ÍNDICE
  1. El poder de la palabra y el tercer ciclo de la Brujería.
  2. La Verdad, el significado de la muerte.
  3. La luz empañada, el origen de la Tiranía.
  4. La sociedad sin dinero, la ausencia de justicia.
  5. El tercer elemento: La Locura.
  6. La Teoría del Punto de Encaje.
  7. Los caminos del conocimiento.
  8. Conocer al espíritu.
  9. El viaje del punto de encaje.
  10. Jesús de Nazaret y el amor.
  11. Los dos finales del Samsara.
  12. Otro globo es posible. No ser, no hacer.
  13. La transición.
  14. Del tercer al cuarto ciclo de la Brujería.
  15. Yo soy… en este acto.
  16. The answer, my friend, already isn´t blowing in the wind. (La respuesta, amigo, ya no está flotando en el viento).

CARTA DE DESCONSTITUCIÓN UNIVERSAL DE LOS SERES ATENTOS

 
INICIO

Capítulo quinto:


El tercer elemento:
La Locura.

 

La locura es el tercer elemento porque un ser humano puede ser religios@, bruj@ o loc@.
Un ser humano religios@ es aquel o aquella que comprende y defiende la Condición del Samsara y, en consecuencia, participa como guardia de ella y de las condiciones derivadas, en mayor o menor medida. En fin, es un participante en el Samsara. Y esto independientemente de lo que crea o piense acerca de la muerte, Dios, la reencarnación, etc.
Un@ bruj@ es aquel o aquella que sabe que va a morir. Ya que el Samsara es la logia que tiene por propósito mantener la idea de nuestra inmortalidad, ela bruj@ no es un participante en el Samsara. Sin embargo, dado que la Condición del Samsara no permite exclusiones, la Brujería ha sido perseguida y aniquilada desde su comienzo una y otra vez. La brujería que nos ha llegado se debe a una excepción que permitió su desarrollo y transmisión de generación en generación. Así, l@s bruj@s del segundo ciclo lo son en función de un complejo aprendizaje que l@s maestr@s inculcan a sus aprendices. En fin, ela bruj@ actual tiene la guía de su maestr@ para casi librarse de la Condición del Samsara, pero sigue influenciad@ y condicionad@ por el Samsara, pues la persecución de l@s guardias que son los participantes en él permanece efectiva. Por eso ela bruj@ del segundo ciclo es furtiv@.
Un@ loc@ es un ser humano que, por alguna causa o circunstancia, queda fuera del Samsara.
Todo en el Samsara gira en torno a estar dentro o fuera de él, de modo que la Locura es un fenómeno que afecta a todos los seres humanos mientras existe el Samsara.
Por definición, se está dentro del Samsara cuando se paga el sacrificio correspondiente al ingreso y permanencia en el mismo, es decir, cuando la propia razón tiraniza a la propia voluntad para mantener la inversión. Sólo que este sacrificio es relativo. No existe una cantidad establecida que permita saber de cierto si una persona está dentro o fuera, sino que la apreciación es arbitraria y manejable. Así, la Tiranía consiste en una lucha por el dominio. Domina quien está más dentro del Samsara, quien se sacrifica más o lo parece.
Podemos oír expresiones como “yo pago mis impuestos”, o “todos somos hijos de Dios”, o la versión moderna de la última “hacienda somos todos”, que son una reclamación de la participación propia o ajena en el Samsara. O tenemos la timidez, que es la sensación que experimentan algunos participantes en el Samsara de no haber pagado plenamente su sacrificio y, por tanto, no estar del todo dentro del Samsara.
El Samsara es una logia, la primera, la estándar. Todas las demás logias son fractales de ella, son representaciones del Samsara. La logia de los Simpsons, “los Canteros”, tiene sus normas de ingreso: Ser hijo de cantero o salvarle la vida a un cantero y, desde luego, tiene su ceremonia de iniciación, que no es más que un sacrificio.
Esto, que resulta tan gracioso en dibujos animados, sobre todo ver cómo sacuden a Homer en el culo, es lo que ocurre dramáticamente en el Samsara. A saber, las novatadas típicas de los ejércitos responden a este esquema.
 La familia es la institución que tiene la misión sagrada de admitir ala niñ@ en el Samsara. La familia forma un equipo en el que el padre es quien marca los requisitos que debe cumplir ela niñ@, es decir, los sacrificios que debe realizar para ser admitid@; y la madre ayuda ala niñ@ a cumplir con esos requisitos. Si la cosa sale bien, ela niñ@ participará en la Tiranía y experimentará poca timidez, teniendo muchas posibilidades de éxito en el Samsara.
Podemos ver el ejemplo de la familia de mi hermano, con sus dos hijas, Isabel y Elena. Elena, la pequeña, nació cuando sus padres decidieron tenerla, una vez establecidos con trabajo fijo, vivienda hipotecada y coche nuevo y elegante. Cuando Elena tenía 4 ó 5 años de edad, en una reunión familiar, mi hermano contó que ella quería ver la televisión en el colegio a una hora no indicada, y la maestra se lo impidió. Mi hermano contaba, mientras acariciaba a su hija, que le había explicado que hay un horario para ver la televisión y que tenía que obedecer a su maestra. Elena se mostraba inconforme, contrariada y rebelde.
Pasaron unos 2 años y, en otra reunión familiar, mi hermano contó, muy satisfecho, que Elena ya era obediente hacia su maestra, se comportaba bien y aprendía todo lo que le enseñaban. Mientras, Elena sonreía con orgullo y una pizca de vergüenza. Había ingresado en el Samsara.
Los requisitos pedidos a Elena fueron claros y sencillos: Ver la televisión sólo cuando está permitido y hacer caso a su maestra. Naturalmente, esto supone la violación de su voluntad, que es ver la televisión cuando le apetezca. Es el sacrificio de su voluntad a la razón invertida de la maestra o, mejor dicho, es la inversión de la razón de Elena para que someta su propia voluntad en base a la razón invertida de la maestra en representación de la autoridad.
La familia ha funcionado trasmitiendo a la niña la sensación de que todo está bien, que el sacrificio es poco, que se puede realizar y tiene estupendos resultados: El ingreso en la logia pero, sobre todo, la familia ha trasmitido la sensación de que tod@s hacemos el sacrificio de buen gusto y que no hay modo de escapar de él.
Elena asimiló los mensajes y se convirtió en una niña resuelta, confiada y poco tímida. Su posición ante la Condición del Samsara se aprecia en esta canción que escribió y cantó 1 ó 2 años después, acompañada por la música de su padre. Se titula Cada mañana.

Cada mañana
desde mi cama
veo a mi madre llegar.

Aún cansada,
casi dormida
tengo que desayunar.

El colegio espera ya,
como ayer, un día más.
Menos mal que mis amigos también van.

Me gusta la marcha,
me gusta el colegio,
también me gusta escalar,

pero no entiendo,
aún no comprendo
por qué tengo que madrugar.

En la cama qué bien se está.
Calentita qué bien se está.
Menos mal que mis amigos también van.

Tengo que decir una verdad.
Que en el cole me lo paso
¡genial!, ¡genial!, ¡¡geniaaaaaaal!!

Después repite todo, cambiando la segunda estrofa, dice:

Viene a decirme,
muy enfadada,
¡venga!, levántate ya.

 

La obra de Elena es un canto a la conformidad con la Condición del Samsara, basada en la idea de que tod@s tenemos que aceptarla: “Menos mal que mis amigos también van”. Es un canto del tonal, sin embargo, el nagual se manifiesta en el origen mismo de la obra, en la decisión de escribirla y cantarla: “…por qué tengo que madrugar”.
Ésta es la pregunta que plantea la canción, y para la cual l@s religios@s no expresan respuesta. Mi hermano no respondió a la pregunta, es algo que tod@s tenemos que aprender sin explicación. Sin embargo, la respuesta es clara y sencilla: Para mantener en pie el Samsara.
Pero si no se da por sentado que haya que mantener en pie el Samsara, la cosa es muy distinta: No hay razón para obligar a una persona a que se prive de su propio despertar, mucho menos a un@ niñ@. Esto es lo que significa la Verdad.
Elena siente, a sus 8 ó 9 años de edad, que la Condición del Samsara pesa poco y es soportable. De hecho, está contenta con su vida y con el mundo: “En el cole me lo paso ¡genial!” No puede comparar sus sentimientos y emociones con las que experimentará un@ niñ@ en el Paraíso cuando no tenga que violar su voluntad en toda su vida, en fin, no tenga que soportar en lo más mínimo el peso de la Condición del Samsara. No puede comparar porque no lo conoce. No hay niñ@s de 8 ó 9 años libres de la Condición del Samsara y su propia experiencia se interrumpió cuando apenas empezaba, cuando su padre le dijo que tenía que obedecer a su maestra. Ya apenas lo recuerda. Renunció a ello para ser admitida en el Samsara.
Isabel, la mayor, nació de penalti cuando su padre no tenía trabajo estable y satisfactorio. De hecho, se puso a estudiar para superar en el futuro este problema. Comenzaron a vivir de alquiler sin llegarles el dinero después de probar otras fórmulas que no resultaron, como vivir con un@s amig@s o con l@s suegr@s de él.
La situación que experimentó Isabel en su primera infancia fue de esfuerzo máximo de sus padres sin que éste llegase a ser suficiente. Un ambiente turbulento e inseguro, con amenazas de ruptura de la familia. De ella he sacado el ejemplo del capítulo anterior. Su madre, cuando tenía 3 ó 4 años de edad, le gritaba desagradablemente que comiera, y la acusaba de tomarle el pelo.
Los requisitos exigidos a Isabel son velados, complejos y difícilmente alcanzables. Ella intenta cumplirlos, prueba de ello es el hecho de que, con 1 año y pico de edad, la sorprendiera su madre, detrás de un mueble, repitiendo una y otra vez la palabra agua para aprender a pronunciarla correctamente; sin embargo, su dedicación no satisface a su madre, y el padre la apoya en su violencia primaria hacia la niña.
En su adolescencia, Isabel escribió y cantó, acompañada por la música de su padre, una canción, entre otras, que expresa, con elegancia y belleza, el peso que ejerce sobre ella la Condición del Samsara. Se titula Niño del tercer mundo.

Hoy he visto el reflejo de un buitre
en el húmedo brillo de sus ojos.
Indefenso, ajeno al silencio
de su próximo encuentro.

Ha llegado a este mundo
en lugar equivocado.
No es culpable de nada
y pagará seguro.

Cualquier rincón de sus ojos
conoce a la muerte.
Tumbada la ha visto en hoyos
y en hombros de otras gentes.

Éste es el mundo que él conoce.
Éste es todo su horizonte:
Saber si el Sol
saldrá mañana para él.

Hoy he visto el reflejo de un rifle
en el húmedo brillo de sus ojos.
Hoy he visto en su mirada
un laberinto.

Ha llegado a este mundo
en lugar equivocado.
Y pregunta, desnudo,
cuál es su pecado.

¿Cómo es posible
que entre nosotros
sólo unos pocos
hagan del mundo
una locura
donde el dinero
manchado en sangre
no es basura?

Éste es el mundo que yo conozco.
Y no me gusta, lo reconozco.
Y sé que el Sol
no saldrá mañana para él.

