvió a mí con gesto de disgusto, agravio e ira, e inquirió cómo lo había sabido, ignorando mi advertencia anterior.
Mi primera idea fue decirle que se lo diría luego. Esto habría sido lo más adecuado, pero no me atreví a ser tan listo, a hacer una maniobra tan premeditada y de consecuencias tan imprevisibles, dado el carácter de mi hermano, así que le respondí tímidamente y en bajo, le dije: Si es que vas tomando las curvas por la izquierda, Luis Miguel.
Dado que no era el momento ni el lugar para aquella conversación, mi hermano se calló, tragándose la ira producida por la imposibilidad de reconocer su error, pues supondría su muerte, la discontinuidad de la hipótesis de que él conducía bien, y yo era un gilipollas.
Para su tormento, el conductor del otro coche lo había cogido al vuelo, y dijo a su acompañante: ¿Ves?, le han dicho que va tomando las curvas por la izquierda. Ambos comprendieron todo y se callaron para no hurgar más en la herida.
Pero la cosa no acabó aquí, sino que Luis Miguel tuvo que redactar el parte de accidente para la compañía de seguros, unos días después, ya en casa. Hay que decir que nuestro coche tenía seguro a todo riesgo y nadie tuvo que pagar la reparación. Después de redactarlo, se lo dio a leer a toda la familia, y tuvo el descaro de dármelo a leer a mí también, como si yo no supiera cómo había sido el accidente.
Cambiando mi acto una vez más, en lugar de aclararle la cosa, leí su redacción.
El documento tenía un apartado que decía: Sucinta descripción del accidente. Y daba un espacio de dos o tres líneas para satisfacer la petición. A mi hermano no le bastó este espacio, sino que añadió una hoja escrita por las dos caras. Allí contaba cosas como que era un atardecer de primavera y que le había deslumbrado el Sol, pero en ningún momento decía que había tomado la curva por la izquierda.
Le dije: ¿Tú sabes lo que significa “sucinta”? Y mientras me quitaba el parte de las manos de un tirón y me gritaba: ¡Sí sé lo que significa “sucinta”, gilipollas!, le dije: ¿Y “descripción”? Su ira fue desbordante, yo creí que me pegaba. Lo que había escrito era una completa justificación del accidente. Y así lo entregó a la compañía.
No cuento este suceso para que usted y yo nos riamos de mi hermano, sino para que l@s tres, y todos los seres humanos nos riamos de tod@s nosotr@s, incluid@s usted y yo, porque este comportamiento, esta reafirmación en la hipótesis falsa, es lo estándar. Véase, por ejemplo, George Bush y su guerra de Irak.
Si la voluntad está en primer término, y la razón es su herramienta, los actos son pruebas. Si mi hermano hubiera estado organizado así, bien podía errar y conducir por la izquierda, al hacérselo notar otra persona, habría reflexionado sobre ello y dejado de hacerlo.
Si la razón está en primer término, asumiendo la jefatura, como le ocurría a mi hermano, y le ocurre a Bush, todo acto es una apuesta, pues la razón tiene que tener razón por cojones o por ovarios. Mi hermano, una vez apostado por su forma de conducir y siendo el más listo de los seres humanos, no podía aceptar que un gilipollas le hiciera ver su error. Así que mantuvo su apuesta.
Pero las apuestas suelen perderse. La de mi hermano estaba perdida desde el principio, al igual que la de Bush. Era evidente que se la iba a pegar antes o después, y era evidente que perdería la guerra. Entonces, la razón, para mantener su jefatura, sigue reafirmándose en la hipótesis falsa. Lo que hace es poner esta hipótesis en primer lugar para todos sus razonamientos, y buscar sólo argumentos que conduzcan a ella, prohibiéndose, y pretendiendo prohibir a l@s demás, razonamientos que pudieran ponerla en peligro, resultando la realidad deformada.
El caso de mi hermano es simplemente patético. Piense en los retorcidos arreglos mentales que tendría que hacer después para aprender a conducir por la derecha sin anular su hipótesis pues, estoy seguro, antes de leer este libro, todavía sigue agarrado a su idea de que conducía bien, y su accidente fue sólo a causa de la mala suerte y, sobre todo, de que yo soy un gilipollas. Pero el caso de Bush es, además de patético, catastrófico pues, de no ser por este libro, nos llevará a la aniquilación.
Mi hermano Luis Miguel, con su estúpida tiranía, me proporcionó las circunstancias adecuadas para que pudiera conocer al espíritu.
Los participantes en el Samsara apenas tienen oportunidad de conocer al espíritu. Conocen la palabra, pero no tienen ni idea de lo que significa. L@s bruj@s antigu@s aprenden a manejarlo, pero piensan que no se puede definir o hablar directamente de él. Y, sin embargo, lo único que separa a participantes en el Samsara y bruj@s antigu@s del espíritu es el esfuerzo.
Las drogas siempre, con la única excepción de los psicodélicos, han sido utilizadas directa o indirectamente para reforzar el Samsara. Bien directamente como la hoja de coca para aumentar la capacidad de trabajo, bien indirectamente por sus efectos medicinales para que las personas puedan volver al trabajo. Así, las drogas han formado parte de la cultura, y las personas han vivido mejor o peor, han muerto antes o después, pero consumiendo drogas.
A finales del siglo XIX y principios del XX, en las sociedades modernas, comenzó a destacar el uso lúdico de las drogas. Se tomaban para divertirse, sentir placer y adquirir conocimiento, elementos subversivos, pues ponen en peligro la continuidad del Samsara. Entonces, las drogas fueron prohibidas, una tras otra, en el plazo de medio siglo.
Una prohibición implica un sacrificio directo. La prohibición de circular a más de cierta velocidad impone la renuncia a probar la propia habilidad; la prohibición de las drogas impone renunciar a la diversión, placer y conocimiento que producen. Entonces, el efecto subversivo de las drogas se multiplica por veinte, pues no sólo se experimenta diversión, placer y conocimiento, sino que se está haciendo un paréntesis en el sometimiento y sacrificio general que exige el Samsara: Mientras dura el efecto de la droga, no hay obligaciones que atender.
La Condición del Samsara es un tremendo yugo sobre nuestras espaldas. Un@ niñ@ tiene encima la preocupación constante de hacer los deberes, que le recuerdan sus padres; un@ adult@ tiene mil preocupaciones, por el trabajo, pagar las letras, etc.; un@ adolescente es continuamente puest@ a prueba en absurdos exámenes. Quien no consume drogas renuncia al alivio temporal de su yugo, o su cruz, y no admite que otr@s eludan esta renuncia que exige la prohibición porque, entonces, se haría evidente que está haciendo ela tont@. Aquí comienza la lucha contra las drogas.
Hay que decir aquí que el consumo de drogas tiene sus riesgos. Como todos nuestros actos, el consumo de una droga puede ser la causa de nuestra muerte, o de alguna mutilación grave. Sin embargo, estos riesgos se multiplican por 100 cuando están prohibidas, pues esta condición provoca que las drogas se vendan sin garantías de calidad e higiene, y sin dosificar, en su caso.