 

Elena y Isabel representan dos extremos en los que el ingreso en el Samsara es claro y fácil, o incierto y difícil, pero ambas están dentro del Samsara.
Si bien las dos hermanas podrían volverse locas llegado el momento, para Elena es harto improbable. Isabel, por el contrario, tiene muchas más probabilidades. El mundo actual, y cada vez más, está lleno de personas que han tenido una infancia semejante a la de Isabel, y que, en la adolescencia o más tarde, no son capaces de mantener la idea de que todo está bien y sufren el centro abstracto más típico y común: El descenso del espíritu, que no es otra cosa que la muerte.
Los centros abstractos son patrones recurrentes en el modo en que los individuos que componen y son el Universo incrementan el conocimiento acerca de sí mism@s. Entonces, si un individuo adquiere conocimiento, representará en los actos y acontecimientos de su vida los centros abstractos.
Todos los sistemas caóticos presentan patrones recurrentes que son consecuencia del primer y fundamental patrón recurrente: La Ley de Generación de la Conciencia. Siendo el Samsara un sistema caótico distorsionado, los patrones recurrentes que se dan en él son insidiosos. Son insidiosos porque están marcados por el desatino y la insistencia, como la madre que no consigue que su hij@ coma, e insiste en gritarle y amenazarl@.
Sólo vale la pena tener en cuenta, en el Samsara, los patrones recurrentes que se producen por el movimiento de salir de él. Estos son los centros abstractos de la Brujería y la Locura.
Por el reportaje de Carlos Castaneda sabemos que en la brujería del segundo ciclo se definen 21 centros abstractos, de los que los 6 primeros están nombrados y explicados en el libro El conocimiento silencioso.
La Locura tiene también sus centros abstractos: Patrones recurrentes en el modo en que las personas se vuelven locas y evolucionan en su locura, que coinciden en gran medida con los centros abstractos de la Brujería, sólo que, mientras ela bruj@ tiene la guía de su nagual y éste participa en los centros abstractos dándoles sentido, ela loc@ está sol@, sin más guía que la que éla mism@ encuentre en su investigación.
En la brujería del segundo ciclo, los tres primeros centros abstractos están condicionados por la resistencia dela aprendiz, de modo que el espíritu, a través del nagual, le tiende una trampa para enrolarl@ en la Brujería.
Lo que está pasando es que la brujería del segundo ciclo se nutre de participantes en el Samsara que se resisten a salir de él. Así, la brujería del segundo ciclo carece de dos centros abstractos fundamentales, que son el primero y el último.
La Locura es el verdadero viaje, sólo que, hasta ahora, nunca se había desarrollado totalmente. Tod@s l@s loc@s se habían perdido en su camino.
El final del viaje auténtico que es la Locura es la revocación de la Condición del Samsara y, por tanto, el cese y desaparición de toda logia. Éste es el centro abstracto último y fundamental que nunca se había producido, y que marca la diferencia entre el fracaso y el éxito. Antes de producirse, ela loc@ era un@ fracasad@ cuyos actos y expresiones no tenían sentido para nadie, ni para éla mism@. Después de haberse producido la revocación de la Condición del Samsara, la Locura es un viaje claramente fundamentado, que tiene sus centros abstractos, y que es fácilmente comprensible.
El primer centro abstracto de la Locura, del que carece la Brujería, es el nacimiento frustrado.
Mientras para un@ niñ@ normal los requisitos exigidos para ingresar en el Samsara pueden ser más o menos fáciles o difíciles, y pueden estar más o menos claros o desvirtuados, ela niñ@ sentirá el mensaje de sus padres de que puede conseguirlo si se esfuerza, si se sacrifica; para un@ niñ@ loc@, o que se va a volver loc@ en algún momento de su vida, los requisitos son inexistentes en el sentido de que son insalvables. Ela niñ@ siente el mensaje de que nunca podrá ingresar en el Samsara por más que se esfuerce y sacrifique.
Si se considera que el Samsara tiene que existir, antes de la revocación de su condición, los padres de un@ loc@ son un@s auténtic@s criminales, defendid@s y ocultad@s por el principio de autoridad reinante en el Samsara y por lo impensable de su acto.
Los padres dela loc@ cometen el mayor crimen que puede realizarse: No admitir a su hij@ en el Samsara.
El crimen de dejar a alguien fuera de la logia es algo que hace todo participante en el Samsara cada vez que se relaciona. Y lo hace de modo más o menos encubierto o enmascarado, pero siempre lo hace. Sencillamente, en el momento en que se pretende tener la razón frente a una idea distinta, defendida por el interlocutor, se está ejecutando una maniobra sutil de expulsión de esa persona respecto del Samsara.
Cada interlocutor en una discusión se considera respaldado por todo el Samsara frente a su oponente, que se queda sol@ y fuera del Samsara. Esta actitud es lo que constituye la Tiranía.
Sin embargo, la familia es un núcleo de excepción donde ela niñ@ debe ser aceptad@ sin condiciones como norma fundamental del Samsara. Una norma que no está escrita, pero sí su complementaria autoritaria. Precisamente en los diez mandamientos, que son las normas fundamentales que todo ser humano debe cumplir para el mantenimiento y continuidad del Samsara.
El cuarto mandamiento dice: Honrarás a tu padre y a tu madre. Este mandamiento es la base del principio de autoridad, es decir, toda la autoridad del Samsara reposa sobre la autoridad que ejercen los padres sobre sus hij@s.
El principio de autoridad implica que quien la ejerce lo hace por el bien de sus subordinad@s. Este bien en cursiva es, desde luego, referido al Samsara. Por eso hay que decirlo de vez en cuando. Lo suele decir una tercera persona: “Lo hace por tu bien”. Esto se dice cuando se está causando malestar, cuando se está haciendo el mal porque, si se hace el bien, si se causa bienestar, no tiene sentido decirlo, ya se entiende solo.
En la familia se entremezclan los significados de bien y bien. Se confunde el instinto natural de cuidado y ayuda que inspira todo ser humano de corta edad, con la responsabilidad de hacer de éla un participante en el Samsara. En otras palabras, se confunde, en la familia, la tendencia a satisfacer el desafío al Segundo Principio de la Termodinámica dela niñ@, con la responsabilidad de obligarle a cumplir con los requisitos que marca la Condición del Samsara. O, dicho de un tercer modo, se confunde el anfitrionado con la educación.
Entonces, la familia es la institución en la que se produce la excepción en la Tiranía que permite hacer la confusión que mantiene en pie la autoridad y, en definitiva, el Samsara.
Es impensable para un participante en el Samsara que unos padres fallen en su función sagrada. Así, siempre se han buscado explicaciones alternativas para la Locura. L@s únicos que han investigado esta posibilidad son l@s antipsiquiatras que surgieron en el movimiento hyppie. Sólo ell@s han apuntado a la posibilidad de que los padres dejen ala niñ@ fuera del Samsara. Claro que sin tener el concepto de Samsara y estando involucrad@s en él. Para ell@s, la Locura es un fallo en el mecanismo de ingreso en el Samsara. Y están en lo cierto, sólo que ell@s están de acuerdo en la necesidad de existencia del Samsara, y no contemplan su desaparición.
Tan impensable es el crimen de los padres dela loc@ que l@s antipsiquiatras son desacreditad@s e ignorad@s en la actualidad, y tachad@s de antisociales y equivocad@s, tomando la posición oficial de que la Locura es simplemente un desequilibrio químico en el cerebro.
Pero si ya ha sido revocada la Condición del Samsara y sabemos que el Samsara no tiene por qué existir, la realidad del fenómeno es muy distinta, pues la actuación de los padres dela loc@ está dando la oportunidad de que se manifieste el espíritu en todo su esplendor.
Dejar a un@ hij@ fuera del Samsara es darle la oportunidad única de recorrer con éxito el camino del conocimiento hasta el final: La revocación de la Condición del Samsara.
La oportunidad es única porque el Samsara es como un banco de niebla. Desde dentro no es posible ver el espesor, y parece infinito. Sólo desde fuera puede apreciarse que el Samsara es muy poca cosa frente a la Totalidad del Universo.
Entonces, los padres dela loc@ no son ya criminales, sino elementos fundamentales en la manifestación del espíritu.
Podría parecer que sólo los padres de aquel loco que consigue llegar al final, es decir, los míos, son elementos de la manifestación del espíritu, pero no, lo son todos porque, cuando uno llega al final, tod@s llegan al final, y sus viajes cobran sentido.
Sin embargo, contrariamente a lo que podría parecer, la primera parte del patrón recurrente que constituye el primer y fundamental centro abstracto de la Locura no es un rechazo dela niñ@, sino todo lo contrario. Esta primera parte la realiza la madre, y consiste en reservarse ela hij@ para sí.
Las razones por las que la madre se reserva para sí a su propi@ hij@ en vez de entregarl@ al Samsara se irán viendo a lo largo del libro. Lo que quiero destacar ahora es que la forma en que lo hace es, no sólo dispensándole de la Condición del Samsara, sino impidiéndole directamente cumplir con sus requisitos.
Dado que en el equipo que es la familia como institución que tiene por misión sagrada admitir ala niñ@ en el Samsara es al padre a quien corresponde fijar los requisitos que ela niñ@ debe cumplir, la madre está usurpándole sus atribuciones. Ya dicen l@s antipsiquiatras que el padre de un@ loc@ es un calzonazos dominado por la madre, o está ausente.
Esta usurpación de atribuciones, esta desautorización del padre produce en el mismo una reacción de rechazo total sobre ela niñ@. Y ésta es la segunda parte del centro abstracto llamado nacimiento frustrado: El padre considera a su hij@ muert@. Y realmente es lo que está pasando, la madre impide ala niñ@ tomar un cuerpo, le está impidiendo su nacimiento, su ingreso en el Samsara.
La tercera parte del centro abstracto que nos ocupa es la aplicación de la Condición del Samsara ala loc@ por parte de sus herman@s.
L@s herman@s dela loc@, si l@s hay, están cumpliendo o intentando cumplir con los requisitos exigidos por su padre. Si ell@s se sacrifican, tod@s tienen que sacrificarse. No admiten que ela protagonista se libre del sacrificio, y le desprecian y rechazan, absorbiendo el sentimiento del padre.
Y la cuarta y última parte de este centro abstracto la representa el Samsara entero por su régimen de miseria y sacrificio y su carácter sectario que va a aplicar ala loc@ sin excepción, y al prohibir a sus participantes pensar o creer posible que semejante violación se esté produciendo, de manera que ela loc@ jamás obtiene corroboración ordinaria del sentimiento que tiene acerca de su situación en la familia y el Samsara.
Con corroboración ordinaria quiero decir la que se produce cuando otro ser humano otorga credibilidad a las ideas del sujeto. Más tarde hablaré de corroboración especial, que es la que se obtiene matemáticamente.
Lo que voy a tratar a continuación es extraordinariamente duro. Tanto es así que, cuando un@ loc@ se va dando cuenta de ello sin haber revocado aún la Condición del Samsara, es frecuente que, en un arrebato ocasionado por una violación sin importancia, ela loc@ mate a su madre a golpes. Sin embargo, una vez revocada la Condición del Samsara y empezado a comprender la Verdad, puede narrarse lo sucedido a un@ loc@ sin juzgar a las personas que intervienen, sin ningún rencor y, sobre todo, sin intentar reparar el pasado.
Y esto es así porque, si este libro tiene éxito, ya nadie tendrá que recorrer este camino. No habrá Samsara respecto del cuál quedar excluid@, y no habrá madres que se reserven a sus hij@s en lugar de entregarl@s al Samsara. Entonces, ¿qué importancia tiene el pasado sino sólo como referencia para comprender el Universo? ¿Cómo iba a sentir rencor hacia l@s miembros de mi familia si me han dado la oportunidad de descubrir la Verdad  y revocar la Condición del Samsara?
L@s antipsiquiatras buscan o buscaban modos sutiles en los que la madre desconcierta a su hij@, como dobles mensajes emocionales. No, el modo en que la madre actúa para dejar ala niñ@ fuera del Samsara es descarado y evidente.
La estrategia de la madre dela loc@ es prestar una extremada hiperatención sobre su hij@. Ela niñ@ no puede actuar sin que la madre intervenga en su acto, generalmente, de modo desastroso, nefasto. Lo que está ocurriendo es que la razón invertida de la madre dela loc@ se anticipa, no sólo a su propia voluntad, sino también a la voluntad de su hij@, de manera que impide y, sobre todo, excusa ala niñ@ de hacer la inversión de su propia razón, dejándol@ con la única opción de saborear la violencia que su madre ejerce sobre éla.
Esto se verá muy bien con ejemplos que tomaré de mi propia experiencia. No es mi intención contar mi vida, cualquier loc@ puede hacerlo, sino sólo lo esencial para que se comprenda el Universo, el Samsara dentro de él, y la Locura como manifestación del espíritu. Por otro lado, mis propias experiencias están más claras y completas que las que pueda conocer de otr@s loc@s, que son pocas.
Quiero destacar que hay tantos tipos de Locura como loc@s y, si bien lo que voy a contar es general y recurrente, se refiere al camino que ha dado lugar a la revocación de la Condición del Samsara. El resto de las locuras son intentos fallidos del espíritu, no se han desarrollado del mejor modo, aunque ahora podrán hacerlo, al leer este libro.
Vivíamos en una casa con un solo servicio mis padres, mi hermana, mis dos hermanos y yo. Ésta es de las primeras experiencias que recuerdo en mi vida, de modo que debía tener 4 ó 5 años de edad cuando sucedió.
Estábamos tod@s en casa una noche cuando fui al servicio a mear, pero estaba ocupado por mi hermano Toni. Yo no estaba apurado y volvía al salón para esperar cuando mi madre se percató de lo que pasaba e intervino nerviosa y alterada, como solía estar siempre. Le exigió a mi hermano que saliera y me dejara entrar, a lo que él, naturalmente, se negó, pues no había terminado. Ella insistió involucrando a mi padre en el asunto. Le exigió a éste que exigiera a su vez a Toni que saliera, volviendo a negarse él. Entonces, mi madre se puso histérica, exigiendo a mi padre que solucionase el problema inmediatamente. Él entró, levantó a Toni del wáter de un tirón sacándole del servicio y dándome paso a mí.
Analizando el suceso fríamente, está primero la violencia tremenda de la madre al librar las supuestas batallas de su hijo, considerado tan especial que merece que su hermano sea interrumpido a media cagada para que el protagonista haga pis, cuando lo apropiado habría sido no enterarse de la intención del niño hasta que él la manifestase. Con 4 ó 5 años de edad ya se puede esperar para mear y, si la espera fuese muy prolongada, sería él quien avisase a su madre de su problema. Entonces, la solución es muy fácil. Simplemente ofrecer al niño un barreño donde pueda aliviarse.
Y en segundo lugar está la torpeza y cobardía del padre, incapaz de parar a la madre en su violencia y poner la solución tan sencilla ya expresada: Un barreño.