Pero el riesgo fundamental que se corre al consumir una droga ilegal es salir rechazad@ del Samsara, es decir, perder trabajo, familia y amig@s, pues ela consumidor@ de drogas es perseguid@, discriminad@ y castigad@ para que el que no las consume pueda seguir pensando que es el ser humano más list@ del mundo, y diga: ¿Ves?, las drogas son malas, se acaba perdiendo todo. Cuando ha sido su actitud la que ha provocado la pérdida, y no las drogas.
Por eso las drogas resultan carísimas, cuando realmente son baratas. La lucha consiste en poner el consumo de drogas lo más difícil posible, y perjudicar en la mayor medida a l@s consumidor@s.
Después de esto, la lucha siempre incluye una búsqueda de retorcidos argumentos que justifiquen la lucha. Así, la lucha pretende justificarse a sí misma con argumentos como los supuestos efectos adversos de las drogas a largo plazo. Bien que pueda haberlos, nadie se preocupa por ellos cuando una droga es aplicada para controlar el comportamiento de un@ niñ@, o para proporcionar el sufrimiento correspondiente a un@ loc@. En fin, las drogas son buenas si se usan para ordenar, pero muy malas si se usan para desordenar.
En Estados Unidos, y extendiéndose al resto del mundo, se suministra a l@s niñ@s hiperactiv@s una droga semejante a la cocaína, que produce los mismos efectos, sólo que menos marcados y más dilatados en el tiempo, para poder educarl@s. Sin embargo, las mismas personas que hacen esto, contemplan con horror que un@ adolescente tome la misma droga para divertirse, y se acuerda de que podría hacerle daño a largo plazo.
Lo que ocurre a largo plazo es que ela consumidor@ se agota de tanta furtividad, y empieza a pesar sobre éla la persecución. En este punto se acusa ala consumidor@ de paranoic@, cuando la persecución es real. Cuando la persecución es real, ela enferm@ no es ela perseguid@, sino ela perseguidor@. Incluso una droga inocente, como pueda ser la cocaína, dada la persecución, a largo plazo puede provocar el descenso del espíritu, y el sujeto se vuelve loc@ propiamente dicho. Pero lo más frecuente es que ela consumidor@ se arrepienta de su osadía de consumir drogas y vuelva al rebaño, para lo que necesita someterse a un régimen disciplinario, un plan de recuperación de drogodependientes. Como la forma de ingresar, la forma de volver al Samsara es el sacrificio.
Está comprobado, en el país más avanzado del mundo, Holanda, que la droga que resulta más incapacitante, más excluyente, más marginante, debilitadora y asesina, siendo perseguida, es una dulzura sin más consecuencias que el placer y el conocimiento, aparte de la dependencia, si se suministra gratis, con higiene y dosificada. En tal caso, l@s consumidor@s llevan una vida normal y saludable, incluso vuelven a trabajar, sólo que tienen que consumir heroína por el resto de su vida. Pero esto no será un problema en el Paraíso, en el que tendremos heroína para todo el que la quiera. Es más, esto no es del todo cierto, pues quien realmente quiere dejar la heroína puede hacerlo sin grandes consecuencias. Dejar la heroína se convierte en un calvario sólo cuando lo cierto es que no se quiere dejar, sino que el sujeto está presionado, coaccionado, obligado a dejarla.
Para un@ adolescente las drogas ofrecen dos cosas. Primero, un alivio temporal en el esfuerzo que exige el Samsara y, segundo, una solución a su encuentro con la miseria del Samsara. Bajo el efecto de algunas drogas, los juegos que se perdieron con la infancia vuelven a tener atractivo, a la vez que surgen otros nuevos. El aburrimiento es espantado mientras haya drogas nuevas que probar.
Otro asunto son los psicodélicos. Los psicodélicos han sido usados tradicionalmente para la búsqueda espiritual. Y es que el efecto de los psicodélicos es mover el punto de encaje, lo que supone una excursión al nagual.
Si el nagual, llegado cierto desarrollo tecnológico, es el Paraíso, podría pensarse que el tomar psicodélicos es el camino al Paraíso. Y así sería de no ser por la resistencia del tonal. En vez de esto, tomar psicodélicos constituye el camino del conocimiento, que consiste en encontrar la fórmula para acabar de una vez por todas con la resistencia del tonal, es decir, encontrar la Verdad y la revocación de la Condición del Samsara.
Vivir en el nagual requiere un aprendizaje que el tonal no permite realizar. Y este no permitir ocurre utilizando la miseria como herramienta. Ela adolescente es sometid@ a una miseria desquiciante. Precisamente, con la excusa de que se drogaría, es privad@ de un local donde reunirse. Tiene que estar en la calle haga frío o calor o llueva y, para colmo, no puede drogarse en sus lugares habituales de reunión, pues sería descubiert@, sino que tiene que esconderse, ser furtiv@.
Estas circunstancias hicieron que mi encuentro con el cannabis fuese más bien desastroso.
Un día, el huevo trajo la noticia de que otros grupos fumaban tate, una droga que no producía dependencia. Nuestra ignorancia con respecto a las drogas era completa. Estuvimos un tiempo probando distintas posibilidades, como fumar te, manzanilla, y hasta hebras secas de plátano, que decían que colocaban. Sólo conseguimos mareos y dolores de cabeza.
Y llegó el gran día. Reunimos entre todos 100 duros, la cantidad mínima que se vendía entonces, y trajeron la droga que, ya sabíamos, era hachís, la conocida droga ilegal. Nos fuimos al campo, y allí, el huevo, que era quien mejor había  aprendido a liar los porros, comenzó a manipular aquello mientras los demás, sentados en corro, seríamos 8 ó 10, observábamos con descarada curiosidad el proceso. Algunos, para no perder ni un ápice de la cara sustancia, pusieron sus manos extendidas bajo las del huevo, por si éste cometía la torpeza de dejar caer una chinita.
Pasamos el porro a tres caladas hasta que se acabó. El huevo lió otro y otro más. Cuando hubimos fumado tres, todos advertimos que ya estábamos colocados. El problema era que estábamos en el áspero campo, escondidos, y teníamos que desplazarnos hasta uno de nuestros lugares habituales de reunión.
A veces el cannabis produce una bajada de tensión. Es lo que se conoce como el muermo. El muermo no tiene ninguna importancia si se tiene un sitio donde tumbarse con comodidad. Sin embargo, es terrible cuando se tiene que caminar, se hace imposible, costosísimo.
Mis primeras experiencias con hachís están marcadas por el muermo y la miseria de tener que caminar después de fumar pero, sobre todo, están marcadas por la sensación de quedar completamente fuera del Samsara. No podía participar del grupo en lo más mínimo. Bajo los efectos del hachís se hacía evidente para mí que no era nadie, y que estaba separado de l@s demás por un abismo.
Sin embargo, cuando por fin me sentaba, aunque seguía con la tensión baja por un tiempo, me daba cuenta de que mi pensamiento era mucho más profundo que de costumbre, que sabía las cosas con una certeza que antes no había, y que lo que sentía era la realidad. Además, siempre había ansiado comprender qué estaba pasando, ansiaba una comprensión global del mundo; sentía que no podía eliminar una parte del mundo tan importante como son las drogas. Sin ellas, el mundo carecería de sentido. Así que seguí fumando hachís y probando otras muchas drogas.