Teniendo 6 años de edad, el primero que asistí al colegio, me solicitaron un dibujo para hacer en casa. Yo no había dibujado nunca y no sabía resolver el problema, de modo que se lo dije a mi madre. Ella, sin saber resolver el problema tampoco, y estando ocupada, se lo traspasó a mi padre. Mi deseo era que alguien me enseñase a dibujar, me dijera qué hacer y cómo, pero mi padre se negó a prestarme cualquier ayuda argumentando que tenía que hacerlo yo solo. Sin embargo, mi madre no iba a dejar el asunto en tal situación, sino que insistió obligando a mi padre a hacerme un dibujo. Él accedió de mala gana realizando el dibujo de un coche que circulaba por una calle y, para dar impresión de velocidad, tenía unas líneas suaves detrás. Angustiado y consciente de la falsedad de la situación, propuse repasar el dibujo como si lo hubiese hecho yo, y para aprender, a lo que mi padre accedió despreciativo y enojado.
Repasé el dibujo y, cuando llegué a las líneas expresivas de velocidad, dudé si marcarlas o no. Al no contemplar la posibilidad de preguntarlo por la poca disposición de mi padre a participar en el asunto, pensé que no importaría, pues se podría corregir más tarde, de modo que las marqué. Acto seguido se lo presenté a mi padre buscando su aprobación o corrección. Pero él no iba a hacer tal cosa, sino que, en tono desproporcionado, serio, enojado, definitivo, dio el dibujo por estropeado y sin arreglo. Propuse borrar las líneas en cuestión con la goma, pero ni me escuchó, con gesto de desesperanza. No había nada que yo pudiera hacer para satisfacerle.
Otra noche estábamos l@s cuatro herman@s jugando en el salón, en presencia de mi padre. No recuerdo cuál era la situación, pero mi madre, entre tarea y tarea, le exigió a mi padre que les dijera a mis herman@s que no se metieran conmigo. Él dijo: “Dejad en paz a la mierda ´el niño”. A lo que mis herman@s respondieron con risas y burlas.
La cosa no terminó ahí, sino que, de modo inconsciente y no deliberado, comencé, en los días sucesivos, a usar la palabra mierda en todas mis frases. Supongo que con la intención de desdramatizar el asunto. Mi madre solicitó, una vez más, la intervención de mi padre.
En esta ocasión se mostró dialogante y, como nunca había hecho, me habló directamente y sin enojo. Me dijo, tranquilamente, que no usase tanto la palabra mierda. Le hice saber que aceptaba su instrucción, y sentí que la cosa había ido bien por una vez, pero él no iba a dejar la situación en ese estado, y añadió: “¿No ves que van a decir tod@s que este niño está siempre con la mierda en la boca?
Mi padre tuvo la ingeniosa idea de abreviar mi nombre. Comenzó a llamarme “Chus”. Mis hermanos lo encontraron muy gracioso. De “Chus” sacaron “chucho”, y de “chucho”, “perro”. Por un tiempo me llamaron “perro” con un desprecio, burla e insistencia inimaginable, rechazándome de todos sus juegos. Yo esperaba que la cosa terminase por olvido, pero no cesó hasta que mi madre intervino diciéndoles que “perro” era el peor insulto que se podía decir a una persona, y que dejasen de usarlo conmigo.
Con sucesos como estos en la infancia de un@ niñ@, puede apreciarse el origen de su locura en la patológica imagen que l@s miembros de la familia tienen dela mism@.
La madre de un@ loc@ considera a su hij@ como un@ muñec@ para su capricho. Vive la vida dela niñ@ convirtiéndose en su razón invertida, y l@ traiciona una y otra vez impidiéndole relacionarse con el resto, impidiéndole adquirir autonomía e independencia. Descaradamente, se sitúa de intermediaria entre el mundo y ela niñ@.
Este comportamiento de la madre lo he presenciado en otra ocasión en un vecino que tenía y tiene mi edad. Su problema es la epilepsia. Teniendo en torno a 8 ó 9 años, estábamos 4 ó 5 niños junto al portal. Su presencia en la calle era inusual, no se le veía nunca. Tanto es así, que no recuerdo su nombre.
Todo iba bien hasta que surgió una pelea entre otro niño y él, con insultos y forcejeos. Sentí que aquello no tenía razón de ser e intenté separarlos. Entonces, el protagonista me dio un puñetazo en la cara que no me hizo daño, pero sí desistir de mi intervención.
Siguió la pelea, pero por poco tiempo pues, la madre, que había estado escuchando desde el balcón, bajó corriendo la escalera y se presentó allí.
Aquella mujer no defendió a su hijo, como habría hecho una madre dispuesta a entregarlo al Samsara. Tampoco lo tranquilizó. No le ayudó a reconciliarse, ni a solucionar de ningún modo su problema y, sobre todo, no le permitió reanudar su relación de modo satisfactorio, como habría hecho una madre que fuese anfitriona de su hijo. Aquella mujer, por el contrario, culpabilizó a su hijo de toda la situación, siendo muy compasiva. Me preguntó si también me había pegado a mí, y no se paró a escuchar cómo le dije que no me había hecho daño y que no importaba. El protagonista comenzó a sentir que había cometido un error gravísimo, y se disculpó de todos muy afectado, con voz entrecortada y llorosa, pero ni esto le dejó realizar su madre, sino que, con ese disgusto, se lo subió a casa.
Yo sentí que la situación había quedado desastrosa, nefasta para aquel niño, cuando el problema no había tenido ninguna importancia. Todos los niños se pelean de vez en cuando en el Samsara.
No salió a la calle en varios años y, cuando lo hizo, tuvo la mala suerte de llevarse un golpe accidental.
Estábamos jugando al baseball en el campo, junto a la casa. Él lo veía sin intervenir desde cerca cuando el más negligente de nosotros tiró el bate con fuerza hacia atrás al empezar a correr, después de batear. El bate fue a impactar en la boca del protagonista, rompiéndole, al menos, los labios.
Estaba yo contemplando la escena, viendo cómo otros le asistían mientras pensaba en la mala suerte que tenía ese chico cuando apareció la madre corriendo y se lo llevó. Lo había visto desde el balcón.
Al cabo de unos días, estando yo presente, le preguntaron a la madre cómo estaba su hijo, y si podían verlo. Ella respondió con evasivas y sólo nos comunicó, en respuesta a una pregunta, que no se había roto los dientes, sino sólo los labios.
No volví a verle en toda la adolescencia y juventud. Fue hace pocos años que salía de casa y estaba toda la familia esperando el ascensor, padre, madre, hermana y él, quien parecía haber sufrido una mutilación cerebral. Eso reflejaba su expresión facial. Saludé al pasar y noté la molestia de sus familiares, especialmente la madre, ante la perspectiva de responder preguntas que yo no formulé.
Cabe preguntarse, entonces, si la madre asfixiaba a su hijo por ser epiléptico, o si era epiléptico porque la madre lo asfixiaba. En cualquier caso, un comportamiento semejante de la madre no está justificado, con o sin epilepsia.
El padre dela loc@ considera a su hij@ muert@. Tan evidente es esto que se manifiesta en sus expresiones. Mi padre lo expresaba en su exclamación favorita. Decía: “¡…, ni qué niño muerto! Decía, por ejemplo: “¡Qué coche roto, ni qué niño muerto!”
Este caso no es único ni especial. En un programa de televisión reciente, Treinta minutos, titulado esquizofrenia, el padre de un loco se expresaba del siguiente modo cuando el asunto era la posible provocación de patología por los padres sobre sus hij@s:
“En algunos casos, hasta nos han acusado de fuente de patología. Y es verdad, puede ser que algunos padres, o algunos familiares, pues estén tan angustiados que generen patología en las casas. Ahora, esto no es justo que nos lo digan cuando somos los que estamos cargando con el muerto”.
Hay que decir aquí que el hecho de cargar con el muerto en ningún modo implica inocencia respecto a la patología del hijo.
L@s herman@s dela loc@ l@ consideran mimad@, sobreprotegid@ e inferior en todo caso.
Cuando comencé a escribir este libro, me hice el propósito de no insultar a nadie. La razón es muy sencilla. El insulto es siempre una proyección de la propia condición. Como lo expresaría un@ niñ@: Quien lo dice lo es. Sin embargo, el insulto que voy utilizar lo exige el guión, pues es el sentimiento que adquirí acerca de mi madre entre los 4 y los 7 años de edad. Consideraba que mi madre era tonta, condición que teníamos que sufrir toda la familia, especialmente yo, que era consciente de que ella se me había reservado para sí.
La tontería de mi madre consistía y consiste en aferrarse a cualquier pensamiento que pase por su cabeza, y llevarlo hasta sus últimas consecuencias a pasar de protestas, desacuerdos y malestares propios y ajenos, sin considerar nunca el desistir de la propia intención. En otras palabras, tenía que salirse con la suya por todos los medios a su alcance, incluida la histeria fingida, con pataleos desde el suelo, tirones de su propio pelo, etc. En fin, amenazaba con su derrumbamiento psicológico hasta que se accedía a cumplir con su capricho.
Sin embargo, la impresión que tenía de mi familia como especial, distinta y superior a otras, procedía del concepto exaltado que mi padre tenía y tiene de sí mismo. Se considera el ser humano más listo del mundo sin ningún disimulo o enmascaramiento y sin moderación. Está totalmente entregado a esta idea.
Con 6 ó 7 años de edad, y hasta más tarde, mi padre conseguía engañar a tod@s excepto a mi madre, que despreciaba y desprestigiaba todo discurso sapiente de su marido.
Yo sentía que mi padre, incapaz de poner en su sitio a su mujer, desviaba su violencia hacia mí, como el objeto más preciado de ella. Y que mis herman@s, cobardes como él, preferían volcar su ira sobre mí antes que darse cuenta de que su madre estaba violando a su hijo, y de que su padre era un cobarde como ell@s por ignorarlo también.
Cuando se juzga, se está aislando el suceso o sujeto del resto del mundo, de tal modo que ese resto, en el que está incluid@ ela juez, queda a salvo.
Éste es el error que comete todo participante en el Samsara. Y lo comete a propósito para poder vivir. Un@ niñ@ normal, al encontrarse con que el Samsara es un mundo distorsionado y hostil, aprende a ponerse a salvo en la familia y la patria, que son las instituciones que hacen la excepción en la hostilidad para que ela niñ@ ingrese en el Samsara.
Para ela loc@ no hay excepción. Recibe hostilidad en sus relaciones primarias en la familia. Y pobre de éla si comete el error de juzgar a sus familiares poniendo a salvo el resto del Samsara, pues se le vendrá encima toda la ira del Samsara en defensa del papel sagrado de madre y familia. Si ela loc@ ejerce violencia secundaria sobre sus familiares, será diagnosticad@ con esquizofrenia infantil, y se le hará sufrir lo indecible.
No. El final del camino del conocimiento dela loc@ consiste en darse cuenta de que la hostilidad es general, que no hay nada ni nadie que poner a salvo. Que la hostilidad procede del hecho de estar compitiendo por ser ela más list@. Así, nadie ayuda a nadie realmente, pues va en contra de sus intereses, ya que ela ayudad@ podría ganarle en la competición, y presentarse como más list@.
¿Por qué habría yo de juzgar a mi madre por ser tonta, a mi padre por creerse el más listo, y a mis herman@s por ponerse del lado de la autoridad e ignorar su violencia, desviando la suya propia hacia el más débil, si éste es el modo de comportarse de todo participante en el Samsara, en mayor o menor medida?
El descubrimiento de la Verdad lleva aparejada esta comprensión inmediata. Y cuál es la sorpresa dela loc@ cuando descubre que, por ejemplo, George Bush, presidente de los Estados Unidos cuando escribo estas líneas, es tan tonto como mi madre al quedarse pegado a la idea de invadir Irak, y llevarla a cabo a pesar de protestas y malestares propios y ajenos, e insistir en la ocupación a pesar de resultados completamente adversos; que George Bush se cree el más listo de los seres humanos al igual que mi padre, y que la mayoría de l@s restantes dirigentes del mundo ignoran esta violencia tremenda y se ponen del lado del agresor, del fuerte, al igual que mis herman@s.
Es un gran alivio que no haya juicio final para salir del Samsara pues, si lo hubiese, resultaríamos tod@s culpables, incluid@s usted y yo, si usted ha vivido en el Samsara.
El Samsara es un mundo distorsionado y hostil, con muy pocas excepciones. Y la suerte dela loc@ no es caer en una familia estúpida, distorsionada y cruel, pues todas las familias son estúpidas, distorsionadas y crueles, sino sólo haber sido privad@ de la excepción que le corresponde por su nacimiento como ser humano. La excepción que le daría la oportunidad de nacer.
Un@ niñ@ tratad@ de este modo se siente tremendamente sol@, sin nadie a quién recurrir. Y esto, cuando se es niñ@ y se tiene una fuerte dependencia por esta razón, es impresionantemente duro. Por poner un ejemplo, yo no me atrevía a decirle a mi madre que me encontraba mal cuando caía enfermo, y dejaba que ella lo descubriese, cosa que no tardaba en hacer.
La familia dela loc@ coloca a ést@ frente a una doble imposibilidad. Primero, le resulta imposible ingresar en el Samsara, pues el padre nunca da por válido su comportamiento, nada dela niñ@ le satisface y, segundo, le es imposible aprender a vivir como mortal, pues nadie a su alrededor lo hace, no tiene de quién aprender.
Esta doble imposibilidad marca una doble perspectiva de la Locura. La primera es la vista del tonal, que considera el Samsara como imprescindible para la vida, indestructible e irrevocable su condición. Esta perspectiva se divide a su vez en dos. Una cruel, dura, firme, enojada e iracunda, que considera ala loc@ como un@ esquirol que se escaquea de la Condición del Samsara, y que nunca, mientras exista el Samsara, se interesará por la causa de la Locura y sus posibles soluciones, pues esto pone en peligro el orden del Samsara. Y otra compasiva, que considera ala loc@ como una víctima traumatizada por las injusticias del Samsara, y que es conciliatoria, pretende recuperar ala loc@ para el Samsara. Desde luego, esto es derecha e izquierda.
La segunda perspectiva es la vista del nagual. Al quedar sol@ ela loc@, sin nadie en quién confiar, o a quién recurrir, tiene que pensarlo todo por sí mism@, con mayor o menor acierto. Naturalmente, una persona que piensa por sí misma no asume el esfuerzo y sacrificio que exige el Samsara, pues éste es completamente irracional, arbitrario y absurdo. No asume, en definitiva, la Condición del Samsara. Esto significa que el nagual no es sometido por el tonal, como ocurre en un@ niñ@ normal, sino que el nagual permanece efectivo, si bien subdesarrollado y furtivo, debido al desprecio y persecución que sufre al estar inmerso en el Samsara.
Este nagual no sometido siente, acerca de la violencia que sufre, que no tiene razón de ser, que el mundo no tiene por qué ser así. En fin, siente la Clara Luz aunque, por el momento, éste es un sentimiento vago y profundo. Es una luz crepuscular que acompaña ala muert@ de día, de noche, en todo momento: La fe humilde en que el mundo puede ser un lugar apacible y agradable en el que el nagual pueda desarrollarse. En palabras dela loc@, donde éla mism@ pueda vivir. Y, sobre todo, que la, por el momento desconocida, solución al problema es clara y sencilla.
El Libro Tibetano de l@s Muert@s ha dado cuenta de esta luz crepuscular. Así como los Beatles en su canción Let it be (Que sea), cuando dicen:

And when the night is cloudy,
there is still a light that shines on me.
Shine until tomorrow.
Let it be.


(Y cuando la noche está nublada,
hay aún una luz que brilla sobre mí.
Brilla hasta mañana.
Que sea).

 

Pero ¿qué puede hacer un@ niñ@ de 5, 6 ó 7 años de edad respecto de la Condición del Samsara? Nada, no puede hacer nada. Todo lo que se le pueda ocurrir decir a sus familiares u otras personas próximas será interpretado como delirante. Ela loc@ siente esto. No le queda más opción que esperar. Esperar a comprender el mundo, esperar a tener las palabras adecuadas para que el mundo cambie.
Esta espera dela niñ@ loc@ está dramática y magníficamente reflejada en la obra de poder literaria El perfume, de Patrick Süskind: Ela loc@ espera su momento como una garrapata enquistada espera a su perro y, mientras espera, todos sus actos y expresiones pueden ser vistos, bien desde el tonal, como patológicos o propios de un@ Dios@, si fracasa; bien desde el nagual, como estratégicos, si resulta exitos@.
Efectivamente, si ela loc@ tiene éxito, sus actos y expresiones se presentan organizados estratégicamente como elementos de la manifestación del espíritu, con sus centros abstractos semejantes a los de la Brujería.
Antes de los 7 años de edad, yo había conseguido ya grandes logros en el camino del conocimiento. Estoy convencido de que tod@s l@s loc@s consiguen grandes logros como estos en su infancia, sólo que aún no lo saben, como no lo sabía yo hasta después de descubrir la Verdad. Ahora se darán cuenta de ello.
Mi primer gran logro fue vencer al primer enemigo de un ser humano de conocimiento: El miedo. Primero vencí el miedo a la oscuridad. Sencillamente, pensé: Hay lo mismo con luz que sin luz. Un poco más adelante, pensé, para el miedo en general: No importa cuál sea la situación que enfrentemos, el miedo limita nuestra capacidad de comprender y reaccionar del modo más adecuado. Es más eficaz enfrentar toda situación sin miedo.
También me di cuenta, por esa época, de que la muerte es total y definitiva. Jugando a indios y vaqueros, los niños del barrio discutían qué era estar herido y qué estar muerto, y si se podía curar en uno y otro caso. Yo no tenía duda y me extrañaba que ellos la tuvieran. No sólo esto, sino que me di cuenta, además, de que tod@s, incluido yo, vivíamos como si no fuésemos a morir nunca. Sentía que esto no era lo adecuado a la circunstancia y que debía haber un modo de vivir de acuerdo a ella. Sin embargo, no supe resolver el problema, lo aplacé conscientemente, al menos mientras fuese niño, y seguí viviendo como si no fuese a morir nunca.
Pensé, en otra ocasión, que me sentía el más importante de los seres humanos, que todo giraba en torno a mí. Entonces me di cuenta de que l@s demás debían sentir de igual modo acerca de sí mism@s, y esto era incompatible con la realidad pues, si tod@s y cada un@ somos ela más importante, entonces, ningun@ es más importante que otr@, y tod@s estamos errad@s en la consideración de nosotr@s mism@s.
Y, por último en esta lista de grandes logros, antes de los 7 años de edad había ensoñado repetidas veces. Cada vez que tenía fiebre experimentaba el mismo sueño, y era consciente de que estaba soñando.
Me encontraba en una habitación sin paredes, donde la luz de una sola lámpara se perdía después de iluminar una mesa en el centro. De esta mesa brotaba una voz grave, ultraterrena, cuyas palabras no entendía, y que se iba haciendo cada vez más profunda y distorsionada, dándome una sensación de casi dolor cerebral.
Al principio, este sueño me producía un miedo visceral, profundo como la voz que oía pero, una vez superado éste, lo experimentaba como algo curioso y rutinario. Cuando me acostaba teniendo fiebre, lo esperaba y atravesaba y seguía durmiendo normalmente después.
En aquel entonces no imaginaba cuál podría ser el significado de este sueño. Ahora sé que era una representación de mi padre juzgándome, condenándome ynegándome el acceso al Samsara.
En la primera infancia no se crea karma. Hasta los 4 ó 5 años de edad, ela niñ@ es todo nagual, las decisiones son tomadas por la voluntad en función del bienestar.
Por esta edad, ela niñ@ normal comienza a invertir su razón, es su ingreso en el Samsara. Comienza entonces su desatino.
El karma se produce cuando l@s familiares y personas próximas dan por buenos los actos y expresiones dela niñ@ como acordes con los requisitos del Samsara, aunque no le produzcan bienestar, produciéndole incluso malestar. En fin, cuando son desatino.
El karma es el sacrificio asumido, y el tonal es el ser de karma, es decir, el que asume el sacrificio. Me sacrifico, luego existo es el lema secreto del tonal.
L@s familiares dela niñ@ loc@, especialmente el padre, dan sus actos y expresiones por fracasados, errados, inválidos, así le produzcan bienestar o malestar.
Mientras ela niñ@ normal se siente orgullos@ de su karma, de su sacrificio, y desarrolla el tonal creyendo en su realidad y pertinencia, ela niñ@ loc@ siente angustia vital por sus actos pasados, y desarrolla un tonal copiado de sus semejantes, pero sabiendo que es falso.
Recordemos que la angustia vital se produce en el Samsara por dos fenómenos: Primero, el darse cuenta de que se está quedando fuera del Samsara, es decir, se está perdiendo la vida y, segundo, una vez que se participa en el Samsara, el darse cuenta de que se está perdiendo la vida.
Los seres humanos, desde que está constituido el Samsara, se encuentran a lo largo de su vida con una angustia cuando huyen de la otra, siendo la primera predominante en la infancia, adolescencia y juventud, cuando el problema fundamental es hacerse un hueco en el Samsara, y la segunda en la vejez, cuando se acerca la muerte.
Cuando a un@ niñ@ normal se le amenaza con dejarl@ fuera del Samsara a causa de su mal comportamiento, es decir, se le regaña o pega, siente angustia vital y, huyendo de ella, se hace el propósito de esforzarse y sacrificarse más. Al menos, ésta es la intención de la amenaza, que ela niñ@ realice la inversión.
Cuando mi padre, con tono grave, definitivo y despreciativo, me hizo saber con aquel dibujo que nunca podría satisfacerle, sentí una angustia infinita, profunda, desconsolada. Recuerdo que, con esta sensación, borré con la goma las líneas de velocidad, arreglando el desperfecto y, al día siguiente, llevé el dibujo a clase, sin ningún entusiasmo. Era evidente que aquel dibujo no lo había realizado un niño de 6 años, y yo lo sabía. El maestro, al verlo, me preguntó si lo había hecho yo, a lo que respondí que sí. Ignoró mi angustia, tristeza y falsedad, y me felicitó fingida y forzadamente diciendo que estaba muy bien.
Lo que experimenté con este suceso no es otra cosa que un trauma. Un trauma es, entonces, la sensación de angustia que experimenta un@ niñ@ cuando un suceso le deja fuera del Samsara.
Jodorowsky, curandero del que ya he hablado y hablaré, afirma, y está en lo cierto, que un trauma en la infancia produce dos efectos fundamentales: Primero, ela niñ@ se queda atascad@ emocionalmente en la edad en la que se produce el trauma y, segundo, el suceso traumático se reproduce una y otra vez a lo largo de la vida dela traumatizad@.
Efectivamente, un@ niñ@ que no ha ingresado en el Samsara se queda en ese punto intentando repetidamente superar la prueba imposible que ha fallado. Pero no sólo se queda atascad@ ela niñ@, l@s miembros de la familia están también atascad@s en sus patrones de conducta en cuanto ala niñ@ se refiere, de modo que siempre hacen fracasar su insistencia.
El tonal dela niñ@ loc@ se desarrolla como única posibilidad de seguir adelante con su vida. La otra opción sería el autismo. El autismo es la más dramática de las locuras, es cuando la madre consigue su objetivo de transformar a su hij@ en un@ muñec@ en la primera infancia. Y lo consigue desechando toda manifestación dela niñ@ con la complicidad del padre, si lo hay. Sin embargo, en la locura habitual, ela niñ@ es rechazad@ también por no actuar, por lo que su estrategia es actuar poco, pero no nada.
El tonal se constituye ignorando, sólo que, mientras ela niñ@ normal ignora el malestar que le produce su desatino, ela niñ@ loc@ ignora los actos mismos. Los considera excepciones en el, por otro lado, lógico discurrir de los acontecimientos en el Samsara. En fin, copia la sensación de los demás de que todo está bien, desarrollando, así, una absurda idea del mundo.
Pero ela niñ@ loc@ no consigue ignorar los sucesos traumáticos por completo, sino que le asaltan por la noche, antes de quedar dormid@. El problema se presenta cuando, para mantener la idea de que todo está bien, tiene que autoinculparse del fracaso de sus actos. Se manifiesta, entonces, la segunda cara del karma.
El asunto está en la dependencia. Si se es dependiente de las personas que nos rodean, tenemos que ponerlas a salvo para poder seguir dependiendo de ellas.
El karma tiene dos caras en función de si la fuerza vital es suficiente o no para mantener la vida, es decir, para mantener en pie la absurda idea del mundo.
La fuerza vital la transmiten los padres corroborando las ideas que expresa ela niñ@ en sus actos y palabras. Si la fuerza vital es suficiente, ela niñ@ normal sentirá su karma como positivo, como reforzante de su absurda idea del mundo, y se sentirá orgullos@ de él, defendiéndolo y reiterándolo. Pero si la fuerza vital no es suficiente, como ocurre en ela niñ@ loc@, ést@ sentirá su karma como negativo. Sus actos pasados son fracasos, se siente culpable por ello, y experimenta angustia vital al no sentirse dign@ del Samsara.
Ela niñ@ loc@ atraviesa en un ciclo diario la muerte y renacimiento. Por la noche muere, su absurda idea del mundo se viene abajo y le inunda la angustia. Por la mañana se encuentra renovad@, rearma su absurda idea del mundo y pretende que todo está bien, como si no hubiera pasado nada.
El sufrimiento que experimenta un@ niñ@ loc@ queda fuera de toda descripción pero, ¿a quién le voy a hablar yo de sufrimiento?, sólo a quienes hayan nacido ya en el Paraíso. L@s que vivimos o hemos vivido en el Samsara conocemos bien el sufrimiento. De ahí la frecuente comparación del Samsara con un valle de lágrimas.
Un poco más tarde surge la fantasía como antídoto para la angustia nocturna. La fantasía es la expresión del nagual, de modo que ela niñ@ loc@ desarrolla una doble vida: La vida del tonal durante el día, en el mundo cotidiano, en el Samsara, y la vida del nagual por la noche, en la que lo que cuenta es el sentimiento. La fantasía produce una gran satisfacción ala loc@.
Durante el día, ela niñ@ loc@ es buen@, se comporta bien para evitar que la Tiranía caiga sobre éla. Por ejemplo, yo comía todo lo que mi madre me ponía en el plato, y rápido, para evitar que me ocurriese lo que a mi hermana. Mi madre le gritaba y le apremiaba insistente y desagradablemente para que comiera. Por otro lado, no podía negarme a nada, pues mi madre insistía hasta su derrumbe psicológico en cualquier tontería que se le ocurriese.
Esta estrategia de ser buen@, unida a la de imitar los actos y sentimientos de l@s demás, permite al nagual permanecer oculto, dedicándose a la observación para recabar experiencias que desarrollar en la fantasía.
La primera fantasía que recuerdo data de cuando yo tenía 7 u 8 años de edad. Imaginaba que, cuando volvíamos toda la familia en coche de visitar a nuestra abuela, yo iba detrás conduciendo un Ferrari. Un coche desconocido cerraba el paso a mi padre, quien conducía el coche familiar. Entonces yo me interponía con el mío entre ambos, salvando a tod@s de un accidente.
Es muy evidente que esta infantil y sencilla fantasía cumplía mágicamente el deseo de satisfacer a mis familiares, especialmente a mi padre, de modo que pudiera sentirme aceptado en el Samsara.
Denota también, esta fantasía, el carácter de omnipotencia, invulnerabilidad e inmortalidad que inundaba mi absurda idea del mundo. También me hacía a la idea de que me estaba librando de la Condición del Samsara, que la esquivaba de algún modo.
Sin embargo, era muy consciente de la provisionalidad de mi absurda idea del mundo. Sabía muy bien que aquella organización de mi ser sólo servía en la infancia. Sentía que no podía ser adulto con ese modo de funcionar y que alguna vez colapsaría. Había una discontinuidad en mi futuro que no podía imaginar ni tener en cuenta. Así, no veía mi futuro, y no era consciente de que crecía.
Con esta estructura de su ser, ela niñ@ loc@ se enfrenta al resto de su infancia. La estrategia de la madre está funcionando: Ela niñ@ así tratad@ se presenta ante el Samsara en inferioridad de condiciones para la lucha reinante en la logia. Por ejemplo, no ha aprendido a negarse y a mantenerse en su negación, pues la madre primero, y demás familiares después, nunca han aceptado por válida una negación dela niñ@ pero, sobre todo, ela niñ@ loc@, por lo general, no se defiende. Y esto no es sólo porque no haya aprendido a hacerlo en la familia, donde nunca ha ganado un pleito sino, también, y fundamentalmente, porque, al no haber incorporado la Condición del Samsara, no se considera partícipe de él, y siente, cada vez que piensa en defenderse, que estaría, con ello, aceptando el Samsara y su condición.
Esta rebeldía a aceptar la Condición del Samsara, por un lado, y el deseo de reunirse con l@s demás, por otro, reflejan también la dualidad dela niñ@ loc@, que vive furtivamente, en constante tensión por el peligro de ser descubiert@ y la sensación de fracaso que l@ inunda.
Ela niñ@ loc@ no es ni más ni menos fals@ que l@s demás niñ@s. Tod@s l@s niñ@s de cierta edad ya funcionan de modo indirecto en el Samsara. Ante cualquier situación, primero aparece el pensamiento del nagual, pero éste no es capaz de desarrollarse, pues ela niñ@ no conoce a nadie que pueda hacerlo. Entonces surge la segunda opción: Copiar el acto o expresión de otro tonal para constituir el propio.
Lo que ocurre es que ela niñ@ normal cree en este procedimiento y en sus resultados. Mantiene la ilusión de que su acto o expresión es genuino, verdadero, eficaz, pues obtiene corroboración ordinaria de ello. Ela niñ@ loc@, por el contrario, pues siempre obtiene corroboración negativa de sus actos y expresiones, siente la falsedad del procedimiento y el resultado. Se encuentra entonces con tres graves problemas a la hora de realizar el procedimiento:
Primero, todo lo que copia es falso en su origen. Yo sentía que los actos y expresiones de mis padres, herman@s, amig@s, maestr@s y tod@s l@s que me rodeaban eran falsos.
Segundo, al ser despreciad@ y tiranizad@ en sus relaciones primarias, no tiene, en principio, más para copiar que el desprecio y la tiranía que sufre. Así, sus actos y expresiones tienden a ser despreciativos y tiránicos con tod@s l@s que le rodean.
Y, tercero, no acierta al considerar qué harían otr@s en determinada circunstancia, y yerra. Aprender a realizar esta maniobra de cambio de sentimientos cada vez que se actúa o habla es, precisamente, incorporar la Condición del Samsara, es aceptar el sacrificio correspondiente a un participante en el Samsara. Ela niñ@ loc@ no realiza este aprendizaje y fracasa frecuentemente.
Y mientras yerra en el Samsara, ela niñ@ loc@ experimenta angustia y culpabilidad por sus errores. Y se siente indign@ de sí mism@ y del Samsara por su falsedad, esperando que alguna vez su nagual pueda manifestarse y desarrollarse libremente.
Hay que tener en cuenta, al leer estas líneas, que están escritas desde la perspectiva del presente, cuando la Verdad ha sido descubierta y pensada por unos años. Cuando ela niñ@ loc@ se enfrenta a estos sucesos, sentimientos y emociones, no comprende nada. No hay explicaciones para éla. Se enfrenta al puzle del conocimiento con muy pocas piezas a la vista. La posibilidad de componerlo es remota, y es lo que he llamado luz crepuscular, tomándolo del Libro Tibetano de l@s Muert@s.
El descubrimiento de la Verdad trae corroboración especial a las reflexiones que se presentaron en la infancia, y que entonces no pudieron tomarse por seguras, y permanecieron inconexas y casi olvidadas, si bien muy arraigadas en el pensamiento profundo del nagual.
La corroboración ordinaria, como ya he dicho, es la que nos damos un@s a otr@s. Si alguien más lo sabe, yo puedo saberlo y, cuantos más lo sepamos, más segur@s podemos estar de ello. Ahora bien, si nadie más lo sabe, yo no puedo saberlo de cierto, sino que será una intuición, una suposición., algo que parece estar ahí.
Para un@ niñ@, sea normal o loc@, sólo existe corroboración ordinaria. Para éla es cierto lo que saben l@s demás, especialmente su padre, y no tiene modo de comprobarlo.
Para un@ adult@ participante en el Samsara, existe corroboración especial siempre y cuando pueda expresar el problema en forma de números. Puede estar segur@ de que 2+2 son 4 independientemente de lo que crean l@s demás. Incluso si toda la humanidad creyera firmemente que son 5, un solo individuo podría mantener su seguridad en que son 4, si ha practicado suficientes matemáticas.
La corroboración especial es lo que ha dado lugar al avance de la ciencia a pesar de toda la oposición que ha sufrido. Y no sólo de la Inquisición sino, incluso, de l@s mism@s científic@s que la han desarrollado.
La Verdad es la Piedra Filosofal porque trae corroboración especial a todo pensamiento, esté expresado en números o en palabras, es decir, la Verdad da la posibilidad de seguir la continuidad matemática del Universo en todo fenómeno observado. Así, yo puedo estar seguro de lo que estoy afirmando en estas líneas a pesar de ser el único ser humano que lo sabe, antes de publicarlas.
El procedimiento se verá muy bien con el ejemplo que venimos arrastrando de la madre que obliga a comer a su hij@.
El fenómeno es típico de cualquier familia con un@ niñ@ que come despacio. La madre le apremia a comer, produciéndole malestar. Cuando una tercera persona presencia la escena, primero aparece la vista del nagual: El nagual siente el malestar dela niñ@ y la primera tendencia es pensar que la madre debería dejar comer ala niñ@ a su gusto. Sin embargo, si no se conoce la Verdad, este pensamiento se bloquea rápidamente ante la falta de corroboración ordinaria. A nadie en su sano juicio se le ocurriría apoyar ala niñ@ en su lentitud al comer, incluso en no comer pues, no sólo podría morir por inanición, sino que dejaría de cumplir con los requisitos del Samsara, como acudir al colegio a la hora indicada. Sólo un@ loc@ podría entrar a considerar esta posibilidad.
Entonces, rechazado el pensamiento del nagual, las reflexiones de tod@s l@s que rodean ala niñ@ se centran en la cuestión de cómo conseguir que ela niñ@ coma, y rápido. Padre, abuela, abuelo, tí@s, tod@s compiten, pues no saben comportarse de otro modo, por llevar a cabo su teoría de cómo conseguir el objetivo.
La escena puede llegar a ser grotesca, con la madre acusando a su hij@ de que le toma el pelo.
La situación es muy distinta si se conoce la Verdad. Si se conoce la Verdad y se ha revocado la Condición del Samsara, no hay razón para causar malestar a un@ niñ@. No hay objetivo al que pueda sacrificarse el bienestar, ni de un@ niñ@ ni de nadie. Esto es lo que significa la Verdad. Por otro lado, si está revocada la Condición del Samsara, ela niñ@ no tendrá ninguna obligación. Irá al colegio si quiere y cuando quiera. Así, podrá pasarse el día y la noche comiendo, si es necesario, o podrá dejarse morir, si lo desea.
Esta comprensión es clara y directa, y puede mantenerse por sí misma sin ningún esfuerzo, así sea el único ser humano que la ha pensado, siempre y cuando haya practicado lo suficiente el pensamiento del nagual, es decir, el que se realiza patrocinado por la Verdad.
La Verdad no es, entonces, una cuestión de fe, sino de comprobación directa de su funcionamiento pues, cuando el pensamiento está patrocinado por la Verdad, la razón funciona, y todo cobra sentido.
Es enormemente grato y, sobre todo, un gran alivio para un@ loc@, encontrar un modo de pensar que regresa, explicando y aclarando, a las reflexiones que hizo de niñ@ acerca del Samsara.
Pensé, entre los 7 y los 14 años de edad, que mis padres, y tod@s l@s adult@s en general, no tenían vida propia, sino que vivían en función de l@s hij@s y otr@s niñ@s. Sentía la miseria de sus vidas, razón, entre otras, de que no viera mi futuro. Pero la sensación de miseria ajena no se limitaba a l@s adult@s, sino que se extendía también a l@s niñ@s. Para mí, la fantasía era el único atisbo de riqueza, donde había satisfacción y emociones, sin embargo, no tenía indicio ninguno de que l@s demás niñ@s realizasen este ejercicio, y dudaba, y sentía que, de no realizarlo, vivían una gran miseria al tener sólo la vida cotidiana como fuente de experiencias y emociones.
En cuanto a la educación, sentía y pensaba que se estaban adelantando, con su dura obligación, a nuestro natural deseo de aprender. O que no tenía sentido el continuo reproche enojado al que se somete a l@s niñ@s por no haberse sacrificado suficientemente antes. Razón por la cual no saben lo que deberían saber. Máxime cuando sólo se les ha explicado una vez, e incompleta e incoherentemente, por lo general. Véase el enojo dela maestr@ al comprobar que ela niñ@ no se sabe la lección del día anterior, cuando bien podría repetirla.
Al menos, l@s demás niñ@s recibían una explicación previa en el colegio o en la familia. Yo la recibía en el colegio, pero no en la familia, donde se me reprochaba enojadamente cualquier error, sin explicación ninguna.
El enojo común está siempre referido al Samsara. Se produce, bien como reproche a otro ser humano por no haberse sacrificado lo suficiente con anterioridad, bien como reacción a este reproche, es decir, por no ser reconocido su sacrificio, por sentirse injustamente excluid@ del Samsara.
Siendo el Samsara el reino de la lucha por ingresar y mantenerse dentro de él, el reproche de un signo y otro es continuo. En el Samsara somos tod@s un@s enojon@s insufribles, lo que supone un desprecio y persecución del bienestar, el placer y la diversión. Esto sentía yo de niño, sin saber explicarlo entonces. Sentía y pensaba que, sobre todo l@s adult@s, pero también l@s niñ@s, se sentían justificad@s por su enojo a sabotear cualquier expresión de bienestar, placer o diversión.
Y, por último en esta lista de reflexiones de la infancia, cuando ya tenía 12 ó 13 años de edad, me di cuenta de que todos los niños que conocía se presentaban, en primera instancia, como más listos que yo y que, más adelante, comprobaba que yo era más listo.
Entonces no pude saber si esto de creerse el más listo de los seres humanos sin ninguna prueba de ello se limitaba sólo a los niños o afectaba también a las niñas o a l@s adult@s, y olvidé el asunto hasta después de descubrir la Verdad.
Efectivamente, en el Samsara, todos sus participantes, niñ@s y adult@s, se creen l@s más list@s del mundo, lo que les lleva a comportarse como si ya lo supieran todo y, especialmente, se ven obligad@s a comprender todo muy rápido. Véase cómo l@s polític@s dan respuestas inmediatas frente a cualquier acontecimiento. Naturalmente, no están comprendiendo nada.
Ela niñ@ loc@ aplaza la comprensión, aplazando también la comprensión del aplazamiento, al menos mientras sea niñ@. Sin embargo, tiene que mantener su aplazamiento en secreto, y comportarse, al igual que l@s demás, como si supiera todo y comprendiera todo muy rápidamente. Ela más rápid@.
El Samsara no tiene sentido. No tiene sentido el tonal, sea iracundo o apacible. ¿Qué sentido tendría contar el errar del tonal, sea de una persona normal o de un@ loc@? Sólo tiene sentido contar los sucesos en los que se ha manifestado el espíritu. Estos son aquellos en los que ha actuado el nagual, y son los sucesos memorables de una persona.
En la miseria del Samsara, los sucesos memorables son escasos, sobre todo para una persona normal. Para un@ bruj@ del segundo ciclo son más abundantes porque ell@s son personas elegidas por tener un tonal en buen estado, un tonal que ha dejado y deja manifestarse al nagual. Para un@ loc@ puede haber algunos. Para mí sólo hay uno que merezca la pena ser contado, quizá en toda la infancia.
Después de 7 años de adiestrarnos para diferenciar entre aprendizaje y diversión, de ocupar nuestro tiempo con carnaza inservible impidiéndonos aprender lo esencial; después de 7 años de oscuros sarcasmos, como aquel maestro que se dormía en clase y se cagaba en las primeras sopas que comimos, o la maestra que nos apremiaba a creer en la Virgen sin explicarnos claramente lo que significa ser virgen; cuando antes de empezar el último curso pensaba que no podría soportarlo, nos pusieron por tutor un maestro nuevo. Era de aspecto duro y voz grave y cascada, pero resultó que, en todo el curso que estuvimos con él, nunca se mostró enojado, y en su clase se estaba a gusto, relajado. Nos dijo, en su presentación, que su nombre era extraño y malsonante, pero no se lo iba a cambiar, así que lo usaríamos. Podíamos llamarle Fulgencio o don Fulgencio, como quisiéramos. Todos elegimos usar el don como muestra de reconocimiento y respeto. También nos dijo que, si alguna vez le poníamos un mote, se lo dijéramos directamente.
Pues bien, don Fulgencio nos dio la primera y única oportunidad en aquel colegio de poner a prueba nuestra creatividad. Realmente, las ocasiones brindadas por don Fulgencio fueron dos, pero de la segunda hablaré más adelante, después de haber dicho lo que tengo que decir acerca de Jesús de Nazaret, pues ahora podría inducir a error.