Mi suerte cambió en poco tiempo. Uno de nosotros conocía a un amigo cuya madre tenía un piso desocupado y sin arreglar en el barrio. Por fin disponíamos de un lugar donde reunirnos.
No había muebles, nos sentábamos en el suelo, pero aquello fue fantástico. Podíamos fumar hasta hartarnos sin tener que caminar después, y escuchar música. Allí empecé a conocer la música que se estaba haciendo por esos tiempos, finales de los 70, principios de los 80, la que ha resultado ser la mejor música de la historia de la humanidad. Me causó especial sensación The dark side of the moon (La cara oculta de la luna), de Pink Floyd, ya citada en este libro.
 En aquellos emborrachamientos de hachís, suficientemente cómodo, y sin entender en lo más mínimo las letras, pues el inglés que nos enseñaban en el colegio e instituto no nos servía para comprender el inglés real, se coló en mi mente la idea de que esas canciones debían significar algo verdaderamente relevante para la comprensión del mundo.
Llegué a sentir el bienestar que puede producir el cannabis en ese piso, pero la aventura no duró mucho. Pronto comenzaron las protestas vecinales, aunque molestábamos bien poco: La música no estaba alta y nos íbamos pronto, a excepción de una ocasión en que los músicos del grupo alquilaron unos amplificadores, pero eso sólo fue una vez.
No importa lo que se utilice de excusa, si las drogas, el descanso, o cualquier otra, lo que subyace detrás de toda persecución es la Condición del Samsara. El pretender que el propio sacrificio valga incluye la exigencia de que l@s demás tienen que sacrificarse. Así, toda manifestación de bienestar gratuito es perseguida por principio. La técnica de l@s perseguidor@s es prohibirlo todo y, después, tolerar la violación de las normas para hacer posible la convivencia. De este modo, en caso de conflicto, el sacrificio siempre gana la partida, y la miseria se impone.
Un ejemplo muy claro de esto es lo que está pasando en España con el botellón. L@s jóvenes, en su pobreza, se reúnen en la calle a beber y fumar, y distraerse un poco de sus quehaceres en los estudios o el trabajo. El problema es que hacen ruido y ensucian las calles con su orina y su basura. Para colmo, lo hacen hasta las tantas de la madrugada, de manera que allí donde se juntan, no duermen l@s vecin@s.
La respuesta de las autoridades, después de muchos años de broncas y denuncias, ha sido prohibir beber en la calle.
Naturalmente, esta ley es imposible de cumplir, pues conduce a la miseria más absoluta. Reduce la vida dela joven a la asistencia a clase, estudiar, comer y dormir. Si sustituimos la asistencia a clase y el estudiar por trabajar, tenemos la vida de casi todo participante en el Samsara, si le sumamos la diversión que pueda permitirse con su sueldo. Pero ela joven no puede someterse a esta miseria, no por el momento, hasta que adquiera un cuerpo definitivo. Así tenemos el enfrentamiento, la lucha, las batallas entre juerguistas y policía.
Sin embargo, el problema tiene fácil solución si, tan sólo, se tolera la diversión de l@s jóvenes: Construir una sencilla zona para el ocio en algún lugar donde no moleste a nadie, bien comunicada, y donde l@s jóvenes y tod@s l@s que quieran utilizarla dispongan de los servicios precisos para hacerlo.
Pero esto no se le ocurre a nadie en el Samsara porque nadie admite como posibilidad que alguien se divierta gratuitamente. Mucho menos si para ello se droga.
A l@s niñ@s se les permite divertirse en su tiempo libre. Sin embargo, a l@s adolescentes se les presiona para que abandonen la diversión y se incorporen al sacrificio. En esta ocasión las protestas vecinales eran todavía tímidas, pero ocurrió un suceso que precipitó la situación.
Cuando salíamos, en una ocasión, entre juegos de adolescentes, uno rompió un cristal del portal. Ante mi asombro, todos salieron corriendo, y yo detrás para no quedar solo. Cuando volvimos, las vecinas nos estaban esperando y nos acusaron de lo que todos sabíamos, que habíamos roto el cristal.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Aquellos imbéciles estaban negando la evidencia para no pagar un cristal que no era grande ni caro, podíamos haberlo pagado entre todos sin ningún esfuerzo. La discusión se acaloró y se agarraron a un clavo ardiendo, al error de una de las vecinas al calcular la hora en que sucedió el accidente, y nos fuimos dejando el asunto en pésima situación para nuestra continuidad en las visitas a aquel piso.
Cuando nos íbamos, no pude evitar decir que podíamos haber pagado el cristal entre todos. La respuesta fue de enojo y reprobación por siquiera mencionarlo.
Naturalmente, al siguiente fin de semana, el dueño del piso anunció que las vecinas habían hablado con su madre, y que ya no nos dejaría la llave.
Aquel grupo de adolescentes había perdido su único y preciado lugar de reunión por mantener su orgullo, y aquellas vecinas se habían librado de nosotros por el precio de un cristal. Y volvimos a fumar en la dura calle, y a caminar después de hacerlo.
Este suceso refleja cómo la miseria es una condición que los participantes en el Samsara reclaman para sí mism@s por la inercia de mantener su vida, la continuidad de su hipótesis. Y que lo hacen de la manera más estúpida, justificad@s por su enojo, y con la excusa de mantener su orgullo.
El aburrimiento nos pisaba los talones. En la calle, sin nada que hacer, el hachís se antojaba conocido y escaso, y era preciso probar otras drogas más fuertes.
Llegó a nuestros oídos la existencia de los tripis envuelta en la mayor ignorancia. No teníamos ni idea de lo que era aquello. Lo llamaban también ácido, pero eso no ayudaba. Contaban que alguien, sin consumirlo, tenía que prestar asistencia a l@s viajantes, pues producía distorsiones de la realidad que a veces resultaban insalvables e irreconocibles, como confundir una carretera con un río. La cosa no llegó a tanto.
Mi primera excursión auténtica, clara y decisiva al nagual tuvo lugar en nochevieja. El huevo, el coco, y yo pillamos una estrellita roja de cinco puntas y la cortamos en tres porciones, lo que, decían, era suficiente.
El problema de disponer de un sitio donde reunirnos se hacía exasperante en nochevieja, pero este año, el huevo dispuso de la casa de sus padres para los que íbamos a comernos el tripi, unos pocos allegados y las chicas.
Después de las uvas, nos reunimos allí, nos fumamos unos porros y nos comimos el tripi. El ambiente era bueno, y el efecto no se hizo esperar. No voy a entrar a describir un viaje de LSD porque no tiene sentido describir el nagual. Lo único que vale aquí es la propia experiencia, es decir, si usted quiere saber qué se experimenta bajo los efectos del LSD, tendrá que probarlo por sí mism@. No hay otro modo.
Lo que yo experimenté fundamentalmente en aquella ocasión fue la risa dela bruj@. Una risa fuera de control que era como una vibración en el pecho que no podía pararse. Todo era tremendamente gracioso. Únicamente he encontrado descripciones de esta risa en el reportaje de Carlos Castaneda. Sólo un@ bruj@ se ríe así.
Después vinieron muchos más tripis. Al principio fueron muy divertidos, pero pronto se convirtieron en una rutina. La miseria que soportábamos se hacía evidente sobre todo en invierno, cuando no teníamos dónde meternos.
Lo único positivo de todos estos tripis fueron las bajadas. Ya he dicho que el efecto fundamental de los psicodélicos potentes es la puesta a cero de la idea del mundo. La bajada de un tripi es el retorno al tonal, en el que se reconstruye la idea del mundo partiendo de cero. Es un proceso, por lo general, muy placentero, en el que se experimenta una gran paz y tranquilidad, y se dispone de una asombrosa profundidad de pensamiento, las ideas son claras como el cristal.
La idea central que se repetía en mis bajadas era que tenía que seguir estudiando, no abandonar por completo los estudios, sino persistir a pesar de las dificultades. No sabía por qué, pero estaba relacionado con mi intención furtiva de cambiar el mundo. Pensaba que el mundo había que cambiarlo desde dentro y, para estar dentro, había que estudiar hasta los últimos escalones. Por otro lado, no tenía otra cosa que hacer, y en el Samsara hay que hacer algo, hay que tener cuerpo, sea definitivo o provisional.
Pero, a pesar de toda aquella miseria, toda aquella desinformación, toda aquella ignorancia y toda aquella persecución, aún hubo un pequeño espacio para el incremento de la conciencia.
Las primaveras y veranos nos reuníamos en el parque, al igual que otros grupos del barrio. Allí hubo intercambio de experiencias y conocimientos, fundamentalmente, acerca de las drogas. Y nos llegaron allí ecos del movimiento hyppie, del que nunca nos habían hablado en clase, ni en casa. Por ejemplo, apareció, sin saber de dónde, una ficha informativa de las drogas. Por primera vez en mi vida tenía acceso a información sobre las drogas que no llevaba implícito o explícito la obligación de no consumirlas y, así, resultaba valiosísima. Esta ficha clasificaba las drogas en estimulantes, depresores y psicodélicos, aunque no recuerdo qué término usaba para los últimos, decía cuáles producían dependencia y cuáles no, y describía los efectos que producían sobre una araña al tejer su tela.
Con opiáceos, la araña se quedaba dormida sin tejer nada, con anfetaminas, se perdía en detalles construyendo una tela incoherente y caótica que no servía para su cometido pero, con LSD, la araña se recreaba en su trabajo, construyendo una tela perfecta.
Con aquella nueva información, sabiendo que era LSD lo que tomábamos y lo que se podía esperar de ello, hice una escapada de una semana a Benidorm con cuatro o cinco colegas de otro grupo. Llevábamos hachís en abundancia y dos tripis para cada uno; unos micropuntos naranjas y unos californianos.
El primero estuvo bien, pero el segundo dejó toda la miseria suspendida. Caminar desde la cala hasta el centro del paseo marítimo haciendo y fumando porros se convirtió en algo muy placentero en aquella subida. Pasamos por una terraza donde interpretaban música en directo, y sonaba a gloria. Desde el mirador podía observarse la playa con reflejos de las luces en el agua. Estaba alucinando, los colores de los reflejos no coincidían con las luces reales. Bajamos a la playa. Allí dibuje en la arena un gran gin gan, figura que rotulaba muchos de los tripis que comíamos. Ante mi asombro, salió perfecto. Después dibujé una enorme tela de araña, y también salió perfecta. Jugué con las olas que apenas medían 30 centímetros, a mí me parecían enormes. En fin, sentí con aquel californiano una paz, tranquilidad y bienestar, unidos a un poder sobre mi propio cuerpo y el entorno, que no podía haber imaginado antes ni en mis más locas fantasías.
Estas pocas experiencias fueron suficientes. Un participante en el Samsara queda impresionado, si es que llega a tenerlas o darse cuenta de ellas pero, al poco, se encuentra descartándolas como algo sin valor, y las echa al montón de lo que incrementa su orgullo y su importancia personal. Cínicamente, le horroriza que sus hij@s puedan tener experiencias semejantes, pues les alejarían del Samsara. En fin, sacrifica su conocimiento y bienestar para mantenerse dentro del Samsara. Sin embargo, para un@ loc@, estas experiencias son una muestra de lo que ha ansiado toda la vida, son un atisbo del espíritu. Son realmente conocer al espíritu.
Así como el Universo se desordena, el conocimiento se incrementa. No se puede volver atrás en el conocimiento como no se puede ordenar el Universo, es decir, no se puede ignorar algo que ya se ha comprendido. Una vez que se prueba el bienestar, no puede ya olvidarse. Por esto, todo el esfuerzo de la educación está invertido en que ela alumn@ no conozca el bienestar y, para ello, se le exige un esfuerzo continuo. Por esto, también, el mensaje de las autoridades respecto a las drogas es claro y escueto: Simplemente di no. Esta frase de apariencia tan inocente e inteligente encierra toda la ignorancia del Samsara: La defensa de la continuidad de la hipótesis a base de cancelar la percepción de aquello que podría ponerla en peligro, es decir, la censura. ¿Cómo se le puede decir a un@ adolescente, o a un ser atento en general, que no investigue, que no averigüe, que no comparta información acerca de cualquier asunto en este Universo?
Aunque no sabía cuándo, ya sabía qué y dónde buscar. Esto no estaba nada claro en mi mente. Simplemente, sentía que alguna vez tendría que investigar, por ejemplo, el significado de la película The Wall (El Muro), de Pink Floyd. La había visto en medio del desatino del Samsara, en una sala en la que los subtítulos quedaban ocultos por las cabezas de los de alante, como suele ocurrir en todos los cines. Así, no pude enterarme realmente de nada pero, en imágenes, había visto la rebelión de l@s niñ@s, fantaseada por Roger Waters como yo la había fantaseado incontables veces en mi infancia.
Conocer al espíritu es saber que existe un mundo de placer y bienestar. Y no importa cómo se haya adquirido este conocimiento, pues todos los medios pertenecen al Universo. Bien que el participante en el Samsara admita que con las drogas se pueden conseguir estados de placer y bienestar, considera este medio ilegítimo, y los estados falsos. Sin embargo, los seres atentos somos el Universo en su Totalidad, no se acaba nuestro ser en nuestra piel. Las plantas de poder no son externas a nosotr@s, son organización acumulada que al interactuar con la organización acumulada dentro de nuestro cuerpo, en la desordenación, producen más organización en forma de placer, bienestar y conocimiento. Despreciar esto es despreciar al espíritu.
Aquella época terminó cuando muchos de los participantes tuvieron que irse a la mili. De todos modos, el asunto estaba acabado. Habíamos probado todas las drogas que había a nuestro alcance excepto la temida heroína. Unos pocos, a iniciativa mía, probamos la morfina, comprada en farmacia con receta falsa, e inyectada con todas las garantías de higiene. Nos alcanzaba de nuevo el aburrimiento y, sobre todo, la Condición del Samsara con su exigencia de sacrificio.