Un día entré en el aula con la clase ya empezada por una causa justificada que don Fulgencio conocía. Hice ademán de ir a explicarle, pero él me indicó sentarme en mi sitio directamente.
El ambiente en la clase era de entusiasmo y preocupación al mismo tiempo. Al ver el gesto de don Fulgencio, Serrano se apresuró a decir –Estrada con nosotros—, y los demás del grupo asintieron.
Hay que tener presente que en aquel tiempo, en España, cuando el dictador Franco había muerto apenas un año antes, había segregación sexual en los colegios. Todos éramos varones en la clase. Es por esto que utilizaré sólo la desinencia de género masculina en el episodio.
Medio comprendí, medio me explicaron que don Fulgencio había dado instrucción de que nos juntáramos en grupos a nuestro gusto para realizar una obra de teatro, sin ser representada plenamente, sino sólo supuestamente a través de la radio, asistidos por un narrador.
Nos conocíamos todos en clase, pues llevábamos años juntos, pero conocía especialmente a los componentes de este grupo porque 3 ó 4 años atrás nos reunimos en una ausencia del maestro y surgió cierta camaradería entre nosotros, de manera que nos habíamos relacionado bastante desde entonces.
Estaba Serrano, que era bajito, rubio y de cara simpática, muy activo y participativo, y seguidor de las bromas de los demás. De hecho, fue él quien aportó el poco contexto que tenía la obra, un contexto tomado de los tebeos que debía leer, y quien dio por aceptadas las propuestas de los demás.
Estaba Rodríguez, a quien todos llamábamos viruta. Era bizco, defecto que corregía con unas gafas que ocultaban su fealdad. El viruta era el tonto de la clase y, en el último curso, del colegio, a quien todos tiranizábamos, divirtiéndonos con sus enojos característicos y esperados.
También estaba Bautista. Alto y con pelo moreno y liso, de cuerpo voluminoso sin llegar a estar gordo. Esta característica de su cuerpo fue la causa de que yo le ignorase. Fue mi primer caso de ignorar a una persona completa. En la primera reunión que tuvimos, ya citada, alguien dijo que estaba fofo. Él lo negó, disgustado, pero yo tomé este defecto como causa de expulsión del Samsara, lo que no es otra cosa que una discriminación. No le hablaba, miraba o respondía. Un año o dos después, al empezar a estudiar inglés, Bautista recibió el apodo de body, cuerpo en este idioma. A él no le gustó, pero disimuló ante la perspectiva de no poder quitárselo de encima.
Y, por último, estaba González, de quien no hay nada que destacar.
 La creatividad es del nagual. Don Fulgencio, al darnos la oportunidad de probar nuestra creatividad, estaba apelando a la manifestación del nagual.
Don Fulgencio nos había dado un hueso duro de roer. Para preadolescentes que casi nunca han expresado su nagual en la miseria del Samsara, durante muchos años, la creatividad es tremendamente difícil de poner en marcha. Por eso, cuando llegué a clase, noté que todos llevaban tiempo buscando ideas para la obra, sin encontrar ninguna válida.
El nagual puede actuar únicamente cuando el espíritu se manifiesta. Y esto es lo que ocurrió en aquella ocasión. El hecho de que yo llegara en ese preciso momento, y en esas circunstancias, fue una clara manifestación del espíritu porque permitió que mi tonal quedara suspendido, dando alas al nagual.
Me explico. Mi tonal de aquel tiempo, como el de tod@ niñ@ loc@, estaba atascado reproduciendo el trauma. Así, inconscientemente, yo buscaba siempre el modo de fracasar en toda expresión, cambiando mis actos para que mi verdadero ser, el nagual, permaneciese oculto, furtivo. Al presentarse aquella ocasión, la situación me inundó sobrepasando lo que el tonal puede controlar, de manera que todas las maniobras del tonal para mantener el control cesaron, y quedó sólo el nagual ante la escena.
Cuando me senté, al explicarme la situación, pusieron todas sus esperanzas en mí. Me enseñaron una frase escrita como única idea sacada en claro, pero sin ninguna confianza en ella, advirtiéndome que no era nada.
Leí la frase, viendo que pretendían hacer una obra seria. Dije –Bueno, pero no tiene que ser seria, ¿no?... Puede ser de cachondeo… Podíamos hacer un atraco—. Y a continuación dije –Somos una banda de atracadores—, pero ya nadie me escuchó. La idea les había entusiasmado y se habían puesto manos a la obra. Rápidamente nos situamos en la guarida, en el número 9 de la cuesta del patinazo, y González se ofreció de narrador.
En seguida el resto de la clase se dio cuenta de que a nosotros nos estaba saliendo la obra, y oí decir al de alante, cuyo nombre era Espinosa, –Es Estrada. Antes de llegar él estaban como nosotros, sin saber qué hacer—.
Se presentó el asunto de qué establecimiento atracar. El viruta dijo, sin mucha convicción, pero con entusiasmo –Una farmacia—. Todo quedó en suspenso. Nadie se atrevía a confirmar o desmentir que atracaríamos una farmacia, o cómo hacerlo.
Pensé, en ese intervalo, que la cosa no podía ser tan sencilla como proponerlo y aceptarlo, sino que había que sacar partido de la condición del viruta de ser tiranizado.
Planeé que el viruta propondría, y todos le dirían que no, entonces, tenía que haber otro al que dijesen que sí, y tenía que ser yo.
Me di cuenta de que el chiste ya estaba hecho. Lo vi en televisión, a cargo de unos muñecos de guiñol de origen inglés, poco tiempo antes. Representaban a la familia real británica eligiendo el nombre de un recién llegado a ella.
Dos mujeres, debían ser la reina y su hija, aunque no conozco los pormenores de esta familia, proponían animadamente distintos nombres para el niño. El príncipe Carlos escuchaba, proponiendo por dos veces, casualmente, que podía llamarse Charles. Las mujeres, en cada ocasión, decían, con convicción –No, Charles no—, mientras seguían su conversación. Entonces, el príncipe Carlos decía –Pues yo sigo pensando que…—, y las mujeres le interrumpían, diciendo enérgicamente –¡¡No se llamará Charles!!—. A continuación entraba la madre con el niño en brazos, y las mujeres se apresuraban a preguntar –¿Cómo se va a llamar?—. –Se va a llamar Charles—, respondía la madre, a lo que las mujeres exclamaban –¡Charles!, ¡claro! ¡Qué nombre tan bonito!—.
Esta reflexión duró apenas un segundo. Me levanté y dije, dirigiéndome principalmente a Serrano, —Estáis hablando, ¿no?, y dice el viruta “Podíamos atracar una farmacia”, y todos “No, una farmacia no”—. Y Serrano dijo –Pero podíamos…—. –¡Sí, sí!, atracamos una farmacia—, respondí. Y el de alante dijo –Van a atracar una farmacia— mientras yo seguía diciendo –Pero antes…—. Y volví a empezar –Estáis hablando, ¿no?, y dice el viruta “Podíamos atracar una farmacia”. Y todos “No, una farmacia no”. Y seguís hablando, y dice el viruta “Podíamos atracar una farmacia”. Y todos “No, una farmacia no”. Y seguís hablando, y dice el viruta “Pues yo sigo pensando que…”. Y todos “!!No será una farmacia!!”—. Serrano, que seguía atentamente mis explicaciones, intentó proponer una frase alternativa, pero se atascó y no fue capaz de decirla. Esto me dio la oportunidad de repetir, reafirmándome. Dije –¡Sí!, ¡sí! “!!No será una farmacia!!” Y entonces llego yo y digo “¡Vamos a atracar una farmacia!”. Y todos “!Una farmacia!, ¡claro! ¡Sí!, ¡sí!”—Serrano, aguantando la risa, dijo —Ideal—. El viruta se levantó y dijo –¿Y por qué yo?—.  Iba a decirle que él había inspirado el chiste, o que suya había sido la idea de atracar una farmacia, pero le dije –Te va el papel, tío—. Y accedió a hacerlo a regañadientes, inconforme con el modo de elección del tiranizado. Y Serrano dijo –Venga, vamos a hacerlo—. Y mientras nos disponíamos a hacerlo, dijo –Venga, te estamos esperando—, planteando así la escena.
El chiste quedó mucho mejor representado por un grupo de preadolescentes eligiendo el establecimiento a atracar que el original. Sobre todo porque, en el original, la madre tiene la potestad de elegir el nombre del niño. En el nuestro, la elección del establecimiento a atracar era una cuestión de liderazgo. Y el chiste era tan bueno que tuvieron que aceptar el mío. Casi todos de buen gusto, después de todo, yo había aportado la idea de hacer un atraco, el viruta a regañadientes, pues resultaba perjudicado en el arreglo.
Desde mi llegada a clase hasta aquí, el espíritu se manifestó plenamente, dando esa impresión que sólo da el nagual de que la acción se desarrolla según un plan que realmente no existe, que todo encaja y se ajusta a sí mismo.
A partir de este punto, cuando empezamos a representar la obra, el tonal comenzó a reclamar su espacio de nuevo. El primer pensamiento fue de alivio al haber quedado con muy poco papel. El peso de la escena caía sobre Serrano, body y el viruta, yo sólo llegaba al final para llevarme todos los méritos. Sin embargo, por primera vez en mi vida, fui prudente y cauteloso, esperando a que la situación se desarrollase sin mi intervención, antes de meter la pata, como solía hacer. En otras palabras, mantuve al tonal a raya, dejando que el nagual siguiera funcionando. Me abstuve de corregir a los demás, como era mi intención, incluso animé en vez de frenar.
Body y Serrano, por este orden, comenzaron a proponer, uno por turno, distintos establecimientos que podíamos atracar, como un restaurante italiano o una pastelería. Repitiendo la escena una y otra vez, fuimos construyéndola. Serrano y el viruta actuaron muy bien. Yo no fui capaz de meterme en el papel, y lo hice de alguna forma, sin representar realmente al líder, cuando para explicar el chiste lo había hecho magníficamente.
El problema de body era que cada vez que un participante en el Samsara se relaciona con otro, como ya he dicho, se está mirando al espejo mágico para comprobar que es el más listo de los dos. Sin embargo, body fracasaba siempre al hacer este ejercicio conmigo a causa de mi ignorancia hacia él, y se sentía frustrado cada vez que yo demostraba ser muy listo, como en esta ocasión.
El colmo llegó cuando body propuso su brillante idea tomada de la película El jovencito Frankenstein, que había visto 2 ó 3 veces, y de la que nos había contado hasta el último chiste. Propuso que todos me llamarían Igor, pronunciado tal como está escrito, en español. Y yo debía decir “Mi nombre es Igor” pronunciado en Inglés Aigor. Pero como yo le ignoraba, guardé silencio esperando que Serrano aceptara la propuesta, pero él tampoco lo hizo en principio, y nos mirábamos riéndonos mientras el enojo e insistencia de body eran evidentes.
Este chiste era muy bueno, pero yo sentía, y creo que Serrano también, que me daba demasiado protagonismo.
Pasado un tiempo, realizando una y otra vez la escena, sentimos que era necesario ponerme un nombre, y Serrano, por fin, aceptó la propuesta de body, pasando todos a ser la banda de Igor. El narrador, González, hacía la introducción diciendo que estaban reunidos esperando a Igor, y yo decía   –“Mi nombre es Aigor”—, y ellos no me  hacían ni caso en la corrección. Sin embargo, en el resto de las veces que me llamaban Igor, yo no les corregí, perdiendo así el chiste. Body echaba humo.
Don Fulgencio, para no perder tiempo de clase, nos dijo que siguiésemos haciendo la obra en nuestro tiempo libre, reuniéndonos en casa de alguno alternativamente. Y así lo hicimos.
Continuamos la obra sincronizando los relojes. Cada uno decía una hora distinta, y yo decía que no tenía reloj. Después venía el atraco en sí, con la célebre frase “¡Manos arriba, esto es un atraco!”, que decía Serrano.
No recuerdo bien esta parte de la obra. Sí sé que intervine en ella a iniciativa de Serrano, que propuso una frase que tenía que decir Igor, y que tampoco aquí me metí en el papel de líder.
Un día nos reunimos en mi casa, y mi hermano Luis Miguel estuvo presente. Al oír lo que llevábamos hecho, preguntó –Eso de no será una farmacia, ¿de quién es?—. Y Serrano respondió  –De tu hermano—. Y los dos rieron y estuvieron de acuerdo en que era buenísimo.
Después del atraco en sí, volvíamos a reunirnos en la guarida, y resultaba que el viruta, quien se había ocupado de trincar la pasta, había cogido la pasta de dientes, el dentífrico en vez de el dinero, y decía que había de todas las marcas. Entonces, y esto fue lo que no me gustó de la obra, y en lo que no participé, todos le insultaban llamándole tonto, inútil imbécil e idiota. La única condición que don Fulgencio nos puso fue que no dijésemos palabrotas.
El viruta se quejó mucho de esta parte de la obra, pero todos insistieron en que encajaba con el primer chiste, y él accedió al final, sin quedar conforme.
Realmente esto no encajaba pues, en mi chiste, el tonto resultaba listo, y los listos tontos, ya que la idea del viruta de atracar una farmacia era la buena al final; y en este trance, el tonto quedaba como muy tonto, y los listos como muy listos, típico del Samsara.