Seguí con los estudios y, por los pelos, llegué a la universidad. Allí conocí a un nuevo grupo de amigos que no se drogaban excepto con alcohol los viernes, después de las últimas clases de la semana, y en las fiestas, y con los que atravesé una época de descanso respecto a las drogas que resultó muy interesante.
No hay nada como ser estudiante. Lo único que se le pide es aprobar de vez en cuando, avanzar en los estudios. Y esto no es muy difícil cuando se estudia lo que gusta aprender y cuando se tienen amigos que proporcionan información valiosísima acerca de lo que puede o no caer en los exámenes. Por lo demás, aunque se disponga de poco dinero, las diversiones baratas son las que más se disfrutan. Se pueden hacer fiestas si hay dónde, y teníamos la casa de Ricardo, que llamábamos Ricardo´s, que vivía, mientras estudiaba y trabajaba, en la segunda casa de su tía, subarrendando habitaciones. Se pueden hacer escapadas a los chalets de los padres de los amigos si se dispone de vehículos, pues ya se puede conducir. En fin, la vida de estudiante universitari@ es en la que menos se sufren los rigores de la Condición del Samsara pues, bien que ela estudiante tiene que esforzarse a veces, lo hace bajo su propio criterio. De hecho, el de estudiante es un cuerpo provisional.
Cabe destacar una escapada que hicimos cuatro de nosotros a la Adrada, donde los padres del pitufo tenían un chalecito. Fuimos en la furgoneta que aportaron mis padres y yo conducía, Joaquín, Chema, el pitufo y yo. Joaquín era muy participativo, de hecho era, o se sentía siempre, el protagonista de todos los sucesos y, en el chalet de sus padres, en Miraflores, hicimos muchas y grandes fiestas. Chema era un metrosexual que siempre iba a la moda y le encantaba tomar el sol. Cuando comenzaron a usarse  las camisas rosas, él fue de los primeros en llevarla. Y el pitufo era bajito, de ahí su apodo, era de derechas y un poco nostálgico de Franco, pero simpático y buena persona, tanto que se prestaba a todo tipo de bromas.
El sábado por la mañana fuimos a buscar setas y tuvimos bastante éxito. Ninguno conocíamos a penas las setas, pero el pitufo había leído un libro sobre el asunto recientemente y creyó identificar algunas, o al menos decía que no eran venenosas. Los otros tres comimos las que sabíamos eran boletos y ninguna más, pero el pitufo comió de otro tipo que no estaba nada claro qué setas eran.
Por la tarde, Chema quitó el micrófono del teléfono y, casualmente, sacó el tema de la chica del pitufo, si le iba bien la relación y tal, e insistió en ello, con nuestra complicidad, hasta que le desafió a que la llamara. Él aceptó el desafío y la llamó.
Estábamos fuera, en el jardín, cuando el pitufo empezó a decir: ¿Silvia?... ¡¿Silvia?!... ¡¡¿Silvia?!!... Pasó un momento y salió disimulando, como si no hubiera llamado, reconociéndolo después. Nosotros también disimulamos, aunque nos partíamos de risa por dentro, y decíamos que no había llamado realmente, que lo había fingido. En ese trance, comenzamos, a iniciativa de Joaquín, a sugerir que las setas que había comido eran alucinógenas, y empezaban a hacerle efecto.
Chema insistió en desafiarle a que llamara, negándose éste. Entonces, él mismo llamó a Silvia. En un descuido había puesto el micrófono, y habló con ella como si la llamara desde su propia casa por un asunto distinto, ante el asombro del pitufo, quién escuchó la voz de su chica.
La cosa no acabó ahí, sino que Chema volvió a quitar el micrófono y a desafiarle a que llamara, y el pitufo gritó de nuevo ¿Silvia?... ¡¿Silvia?!... ¡¡¿Silvia?!!...
Volvimos a acusarle de alucinar o de mentir, y Chema insistió en que llamara, advirtiéndole esta vez que comprobaría que había esperado la señal y marcado correctamente. En esta ocasión cogió el teléfono el padre de Silvia y, según contó el pitufo muy apurado mientras nosotros nos partíamos de risa, le había llamado hijo de puta.
Pasamos el resto de la tarde y la noche intentando volver loco al pitufo con el argumento de que eran las setas pero, aunque no sabía qué había pasado con el teléfono, se mantuvo firme. Eso sí, tardó un año en enterarse de lo que había pasado, y otro año más en creérselo. Cuando por fin se convenció de que había sido un truco tan simple, nos recriminó por haberle arruinado el ligue, pues no se había atrevido a volver a llamarla.
La adolescencia y juventud de un@ loc@, mientras aún no desciende el espíritu sobre éla, es un ir dándose cuenta de cómo es el Samsara. También ocurre esto para un participante en el Samsara, sólo que, mientras ela últim@ se siente orgullos@ de este conocimiento y de aprender a manejarlo, y su enojo es debido a que l@s demás no se esfuerzan lo suficiente, o no le reconocen suficientemente su esfuerzo, ela loc@ se siente asquead@ de este conocimiento y no aprende a manejarlo en lo más mínimo, y su enojo tiene que ver con el otro gran atractor del Universo, el verdadero. Ela loc@ se enoja porque l@s demás esquivan hacer lo que nos beneficiaría a tod@s en términos de satisfacción del desafío al Segundo Principio de la Termodinámica, que incluye el placer, la diversión, la alegría, etc.
Yo tenía, y todavía me queda un poquito de él, un enojo tremendo con la publicidad, especialmente la televisiva. Pensaba y pienso: ¿Por qué tenemos que estar sometidos a un bombardeo tan insano de mentiras, informaciones sin valor y chistes malos, con lo que supone de derroche insalvable de tiempo y energía? Ahora que sé de cierto que no hay razón para ello me siento mucho más tranquilo, aunque todavía no he dejado de sufrirla.
Cuando se acercaba el final de la carrera universitaria, tuve mis primeros encuentros con la Condición del Samsara, es decir, fui testigo de cómo mis compañeros de estudios pretendían hacer valer su sacrificio.
Mi primera muestra de la Condición del Samsara fue en la infancia. El recuerdo es muy vago. Básicamente, estábamos el grupo en el colegio, fuera de clase, y había una instrucción del maestro que no nos gustaba nada. Me atreví a proponer no hacer caso al maestro, en tono reivindicativo. Realmente, y era consciente de ello, estaba iniciando la tan deseada, para mí, rebelión de l@s niñ@s. Todos bajaron la cabeza y, creo que fue Serrano, en tono sumiso, quien habló por el grupo diciendo que había que hacer lo que dijese el maestro, con lo que la rebelión quedó sofocada en su comienzo por la aceptación de la Condición del Samsara.
La postura ante la Condición del Samsara evoluciona a lo largo de la vida. En la infancia se acepta el sacrificio, en la adolescencia se aguanta un poco más, y en la juventud, cuando se está a punto de asumir un cuerpo definitivo, el participante en el Samsara exige el valor de su sacrificio. El modo de hacer esto, ya que el sacrificio realmente no vale nada, es defender que quien quiera llegar a donde éla ha llegado en la jerarquía, tendrá que sufrir las mismas penalidades que éla ha sufrido. Esto es justicia.