Estuve a punto de tener una idea con la que el viruta no resultase humillado, sino más listo que los demás, incluido yo, pero me contuve, les dejé hacer. Ahora sé, porque he pensado mucho en ello, que la idea era repartirnos la pasta de dientes, pues era pasta lo que queríamos conseguir. Si hubiésemos atracado una pastelería, nos habríamos llevado pasteles.
Entonces, el viruta habría dicho –Hay de todas las marcas: Colgate, Profiden, etc.—. Yo habría dicho –Yo la quiero con flúor—, y todos –¡Sí!, yo también, con flúor—. –Todas tienen flúor— habría dicho el viruta, siendo el más listo de todos. Creo que aquella época fue cuando todos los dentífricos se anunciaban con el argumento principal de tener flúor. Pero no fue así, resultando la escena tensa, incómoda. Sobre todo para el viruta.
Cuando estaban terminando de insultarle, llegaba la policía, a quienes Serrano convino en llamar la pasma.
La reunión terminó aquí y, al día siguiente, en clase, don Fulgencio nos dijo que fuésemos terminando las obras. Serrano dijo –Sí, sí, venga, hay que acabarla—y nos reunimos de nuevo.
Empecé a hablar, y González y el viruta se distrajeron hablando entre sí, aparte. Serrano me escuchaba, y body también, sentado detrás de él. Dije –Primero, ¿les cogen o no les cogen?— Serrano pensó por un momento y dijo –No, no les cogen—, y dije –Yo también pienso que no les cogen. Entonces, la pasma llama a la puerta, y todos, “¡Ahí va!, ¡la pasma!, ¿Qué hacemos, qué hacemos? Y digo “Escondeos y dejadme hablar a mí”. La pasma echa la puerta abajo y dice “¡¿Hay alguien aquí?!” Y digo “Yo no veo a nadie”. Y ya está, se acaba, se van—.
Body dijo, tomando revancha por no haber aceptado plenamente su chiste, —¡No, hombre!—. Serrano, tardando un poco más en cogerlo, se echó a reír, tanto del chiste como de la reacción de body, y llamó al viruta y González, que seguían distraídos, diciéndoles que ya teníamos final, y dijo –¡No!, la pasma dice “!Vaya!, nos han vuelto a dar esquinazo”—.
Con la obra ya terminada, nos volvimos a reunir en casa de alguno, y la representamos una y otra vez, y grabamos dos cintas. Una para don Fulgencio, como nos había pedido, y otra para nosotros que, al final, se quedó González.
Y llegó el gran día. Don Fulgencio nos preguntó si habíamos terminado las obras. Sólo habían salido dos, la nuestra y la de otro grupo en el que estaba el líder de la clase, Barrios, y ambos grupos habíamos terminado. El resto de la clase sólo había escrito algunas frases sueltas sin mucho sentido. Aún así, don Fulgencio insistió en que representasen lo poco que tenían.
Comenzaron las representaciones hasta que nos llegó el turno. Todos en la clase estaban deseosos de oír nuestra obra. En la primera representación estábamos un poco cortados, fuera de situación, pero nada más terminar, nos pidieron todos, incluido don Fulgencio, que la repitiésemos y, entonces, salió mucho mejor. La representamos 6 u 8 veces y tuvimos mucho éxito.
Cuando nos íbamos a sentar, don Fulgencio preguntó –Lo de yo no veo a nadie, ¿de quién es?—. –De Estrada—,  respondió Serrano. Y don Fulgencio siguió preguntando     –¿Y lo de no será una farmacia?—. –De Estrada—, Serrano volvió a responder. Realmente eran los dos chistes buenos y los que abrían y cerraban la obra. Entonces, el de alante, Espinosa, se levantó, me señaló y dijo –¡Ha sido Estrada!— Y cuando nos sentábamos me dijo –Joh, tío, lo que habría dado por estar en tu grupo—.
A continuación le tocó el turno al grupo de Barrios, quienes representaban una inocentada, poniendo un petardo en algún sitio. No me enteré muy bien de esta obra, pues estaba alucinado con la nuestra y con toda la situación. Realmente, don Fulgencio nos había proporcionado una oportunidad singular pero, mientras en nuestra obra había chistes verdaderamente buenos que expresaban las contradicciones del Samsara, como el hecho de que la misma propuesta sea recibida de distinto modo dependiendo de quién la haga, en la del grupo de Barrios, las risas eran las típicas del Samsara, en las que cada cual se considera más listo que los demás.
Después hicimos una votación para determinar cuál era la mejor obra. A mí esto no me gustó, pues no había por qué convertir el asunto en una competición, pero don Fulgencio era un participante en el Samsara, uno excepcional, especial, pero participante al fin y al cabo. Sin embargo, resultó positivo porque fue nuestro primer comportamiento democrático después de salir de la dictadura de Franco, en la que se imponía el más fuerte.
Desde luego, nuestra obra, de la que no recuerdo el título o si lo tenía, resultó ganadora con sensible diferencia respecto a la del grupo de Barrios, cuyo título tampoco recuerdo, y las demás recibieron algún voto. El sistema fue disponer cada uno de dos votos, así pudieron repartirse mejor.
En esta obra no hubo director, sino que cada cual actuó como supo y pudo. El sistema fue el adecuado: Representar una y otra vez lo que llevábamos hecho, de manera que todo se fuese organizando y ajustando, y surgiendo nuevas ideas para lo siguiente.
Dado que era nuestra primera experiencia de este tipo, y con este tipo quiero decir en la que se manifiesta el espíritu, la obra no se ajustó del todo. No supimos corregirnos a nosotros mismos ni a los otros. Después de todo, corregir es extraordinariamente difícil en el Samsara, pues implica ser más listo que el corregido.
Es impresionante la barrera, la limitación que supone tener que mantener la absurda idea de que se es el más listo del mundo. Así, tuve la impresión de que la obra salió por los pelos. Por los pelos aceptaron y mantuvieron la aceptación de mi liderazgo. De hecho, cuando González y el viruta se distrajeron al proponer yo el último chiste, el de “Yo no veo a nadie”, lo hicieron porque no soportaban que yo fuese el más listo una vez más. Fue Serrano quien tomó en cuenta la posibilidad y me escuchó. No sé si habría aceptado la corrección de repartirnos la pasta de dientes. Fue mejor no comprobarlo.
Para terminar con este episodio magnífico que nos brindó don Fulgencio, cabe destacar la poca conciencia y el pensamiento fragmentado y desordenado de unos preadolescentes que hicimos una obra poco coherente e inconexa. Por ejemplo, no he sabido que éramos 5 hasta poco antes de escribir estas líneas, una vez recreadas las escenas en innumerables ocasiones. Nunca se me había ocurrido contarnos.
El chiste de no será una farmacia marcó la tónica en la pandilla que se constituyó quizá un mes después con núcleo en el grupo que representamos la obra, con todos los que quisieron participar de la clase, y con un grupo de chicas del mismo curso, 8º de EGB, y del mismo colegio.
En cuanto a los chicos se refiere, yo oficiaba de líder, aunque las decisiones eran de Serrano, y ejercía mi liderazgo, fundamentalmente, tiranizando al viruta con bromas graciosas que todos reían.
El viruta no comprendió el chiste. No se hizo a la idea de que sus propuestas resultasen siempre rechazadas por muy buenas que fuesen, y se pasaba el tiempo enojado, reclamando sus derechos, lo que causaba más y más Tiranía sobre él.
Llegado un punto, el viruta se defendió con lo que, él debía pensar, eran mis mismas armas. Un día que subimos a su casa los cuatro que atracamos la farmacia, exceptuando al narrador, estando su madre, ésta nos puso para merendar pan frito y café con leche. Resultó que todos lo comieron limpiamente excepto yo, que manché la mesa al mojar. Ya me daba cuenta de mi falla, pensando cómo podían poner tanto cuidado ellos, cuando el viruta lo destacó, riéndose todos.
Mi martirio no acabó aquí, sino que el viruta lo llevó más lejos. Cuando pasó su madre, le dijo –¡Mamá!, mira qué guarro es Estrada, Fíjate cómo lo ha puesto todo—. Ella dijo que no importaba y lo limpió con una bayeta. Entonces, y esto fue lo único que tuvo gracia del incidente, el viruta dijo –¡No!, si lo va a volver a manchar—. Y efectivamente volví a mancharlo.
Todos rieron hasta hartarse, pero no se reían tanto del chiste del viruta, que era más bien grosero e insulso, como del hecho de que el tiranizado volviese las cartas a su favor y tiranizase al pinche tirano.
Ciertamente, el viruta me puso en un aprieto que no supe contrarrestar, sino sólo esperar a que pasase el chaparrón.
El desenlace llegó a partir de una broma que inició Serrano a consecuencia del aburrimiento.
El aburrimiento es algo que alcanza a todo participante en el Samsara al llegar a la adolescencia, cuando los juegos que le han acompañado en la infancia dejan de satisfacerle. Y es consecuencia de la absurda división entre aprendizaje y diversión, de donde surge el concepto de tiempo libre. El tiempo libre se convierte en una trampa al perder el sentido del Universo, que es el aprendizaje, el incremento de la conciencia.
Estábamos sin las chicas un día más. Ellas traían un poco de actividad y diversión, pero en su ausencia nos encontrábamos perdidos la mayoría de las veces. Debíamos ser 6 ó 7 incluido el viruta, y estábamos sentados en un banco en el parque, muertos de aburrimiento. El viruta se distrajo jugando con las plantas a metro y medio o dos metros. Entonces, Serrano le miró, nos miró a los demás, todos nos miramos y miramos al viruta y, coordinadamente, echamos a correr, dejando al viruta solo y pasmado. Pasamos el resto de la tarde huyendo de él a corta distancia, divirtiéndonos mientras se enojaba más y más, y decía –¡Venga!, ahora le toca a otro—. Naturalmente, no le hicimos caso y acabó cansándose y yéndose a casa.
Todo se alió en contra del viruta en esta ocasión. Al día siguiente, nadie acudió al lugar habitual de reunión. No nos habíamos puesto de acuerdo, sino que dio la casualidad de que todos teníamos algo que hacer en particular.
Pasado otro día, cuando llegué, estaba Serrano contando, muy animada y sorprendidamente, que el viruta había creído que continuábamos el juego de huir de él, escondiéndonos en casa de alguno. Había ido a la suya y, al responder su madre que no estaba, justificado por su enojo, la apartó de la puerta y abrió el salón para comprobarlo, sorprendiendo a su hermana, que estudiaba con un@s amig@s.
Serrano contaba la sorpresa de su madre ante el comportamiento del viruta, y dijo que se estaba volviendo loco.
Dijo esto último con el ánimo de seguir tiranizándole con este argumento, y volverle más loco todavía. Sin embargo, yo no le seguí la corriente esta vez. Pensaba que el viruta ya había tenido bastante, dejando que la situación se relajase. Reflexioné, entonces, si la Locura no sería esto simplemente: La confusión que crea la Tiranía insistente.
Cuando llegó el viruta, la cosa no era tan tensa y hubo explicaciones por ambas partes, aclarando el incidente, aunque él quedó como culpable de un comportamiento inexplicable.
Un día o dos después, el viruta estalló, con tan mala suerte que lo hizo cuando estaba Barrios con amigos de su barrio.
Barrios era un pinche tirano duro, cruel. Por ejemplo, con algunos amigos se dedicaba a mirar viejos, y a reírse en su cara comentando lo gracioso de su nariz o sus orejas. O les quitaba la boina, que algunos aún llevaban, y jugaban a tirársela unos a otros mientras el viejo les perseguía garrote en alto. O la que ha resultado la más graciosa de sus bromas, pues es cierto lo que decía: ¡Viejo!, ¡asqueroso!, ¡que no tienes derecho a vivir! Después de todo, nadie tiene derecho a vivir, como he explicado, y tod@s somos asqueros@s mientras existe el Samsara, aunque él no lo decía con tono de revelación, sino con clara intención de enojar.
El viruta nos recriminó a todos, enojado y disgustado, no recuerdo con qué palabras, por el trato cruel que le brindábamos. Parecía dispuesto a poner las cosas en claro de una vez por todas. Barrios le respondió, despectivo. Entonces, el viruta hizo su pregunta clave. –¿Por qué yo?—
Intentando devolver la situación al terreno gracioso, dije   –Porque eres el más feo—. Pero el viruta no estaba para bromas. Desquiciado, empezó a argumentar que eso no era razón, pero perdió el impulso al ir dándose cuenta de que aquello no tenía sentido. Barrios repitió mi chiste a sus amigos, y el viruta se enfrentó a él. Barrios, ni se achantó, ni rebajó la tensión, sino que se mostró dispuesto a pelear.
La primera impresión es del nagual. Viendo aquello, pensé que Barrios se estaba pasando, pero no supe intervenir del modo adecuado, no tenía el poder suficiente.
El viruta se echó atrás en su intención de pelear, y yo presencié aquello cambiando mis sentimientos. Seguir el hilo de la Tiranía es mucho más fácil. Comportarse como ela más list@ o fuerte o atrevid@ es lo más fácil del mundo. Y eso hice. Tomé la idea del grupo de Barrios, que cantaba la obscena cancioncita de la cabra  poco antes, y canté:

Viruta, viruta,
qué tío más hijoputa,
la madre que lo parió.
Yo tenía un viruta

 

Pero perdí el impulso. No sabía por qué estaba haciendo eso, y el sabor que sentía era desagradable. Barrios terminó la estrofa por mí. Dijo: ¡Sí!, ¡sí!...

…y el muy puta se murió.

 

El viruta se fue enojado, disgustado y derrotado. Y yo me sentí fatal, sin saber solucionar la situación, que había quedado desastrosa, no sólo para el viruta, sino también para mí. Pensé que todos interpretarían mi actuación como una represalia por el incidente anterior, en casa del viruta, con su madre, cuando no había sido así. Para mí, la situación siempre era nueva, y no guardaba rencor a nadie por sus actos pasados o, al menos, así pretendía que fuese. Por otro lado, el viruta me simpatizaba, aunque nunca lo habría reconocido.
Durante los días siguientes pensé, aunque mi intención era no pensar en ello, sino olvidar, que mi actuación podía haber sido como sigue:
Hasta el amago de pelea, todo estuvo bien, incluso la broma de “Porque eres el más feo”. Sin embargo, en el momento en que Barrios se dispuso a pelear, debí separarles, diciendo –¡Eh!, ¡eh!, ¡Barrios! No te pases, tío, que al viruta le queremos mucho… Vamos, no es que le queramos, es que nos hemos acostumbrado a él—.
La Tiranía entre niñ@s se produce en una progresión de tres vueltas. Comienza para evitar ser tiranizad@: En una logia polarizada en pinches tiran@s y tiranizad@s, la elección está clara: Mejor ser lo primero que lo segundo. Continúa con el aburrimiento: Tiranizar es siempre divertido, aunque amargo, pero mejor que experimentar la miseria del Samsara. Y por último está la inercia: Una vez que se aprende el mecanismo, es fácil seguirlo y, sobre todo, es enormemente difícil encontrar el acto adecuado, en el momento oportuno, estando inmers@s en el Samsara.
Me explico. En el Paraíso será más o menos fácil decidir pero, en todo caso, la decisión será directa en función del bienestar del Universo en su Totalidad, es decir, de nosotr@s mism@s. En el Samsara, las decisiones siempre son indirectas. Siempre ocurre que se realiza una cosa para conseguir otra distinta, o se hace o deja de hacer algo para conseguir un premio o evitar un castigo. Es fácil decidir para actos normales, pero la dificultad de actuar, no sólo evitando la Tiranía, sino incluso anulando la ajena, es un problema universal. Y escribo universal con minúscula porque la Tiranía está restringida a nuestro universo y, dentro de él, a la humanidad.
Parece que no hay nada que se pueda hacer para solucionar este problema. Sí en lo particular de una situación concreta, pero no de un modo general, salvo escribir este libro. Pero esto requiere un conocimiento, técnica y disposición de los que un@ adolescente carece. Así, la única opción para un@ adolescente loc@ es esperar y, mientras espera, tiraniza como cualquier otr@, quizá más y más sofisticadamente.
En mi caso particular, y repetiré esto, no he sido ningún angelito. Comencé a tiranizar al llegar a aquella clase a los 8 años de edad, y sabía que lo hacía para evitar que me tiranizasen allí como lo habían hecho y lo hacían mis herman@s. Seguí tiranizando al viruta por aburrimiento y, en aquella última ocasión, por inercia. Y continué tiranizando después a otras personas por estas tres razones. En consecuencia, no tengo nada que reprochar a ningun@ pinche tiran@, así me haya tiranizado a mí o a otr@s, así haya tiranizado a poc@s o a much@s, así haya matado violado o torturado, sino sólo ofrecerle este libro.
En definitiva, podemos decir que un@ loc@ no es ni más ni menos tiran@ que un@ normal. La diferencia está en que, mientras ela normal siente su karma como positivo, es decir, se siente satisfech@, incluso orgullos@ de sus actos, cree que entiende todo lo que hay que entender de la situación, y siente su ser incrementado por sus decisiones, estoy seguro de que Barrios no sintió ningún remordimiento; ela loc@ siente su karma como negativo, es decir, se siente, no sólo insatisfech@, sino incluso avergonzad@ de sus actos. No entiende nada, ansiando una explicación, y tiene que olvidar y empezar de nuevo cada vez que actúa. La tragedia dela loc@ es que se da cuenta de su desatino.
En resumen, ela normal se siente dentro del Samsara mientras ela loc@ se siente fuera, tal como les han enseñado sus respectivas familias.
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Llegando al Paraíso