Ela loc@ mantiene la ilusión, durante toda su vida, de que esto no es así, sino que tod@s cumplimos con los requisitos del Samsara por estar obligad@s, pero no lo haríamos en caso contrario. Es muy duro comprobar que las personas con las que se comparte la vida se sacrifican a modo de inversión. Y es muy desagradable y confuso experimentar asco hacia las personas cuando se descubre esta realidad.
Eusebio era un ejemplo de tonal seguro de sí mismo. Sentirse segur@ de sí mism@ no es más que estar segur@ del propio sacrificio, es decir, la seguridad en sí mism@ se consigue sacrificándose a propósito como inversión, cuando alguien más reconoce ese sacrificio, especialmente los padres. Eusebio estaba tan seguro de sí mismo que, mientras los demás se mostraban ambiguos y silenciosos respecto a la Condición del Samsara, él la aplicó descaradamente en más de una ocasión.
Salió casualmente el tema de las drogas, si se podían consumir en el trabajo. Eusebio no tenía dudas. En el supuesto de sorprender a un@ emplead@ suy@ fumándose un porro en horas de trabajo, le despediría sin más discusión. Su argumento, que le pagaría por trabajar, no por drogarse. No atendía a ninguna otra consideración.
Me mantuve al margen en esta conversación, sintiendo asco y sin comprender. Ahora sé que Eusebio hacía un sacrificio tremendo al no fumar hachís, y quería rentabilizar mágicamente este sacrificio al provocar consecuencias dramáticas para quien lo consumiese.
En otra ocasión sí estuve implicado en la conversación pues, ante la inminencia de la mili, yo mismo saqué el tema en varias ocasiones para recabar corroboración ordinaria de la violación que supone el servicio militar obligatorio. Tod@s bajaban la cabeza y callaban salvo algunas recriminaciones tímidas hacia mis quejas. Eusebio no se cortó, aunque no se dirigió a mí al hablar, sino mostrándome la espalda. Argumentó, simplemente, que él había hecho la mili. Había pringado un año y exigía que los demás pringasen del mismo modo para justicia general.
Pero el mayor tumulto de enojo y desconcierto lo provoca el padre dela loc@. Ya dicen l@s antipsiquiatras que ela loc@ evoluciona de niñ@ buen@ a adolescente mal@ y a joven loc@.
Desde la primera vez que ela loc@ reclama la aceptación del padre, y éste l@ rechaza, ela niñ@ queda intentando una y otra vez superar la prueba imposible que se le ha presentado. Pero con lo que no contaba el padre era con que ela niñ@ creciera. Al llegar la adolescencia, ela niñ@ se va haciendo más consciente, y el padre intenta compensarle. No es que se sienta culpable, sino que busca una coartada, busca ejemplos que prueben, tanto a él, como a l@s observador@s, como ala niñ@, que él sí realmente acepta a su hij@.
Teniendo yo 14 ó 15 años de edad, y sabiendo mi padre que andaba buscando algo que vender en el rastro para tener un poco de independencia económica, me embarcó en el proyecto absurdo, como todos sus proyectos, de fabricar faroles.
Con mucha habilidad y mucho trabajo, había hecho unos utensilios para cortar chapa, doblarla, envolviendo cristales previamente cortados en triángulos, para soldarlos con estaño y hacer figuras geométricas que sirvieran de farol. He de reconocer aquí que tenía realmente habilidad mecánica, y que en infancia y adolescencia me enseñó mucho de ella.
Con ilusión, me dispuse a realizar el proyecto de mi padre, que me prestaba atención como muy pocas veces en mi vida. Trabajé duro durante mes y pico para hacer un solo farol. Aquello tenía un trabajo espantoso, habría que venderlo como si fuese de oro o tuviese música para que fuese rentable. Por otro lado, era feísimo y sucio y, para colmo, mi padre no había pensado ni cómo poner la bombilla.
Lo gracioso es que toda la familia excepto mi madre me responsabilizó a mí del fracaso, incluido mi padre, que se hizo el listo y culpó al diseño y la realización, como si yo hubiese trabajado poco y mal, cuando sólo estaba haciendo una prueba. Mi madre sí le recriminó por embarcarme en un proyecto sin sentido.
En este juego absurdo de compensación, el padre dela loc@, así como toda la familia, considera a éste como muy inteligente. Y razón no les falta, pues la inteligencia es como un músculo, se desarrolla con el ejercicio, y ela loc@, al estar sol@, hace mucho ejercicio intelectual.
En el mismo programa titulado Esquizofrenia, ya citado en el capítulo quinto, el mismo padre que llamaba muerto a su hijo loco, en distinta parte de la entrevista decía:
…Es que aceptar que tienes un hijo con una enfermedad tan grave, en el cuál habías puesto, a lo mejor, unas expectativas enormes, como en el caso de nuestro familiar, que era un chico brillantísimo, brillantísimo, como te digo. Entonces, poco menos que iba a ser el ministro de asuntos exteriores, cuando, de repente, se te viene al garete absolutamente todas esas expectativas, se te caen…
Pero esto no es más que el truco del almendruco. Realmente, al padre y a toda la familia, excepto la madre, ela loc@ les produce más bien asco. Y ningun@ de ell@s, ni si quiera la madre, está dispuest@ a enseñarle nada acerca de cómo manejar el Samsara, a anfitrionarle. Con la excusa de que es muy inteligente, le ponen al frente de todo y, así, no le muestran cómo actuar.
Un ejemplo de esto se produjo cuando, teniendo 18 años de edad, fui con mi padre a comprar hierro para un asunto que no viene al caso. Yo conducía. Esto es lógico si se considera que estaba aprendiendo a conducir y necesitaba práctica. Cuando llegamos al sitio que él conocía, tardó en bajar del coche, dejándome la iniciativa. Pedí y corté el hierro para poder llevarlo en la baca del coche, y pagué. Cuando lo estaba atando, mi padre, aunque sí me ayudó en lo mecánico, cortar y atar la carga, no me asistió en lo social, sino todo lo contrario.
Mi padre no dio por válida y completa mi actuación, sino que pensó que debía dar una propina a aquellos trabajadores que no habían hecho nada, sólo prestar el banco para cortar el hierro, pero lo habíamos cortado nosotros. Entonces, En vez de anfitrionarme completando mis actos y dar él la propina, lo que hizo fue venirse a mí y, en bajito para que no le oyesen los interesados, que estaban cerca, y como quien le habla a un niño, pues mi padre no sabía hablarme como adulto, me dijo si no les daba propina, pues tendríamos que volver alguna vez. Asqueado por la actuación de mi padre, y dejado fuera de lugar por él, terminé de atar la carga y nos fuimos.
Por otro lado, la negligencia de mi padre llegó a extremos insostenibles cuando le pedí consejo acerca de los calambres que me daban cuando tocaba la cristalera metálica y el pequeño taller que teníamos instalado en la terraza. No se le ocurrió otra cosa que decirme que lo probara, a ver si era una derivación eléctrica.
Por confiar en mi padre me llevé el mayor calambrazo de mi vida. Menos mal que ya había sufrido otros calambrazos y había aprendido un truco que me salvó la vida: Dejar de tirar del brazo por un momento, cogiendo impulso, y pegando luego un tirón definitivo que vence la atracción eléctrica. Para colmo, mi padre se mostró contrariado y decepcionado conmigo por no saber que una derivación eléctrica se comprueba, según él, con un toquecito rápido de un dedo.
¿A quién se le ocurre decirle a un adolescente de unos 15 años que pruebe a ver si le da calambre, sin mostrar el procedimiento? Máxime cuando no había nada que comprobar, ya le decía yo que me daba calambre.
Es durísimo para un adolescente dependiente saber que no puede confiar en su padre y, por extensión, en nadie. Sabiendo cuál era el problema, reformé la instalación eléctrica de aquel taller, y me di cuenta de la negligencia previa que supuso no haber sido comprobada antes por mi padre. No ya haber puesto una toma de tierra, sino sólo ver que el cable no rozara el hierro.
En fin, ela adolescente loc@ se va dando cuenta de que la persona que le ha negado el acceso a la logia con desprecio y crueldad, que le llamó mierda de niño delante de l@s herman@s, poniéndole en tremenda desventaja, que le acomplejó convirtiéndol@ en blanco de sus estúpidas bromas, como decir que tiene que pasar dos veces por el sol para hacer sombra, en claro desprecio de su cuerpo… Se va dando cuenta, como digo, de que esta persona es un imbécil que no sabe comportarse socialmente, negligente y con una importancia personal desbordante, que se inventa su conocimiento, que sólo abre la boca para hacerse el listo; y que esta miseria de persona es tremendamente dependiente de su esposa, al punto de decirle cuándo ducharse, cuándo cambiarse de ropa, comprarle la ropa, cortarle el pelo cuando ella lo decide, y decirle absolutamente todo cuanto tiene que hacer, mientras le desprecia y regaña constantemente por no asumir sus responsabilidades y tener que ocuparse de él como si fuese un niño más. Una persona que de no estar casado sería un mendigo alcohólico sin nada que llevarse a la boca.
Al ir adquiriendo este conocimiento, ela loc@ se rebela contra el padre, estableciendo una lucha que tiene por objetivo hacer que éste se retracte de sus violaciones pasadas y presentes, admitiendo que es una mierda de hombre y de padre, y dándole permiso para vivir. Pero nada más lejos de las posibilidades dela loc@. Primero, lo hace mal, consiguiendo sólo quejas sin sentido y desprecios humillantes hacia el padre y, segundo, el padre nunca puede ceder en esta lucha, pues sería su muerte. Para seguir vivo, el padre tiene que mantener la idea de que su hij@ está muert@. No puede nunca admitir que su hij@ sea, no ya más list@ que él, sino tan sólo un poco list@, de manera que pueda ingresar en el Samsara, y sigue despreciándol@.
Mi padre ni si quiera me reconoció los conocimientos universitarios en el campo de la ingeniería. Todavía sabía más que yo de motores, aerodinámica, resistencia de materiales, etc. Por ejemplo, nos construyeron una caseta en una parcela que compraron mis padres, y resultó mal construida. Yo ya había notado el fallo principal, el tejado de uralita descansaba su peso separando las paredes. Al poco tiempo comenzaron a abrirse grietas en el frontal de la caseta. Él pretendía poner unas grapas de pared a pared, como lo había visto hecho en otras construcciones, sin solucionar el problema principal.
Yo sabía cómo reparar la caseta, y procedí a hacerlo con la oposición de mi padre, que no aceptaba mis explicaciones y se mantuvo incrédulo durante toda la operación. Puse un tirante en el tejado para descargar las paredes y armé el frontal con dos varillas de acero colocadas en la dirección de los máximos esfuerzos de tracción. Pasado un tiempo sin aparecer más grietas, mi padre comentó lo bien que había sido reparada la caseta, pero no me estaba dando la razón en la discusión, sino que estaba ignorando todo el conflicto y se estaba atribuyendo el mérito a sí mismo, como si supiese cómo y por qué estaba bien reparada.
La vida consiste en acumular karma. El participante en el Samsara sostiene el suyo con su diálogo interno, se reafirma en él encontrando justificación para todos sus actos; ela loc@ no tiene fuerza vital para hacer esto, y su única opción es ignorar su karma. Al fin y al cabo, sus actos no fueron genuinos, sino que fueron falsos y fracasados. Fueron, casi siempre, cambiados.
Pero es que ela loc@ tiene que cambiar sus actos, porque cada vez que actúa genuinamente también obtiene un fracaso, como me pasó a mí en el pueblo de David, cuando él y su amiga, adulta ya, charlaban animadamente sobre sus experiencias en el bingo. Ella sostenía, orgullosa de este conocimiento, que l@s encargad@s daban el premio a quienes ell@s creían oportuno, mientras David le daba la razón, diciendo “ya…”, también orgulloso. Ponía como ejemplo una ocasión que, en vez de coger dos cartones, como acostumbraba, cogió sólo uno, y el premio cayó en el cartón siguiente, el que había rechazado. Afirmaba que ese premio estaba destinado a ella, y se lamentaba por haber perdido la oportunidad.
Yo estaba sentado al lado escuchando todo sin atreverme a intervenir cuando, Rosa, creo que se llamaba, me pidió mi opinión, y l@s dos mostraron interés en ella.
Por una vez no cambié mi acto para decir algo sin sentido, sino que expresé mi verdadera opinión. Pasé por alto el asunto particular que trataban y fui directamente al grano. Expresé que si la casa se quedaba con el 40% del dinero jugado como beneficio de su negocio, dando sólo el 60% en premios, la única forma de ganar es yendo una vez, tener la suerte de que te toque, y no volver, pero ela jugador@ habitual pierde seguro, pierde el 40% de lo que se juegue.
Hubo un instante de silencio hasta que Rosa saltó en un estallido de fuerza vital, indignada, pero conciliatoria, que ella jugaba por la excitación de que pudiera tocarle alguna vez, y que eso valía el coste económico de perder. David la apoyó en su argumento diciendo “ya…”, y amb@s me ignoraron, dando por concluida la conversación, mientras yo me sentía fracasado por haber causado una situación incómoda, así como su rechazo.
Ahora este suceso me resulta graciosísimo. Pensar que aquella mujer seguiría jugando al bingo convenciéndose de que valía la pena a cada cartón que apostara. Y es que no hay nada como un@ loc@ para hacernos ver lo absurdo de nuestras ideas del mundo y nuestro comportamiento.
A estas alturas, cuando llevo más de medio libro escrito, mi karma ha sido prácticamente espiado. Y es que la Verdad es fulminante con el karma. Simplemente saber que no tenemos responsabilidad sobre nuestros actos dado que no hay resultado final en la evolución del Universo es suficiente, siempre que la Verdad nos saque del círculo vicioso que supone la acumulación de karma, es decir, siempre que sepamos que sucesos como los ocurridos no van a volver a suceder.
Que espiar el karma sea sencillo implica que hay una explicación sencilla para su acumulación. Esto es algo que ela loc@ busca con desesperación durante toda su vida, y que ya he explicado parcialmente.
El asunto que quiero destacar ahora es que ela niñ@ no tiene que sostener sólo su propio karma, sino también el de las personas que le rodean, especialmente el de su padre. Todo el desprecio, toda la chulería que el padre vuelca sobre su hij@ con la pretensión de educarl@ tiene que ser justificado y asimilado por ést@ para ingresar en el Samsara. Así, cuando ela niñ@ crece y tiene descendencia, vuelca sobre su hij@ el mismo o más desprecio y chulería, también para educarl@.
He visto cómo mi hermana, despreciada y apremiada en su infancia por mi madre para que comiera, despreciaba y apremiaba a mi sobrino, su hijo, por la misma razón. O he presenciado casualmente cómo un padre se mostraba extraordinariamente decepcionado e irritado con su hijo de unos 9 ó 10 años de edad cuando éste, de repente, le señaló algo en el preciso momento en que tomaba impulso para cerrar el portón trasero del coche, con el consiguiente riesgo de golpear al niño. Si este niño o cualquier otro tuviese el poder de prever un peligro semejante, no sería dependiente de sus padres. Es el padre el que tiene que tener cuidado de no golpear a su hij@ en cualquier circunstancia, incluso la imprudencia dela niñ@. En cualquier caso, un padre o una madre jamás está justificad@ para sentirse decepcionad@ de su hij@, pues no tiene nada que esperar de éla.
O más desagradable fue cuando, a la salida de un centro comercial, presencié cómo un padre decía a su hija, de 11 ó 12 años de edad, quien estaba dándole una explicación a una queja anterior: “No, si ya nos conocemos. ¿No ves que ya nos conocemos?”. Estaba, con esta expresión, rechazando las explicaciones de su hija, y despreciando y humillándola en pasado, presente y futuro, sin posibilidad de reparación. Y todo esto mientras la madre lo presenciaba y callaba apoyando al padre.
Ésta es la cadena del karma que se transmite de generación en generación proporcionándonos vida hasta que se produce un fallo y se rompe.
La ruptura de la cadena del karma tiene una explicación muy sencilla: Ela loc@ recibe un desprecio, una chulería y un odio tales de su familia que difícilmente puede transmitir. Así, generalmente, ela loc@ no tiene descendencia. A parte de no saber entablar una relación que pudiera dar lugar a ella,  no es capaz de imaginar cómo trataría a sus hij@s.
Sin embargo, pueden aparecer otr@s niñ@s en la familia con l@s que ela loc@ tenga que tratar sin saber cómo. En mi caso apareció mi sobrina Isabel, hija de mi hermano Luis Miguel. Con ella me relacioné bastante en su primera infancia, pues se quedaba conmigo en casa de mis padres mientras yo estudiaba y los suyos trabajaban.
Isabel era la niña más bonita de toda la ciudad. Su belleza, su ternura, su inocencia eran inigualables. Nos enamoramos mutuamente, y habríamos tenido una relación sexual, a iniciativa suya, de haber estado en el Paraíso. Sin embargo, en el Samsara la cosa era mucho más complicada. Al no saber yo manejar la situación, en vez de hacerle el amor, salí con un subterfugio, es decir, cambié mis actos, como si la situación fuese otra y, en una ocasión, volqué sobre ella todo el desprecio, enojo, decepción y odio que mi familia había volcado sobre mí a lo largo de mi vida.
El dolor de este hecho aún perdura. Sólo pensar en el daño causado a una preciosa niñita de 3 ó 4 años de edad. Y es que toda la razón, por lógicamente y bien desarrollada que esté, no puede anular el desasosiego de la voluntad ante hechos como el señalado. Si bien el dolor es cada vez más distante, y una vez llegado el Paraíso no se repetirán hechos semejantes, l@s que hemos conocido el Samsara arrastraremos la amargura de nuestro karma hasta la muerte.
En cuanto a l@s que han sufrido la Tiranía, como es el caso de mi sobrina, siendo así que no puede repararse el pasado, el asunto está en la comprensión del fenómeno. Y el fenómeno sólo se puede comprender cuando se está a salvo de él. Vaya por ell@s, que somos tod@s, la consecución del Paraíso, la abolición de la Tiranía, y el dato de que la Tiranía es el subterfugio al que se recurre cuando no se sabe manejar la situación. Librarse de la Tiranía, entonces, no es una cuestión de concienciación, sino de aprendizaje.
El siguiente capítulo trata sobre mi propio aprendizaje para librarme de la Tiranía. Habiendo sido terriblemente difícil desarrollarlo, ahora puedo decir que mi padre no es que fuese un hijo de puta al despreciarme y humillarme una y otra vez, sino que sólo era un torpón que, muy lejos de ser capaz de encontrar la Verdad, ni si quiera fue capaz de enfrentarse a su mujer e impedirle que se reservara un hijo para sí. En tal torpeza, recurrió al subterfugio de tiranizarme.
Conocida la Verdad, todo resulta muy claro y sencillo. Sin embargo, en aquellos tiempos no había explicaciones para nada. El único modo que encuentra ela loc@ para no sucumbir a la angustia que produce su karma es ignorarlo y, para ello, ela loc@ echa mano de su nagual, que se manifiesta en forma de fantasía. Es el modo de mantenerse distraíd@ al tiempo que expresa, en lo más privado de su ser, sus deseos de una vida plena, real, directa que, siente, se le está escapando entre los dedos.
La gama de fantasía de un@ loc@ es muy amplia, prácticamente abarca todos los campos de la experiencia, por turnos. Hay una fantasía fundamental que se revive una y otra vez, y que evoluciona en los momentos de mayor inspiración, que suelen ser, precisamente, cuando más reclamad@ se está por el deber. Yo obtenía mis más gozosos desarrollos fantásticos cuando se acercaban los exámenes.
Mi adolescencia y juventud tuvieron lugar durante la transición política de la dictadura de Franco a la democracia. Época difícil y de grandes esperanzas. Uno de mis temas fundamentales de fantasía era verme de presidente del gobierno buscando argumentos para el avance en las libertades.
Otro campo fundamental para mi fantasía era la aventura. La poca que tenía, las excursiones al pueblo de David y otras semejantes, servía como punto de partida para imaginar grandes excursiones con grandes medios. Naturalmente, yo era el protagonista siempre, el que aportaba un todo terreno fantásticamente equipado, etc.
La fantasía de un@ loc@ está llena de riqueza, la que está ausente en el Samsara, y lo curioso es que ela loc@ fantasea con colmar de riqueza a su familia, modo mágico de solucionar de una vez por todas el desprecio que ésta vuelca sobre el sujeto.
Ésta era la experiencia que yo atesoraba cuando, después de retrasarlo al máximo, tuve que iniciar el servicio militar obligatorio. Aspecto, entre otros, en el que la transición, con el gobierno coyuntural de Felipe González, me había defraudado terriblemente. El caso es que no había tiempo para más, pues el espíritu iba a descender sobre mí.

 

Capítulo siguiente
Llegando al Paraíso